Este River no le gana ni a Mandiyú

Otra actuación desastrosa del último campeón, que sigue último en el Apertura y en 11 fechas apenas tiene un triunfo.
Presión. Ahumada y Ponzio aprietan a Carranza. River no pudo con el Lobo jujeño. Volvió a perder y el futuro se le presenta más oscuro que nunca.

La caída libre de River parece no tener fin, como en esas pesadillas en las que uno cae a un abismo sin fondo, oscuro y profundo. El partido en Jujuy tenía previamente todas las características de un cero a cero insípido, con dos equipos pasando distintas angustias: la del descenso en Gimnasia, la de la crisis en el Millonario. En estos casos se arman encuentros timoratos, sin llegadas, jugados con exceso de prudencia. Algo de eso hubo en el que disputaron ayer. Sin embargo, River, otra vez, pudiendo empatar en cero, pudiendo ganar, perdió. Y da la sensación de que River va a perder todos los partidos que dispute de acá a fin de año. Mereciéndolo, no mereciéndolo, por goleada, por un solo gol, por un gol en offside, por un penal mal cobrado, con baile, sin baile. Más allá de los errores de Simeone, del nivel bajo de casi todos los jugadores, de la crisis, River parece perder porque está escrito que va a perder, como si fuera el objeto de una maldición gitana.

Si esto no hubiera sido una derrota sino el empate que uno imaginaba, el encuentro habría servido como banco de prueba para algunas inclusiones que decidió el técnico de River. En primer lugar, solicitado fervientemente por esta solitaria columna, se produjo el ingreso desde el inicio de Robert Flores. Y lo suyo fue moderadamente satisfactorio.

Al principio, el uruguayo apareció recostado sobre la derecha. Esos primeros minutos fueron como cuando en las series de televisión antes de cada capítulo se muestra un resumen de lo que sucedió anteriormente. En este caso, River hizo un compendio de cómo venía jugando: pelotazos sin ton ni son, poco respeto por el control de la pelota, inseguridad defensiva. Sin embargo, a partir de cierto momento, Flores decidió hacer algunas excursiones profundas sobre el costado izquierdo, donde Villagra mostraba cierta posibilidad de progresión por su banda y Archubi aportaba poco. A partir de eso, el uruguayo tomó confianza y se asumió como conductor. Así, desde los 15 y hasta el final, River jugó un fútbol decente, no extraordinario, pero mejor de lo que lo venía haciendo. Flores jugó rápido, por abajo, pases profundos, para sus compañeros, sobre el borde del área cuando arranca desde atrás o desbordando cuando se va por los costados. Archubi mejoró su juego al asociarse con él y daban ganas de pedirle a Simeone que lo ponga a Buonanotte para que se junten. Lo malo del asunto es que el Enano estaba en la cancha, deambulando sin posición fija y equivocándose con la pelota. No es que River haya producido muchas jugadas de gol en ese lapso pero lo cierto es que pisó el área rival, lo que en todo el campeonato anterior había resultado una terra incognita. La otra novedad que mostró cierta prestancia para jugar fue el defensor Musaccio, quien sólo cometió un error aislado en el segundo tiempo (jugó mejor que las últimas versiones de Cabral, Tuzzio y Gerlo juntos, de hecho). En cambio el juvenil Gil, el otro debutante, jugó como juegan los delanteros en este equipo de Simeone: triste, solitario y final. Demostró tener buen físico y capacidad de anticipo pero habrá que seguir observándolo.

En el segundo tiempo las cosas cambiaron. Obviamente, para River cambiaron para peor. Gimnasia salió mucho más decidido y rápidamente apretó a River contra su área. La banda derecha de la defensa, alternativamente ocupada por Ferrari y Ponzio, parecía zona liberada. Cualquier jugador del equipo jujeño que se animara por ese lado, especialmente Carranza, podía avanzar sin contratiempos. Los defensores millonarios empezaron a perder las marcas y a dejar que los rivales cabeceen. Ojeda sacó del ángulo la primera pero no pudo con la segunda. Y cuando llega el gol en contra, ya se sabe que los partidos de River están terminados. Afortunadamente para Simeone, el técnico jujeño, Omar Labruna, sacó a su jugador más peligroso, el pequeño Carranza, cuando se le abría la posibilidad de hacerse un festival con cada contraataque. A veces nos da por pensar que el problema de los técnicos es que todos están en el equipo equivocado: Labruna hace los cambios que le conviene a River, Simeone arma el equipo para diversión de Boca, y así de seguido. Bastaría que todos pasen a dirigir a otro equipo al mismo tiempo, o que desaparezcan. En fin, son ideas que a uno se le ocurre cuando mira muy seguido partidos de River.

A este campeonato le quedan nada menos que ocho partidos, una eternidad. ¿Sacará River algún punto?

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