Este nuevo 1º de Mayo nos encuentra con una deuda social

Por Noemí Rial.

Viceministra de Trabajo.

Para conmemorar este día tan especial que es el 1º de mayo, podría referirme exclusivamente a los hechos que justificaron la elección de esta fecha como el Día Internacional del Trabajo.

Esa jornada de lucha reivindicativa protagonizada por los que luego quedaron en la historia social moderna como los mártires de Chicago, condenados a muerte en dicha ciudad de Estados Unidos por su participación en las luchas por la consecución de la jornada laboral de ocho horas, que comenzaron con la huelga iniciada exactamente el 1º de mayo de 1886 y que tres días más tarde desencadenó en la llamada revuelta de Haymarket.

Puedo y debo hacer mención ta

mbién de los ocho trabajadores argentinos caídos ese mismo día pero en el año 1909 en ocasión de la huelga convocada por la FORA nave insignia de las luchas obreras argentinas de principios del siglo XX.

Sin embargo, quiero ir un poco más allá de la exclusiva efemérides. Quiero recordar que en la Grecia clásica, cuna del pensamiento occidental, el trabajo en referencia a aquel que implica la utilización, el sudor y el cansancio de nuestro cuerpo, era considerado indigno para los ciudadanos libres y propio de los esclavos. Han pasado milenios ya, desde entonces. Nuestra cultura ha dado el lugar de privilegio que merece el trabajo en la realización personal del ser humano. Luego de muchas luchas sociales llevadas adelante con ideas, acciones y palabras, la humanidad ha avanzado significativamente en la valorización y protección del trabajo y de los trabajadores, pero aún no lo suficiente.

El 1º de mayo de 2009 nos encuentra con una deuda social en el mundo que dista mucho de ser cancelada. Todavía hay demasiados hombres y mujeres que se ven compelidos a trabajar en condiciones que atestiguan crudamente que mi anterior referencia a la esclavitud no está teñida por la exageración. Aún hoy miles de niños siguen siendo herederos de la misma condición socio laboral de sus padres, como antiguamente se heredaba irremediablemente la condición de siervo y se encuentran sometidos a las peores formas de trabajo infantil.

Desde la aparición de los conceptos sociales modernos de capital y trabajo, estos se han sofisticado y se han heterogeneizado tanto en la teoría como en la práctica, a niveles no previstos ni por los lucidos fundadores del pensamiento social.

Pero esta sofisticación y heterogeneidad ha sido despareja, porque aun hoy en la era tecnológica un trabajador siempre es una persona que para poder satisfacer las necesidades propias y de su familia necesita poner su tiempo y su obrar a disposición y en beneficio de otro. Sin embargo ese ‘otro’ con el correr del tiempo se ha vuelto cada vez más remoto, mediatizado e inaccesible para el trabajador.

Hoy muchos trabajadores ven como su suerte y con ella la de su la familia puede estar siendo decidida quizás a miles de kilómetros de su lugar de trabajo, sin poder imaginarse quienes son los que entendieron y consideraron necesario reducir unos dígitos de una cifra y que aparece en una columna en un archivo de un programa de computadora. Quizás aquí se encuentre un nuevo desafío, un objetivo adicional para la lucha secular en pos de la equidad y de la justicia social. Si se me permite la expresión, este objetivo sería ‘repersonificar’ al capital, volver a darle cuerpo, nombre y ubicación para poder seguir discutiendo y mejorando las condiciones de trabajo y la distribución del ingreso.

Me permito como simple homenaje transformar la frase póstuma atribuida a uno de los mártires de Chicago, y decir que la fuerza del trabajo será más poderosa en el futuro que cuantas palabras pudiera yo decir ahora.

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