Este campeón no merecía un gol así.

VELEZ 1 - HURACAN 0: Vélez es más que ese foul no cobrado. Tuvo carácter y algo de tiki tiki en todo el torneo. Más completo que Huracán.
El Flaco, el cordobés, el chiquito, Seba, el pibito de oro, Papita, Poroto, el Chapa, Franco, el Enano, el Burrito, el uruguayo...

Gareca, Montoya, Díaz, Otamendi, Papa, Cubero, Zapata, Razzotti, Moralez, Martínez, López...

Ninguno de ellos merecía un gol así, salpicado, ilegítimo, polémico, histórico. Todos ellos, en cambio, merecían un título así, machacado, trabajado, legítimo, histórico. Vélez es un justo campeón, que no necesitaba de un error/horror de un árbitro para ser más que Huracán en la final. Detrás de esa clarísima infracción de Larrivey sobre el arquero Monzón y el posterior pase a la red de Moralez hubo un equipo. Y el análisis excede lo que pasó en esta final que, por la tormenta primero y por las polémicas después, fue la más larga del mundo. En una muestra de argentinismo puro, el duelo había quedado planteado entre el carácter de uno frente al tiki tiki del otro. Y en realidad, Vélez no fue sólo carácter y Huracán no fue sólo tiki tiki. Lo que en realidad ocurrió, a lo largo del torneo, fue que Vélez tuvo más carácter que tiki tiki y Huracán, más tiki tiki que carácter. Sin antagonismo, entonces, hubo matices. Y ahí Vélez sacó una luz. Fue más completo.

El patadón de Larrivey, más allá de su ilegitimidad, puede mirarse como la ansiedad de un equipo por jugar cada pelota como si fuera la última. El delantero sabía que no llegaba a ese pase de López, pero su impulso pudo más y jamás pensó en el freno. Con Monzón golpeado e inmóvil, el Enano reaccionó rápido y festejó. Sin brillar, sin desbordarlo, sin dejar sus huellas en el área, recuperado anímicamente de un penal malogrado, Vélez lo había empujado, cubriendo todo el ancho de la cancha. Exponiéndose, por supuesto, a alguna contra con el ligerito Defederico y el parsimonioso Pastore. El ping pong, seguramente, favorecerá al perdedor. Sin embargo, el control fue de Vélez. Y ahí radica el mayor mérito: pudo sacarle la pelota a un rival que, sin ella, no tiene razón de ser.

Gareca, ese flaco al que le sobra pantalón y campera por todos lados, mostró sus garras. Técnico moderno, hizo jugar al equipo donde más le convenía: a los costados de Bolatti. Y antes de que la hora se le viniera encima, ya había cambiado el dibujo con Larrivey de nueve, con Velázquez por afuera, con Moralez arrancando desde más atrás y con Cubero de cuatro-ocho. Los recursos de su entrenador y la voracidad permanente fueron tan meritorios como el fundamentalismo estético de Huracán. Si el equipo de Cappa transitó su vida por una autopista, el del Tigre llegó por la colectora...

Es una pena que la vuelta olímpica haya sido después de una grosería. Aunque en el caso de este campeón, y con el permiso de Diego, se puede llegar a una conclusión: la pelota no se mancha...

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