Estigma: manda la urgencia del PJ por ordenar su caos

Por: Pablo Ibáñez

Alguna vez, Juan Domingo Perón respondió con una picardía la pregunta de un periodista extranjero sobre cómo se componía, en términos político-partidarios, la Argentina. «Hay un tercio de conservadores, un tercio de radicales y un tercio de socialistas» parceló.

- ¿Y peronistas? -lo interrogó, sorprendido, el cronista.

- Ah no!... peronistas son todos.

Como un karma criollo, el peronismo -eso que J.P. Feinmann define como una obstinación argentina- irradia otra vez su crisis y la ubica, por encima de otros conflictos y miserias, en el centro del ring político. El peronismo es, ante todo, peroncéntrico.

Más que un recurso distractivo de la Casa Rosada para simular que la mueve un ánimo aperturista y dialoguista, el llamado de Florencio Randazzo a discutir una reforma política trafica, de manera premeditada o no, el propósito de institucionalizar la crisis interperonista.

Hace años, Randazzo y Aníbal Fernández, por citar los últimos ministros del Interior, saturan sus notebook con bosquejos de sistema electoral, régimen de partidos y de selección de candidatos. También la oposición, sobre todo la UCR, formal y rigurosa en ese rubro.

Sin embargo, lo que el Gobierno pretende comenzar a discutir el miércoles a las 17 en el Salón Norte de la Casa Rosada es otra cosa: un mecanismo que le permita ordenar su propio caos para volver a fantasear con un peronismo poderoso y ganador en 2011.

La derrota del 28-J reinstaló en boca de los caciques del PJ la figura mágica de las internas abiertas. Ninguno la aplica en sus dominios pero ahora lo olfatean como único atajo para evitar un cisma que los arrastre a una derrota en la próxima presidencial.

Fue, en rigor, el planteo recurrente que Daniel Scioli, como jefe hereditario del PJ tras la renuncia de Néstor Kirchner, escuchó de los gobernadores peronistas: entre otros, lo dijeron el sanjuanino José Luis Gioja, el chubutense Mario Das Neves, el chaqueño Jorge Capitanich y el salteño Juan Manuel Urtubey.

No los motiva la fascinación por la pureza electoral sino la desesperación ante un eventual 2011 perdidoso. Entre los jerarcas partidarios, se instaló como criterio compartido el pronóstico de que si el peronismo no se une se arriesga, quizá inexorablemente, a una derrota.

Fragmentado y sin jefatura que pueda unir al generalato, vencido en la histórica Buenos Aires, el PJ manoteó como receta salvadora una interna abierta que ampliada a todos los partidos además de ser útil para alinear su tropa podría contribuir a la división de la oposición.

De ahí se desglosan, con matices en la mirada de Olivos y de los jefes provinciales, dos lecturas globales:

# Si el peronismo llega a la presidencial de 2011 con más de un candidato amplifica peligrosamente las chances de perder. Nadie contempla un escenario similar al de 2003 con dos peronistas en un ballottage sino que, por el contrario, se especula -tras el resultado bonaerense- una segunda vuelta que podría ser negativa. «Tenemos que llegar a los 40 puntos, si no perdemos», le dijo, brutal, la semana pasada un gobernador a este diario.

# Una interna abierta, obligatoria y simultánea serviría para alinear a la mayoría del PJ y pondría a Francisco De Narváez, y eventualmente a Mauricio Macri, en el dilema de jugar por afuera o tener que zambullirse en una impredecible primaria peronista sin pretender expandir su dominio hacia sectores del justicialismo. En esa dirección se movió ayer Kirchner, desde Puerto Madryn, al decir que ninguno de los dos dirigentes de PRO pertenecen al PJ. Además, entienden en Gobierno, apuraría los entreveros en la oposición, particularmente entre Julio César Cobos -la figura más temible para el PJ- y Elisa Carrió.

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