Estamos en la lona

Por Rolando Hanglin

Tambaleo aturdido, porque hasta hoy he creído que Internet era una perfecta máquina de producir burros. Hago cintura para salir del mareo y respondo con unos tímidos toques de izquierda: "Si los niños no saben leer ni escribir, ni tienen la menor idea del Descubrimiento de América o de la Caída del Imperio Romano... ¿Quien les enseñará?... ¿Internet? ¿Y qué hacemos con las escuelas?".

Me responde el profesor Francesco Tonucci (68, pedagogo milanés): "No hay que considerar a los adultos como propietarios de la verdad que anuncian desde una tarima".Un derechazo a la mandíbula. Me abrazo al rival para evitar más golpes con estas palabras: "No se trata de los adultos, sólo de los maestros. No se trata de la verdad, los maestros sólo son depositarios del conocimiento, ya que han estudiado y han vivido para enseñar, por eso están subidos a una tarima, para que los alumnos escuchen atentamente y puedan ver sus ademanes y lo que se escribe en el pizarrón con la tiza color blanco"...

Tonucci es fuerte, mis abrazos no lo afectan: da el paso atrás y me castiga con nuevos mandobles.

- Los maestros no deben llenar a los estudiantes de contenidos (en una palabra: no hincharlos...) sino es-cu-char lo que los alumnos ya saben, por Internet, por sus casas, por los documentales de la TV, y proponer métodos interesantes para discutir este conocimiento".

- ¡Que se acaben los deberes! ¡Que la escuela sepa que no tiene el derecho de ocupar toda la vida de los niños! Que se les dé el tiempo para jugar. Y mucho.

En estado de flotación (lo que en el pugilato se conoce como "groggy") intento contraatacar con algunas manos por sobre la guardia de Tonucci: "¡Pero maestro! Los niños en la calle ya no juegan, sino que aspiran pegamento o fuman paco...La escuela no ocupa ningún tiempo, ningún lugar... Los adolescentes han incendiado la cabeza de una profesora de Francés, o de Geografía...Entran a la escuela con cuchillos y jeringas, se golpean y se mortifican pidiendo un límite...No hacen más que discutir, y ya no saben lo que es aceptar un conocimiento aprendido y enseñado."

Nada. Implacable, Tonucci sigue golpeando: "Quiero aulas sin pupitres, con mesas alrededor de las cuales se sienten todos. Alumnos y docentes. Y donde todos juntos apoyen, en el centro (de la mesa, digamos) sus conocimientos, que son contradictorios, se hagan preguntas y avancen en la búsqueda de la verdad. Que no es única ni inamovible".

Abrumado, camino a los laterales y lanzo algunos golpes cortos: "¿Si la verdad no es única, para qué la vamos a buscar? ¡Que cada cual se quede con la suya! En la mesa redonda de la escuela: ¿Para qué va a concurrir el docente que a nadie enseña, y para qué va a asistir el alumno que nada aprende? ¡Usted quiere que los alumnos enseñen al maestro lo que saben, que es...nada!"

Se conoce que mi contragolpe molestó a Tonucci, porque vuelve a la carga con izquierdas y derechas:

- Hoy no es necesario estudiar la historia de los antepasados, sino la actual. Hay que pedirle a los alumnos que se conecten con la micro-historia de su familia, la de su barrio. Luego se interesarán por culturas más lejanas.

Reacciono herido: "¿Luego cuando, maestro? Los niños no saben que su presente es historia, lo descubrirán a los 50 años. Ahora que son tiernos hay que explicarles que existió Sumeria, el Imperio Romano, Napoleón, la Revolución Rusa..."

Tonucci me acomoda con dos izquierdas al mentón y luego me aplica su famosa "destra assasina" con estos términos: "Las escuelas de doble turno se llaman, en Italia, de tiempo ´ pieno´ ... Y yo pregunto: ¿Lleno de qué? La escuela está adoptando un rol demasiado absorbente en la vida de los niños. Con razón se aburren. Por eso dicen basta".

Me desmorono en el ring. Quisiera incorporarme para explicar a Tonucci que hay otras ideas, que Internet tiene sólo 10 años, que existieron Sarmiento y Roca (sí, los genocidas) con la enseñanza laica, gratuita y universal hace sólo un siglo en este país, y se me aparece la imagen de mi querido rector del Colegio Nacional de Buenos Aires, don Florentino Sanguinetti, a quien no imagino barajando ideas en una mesa redonda con los alumnos, como un tahur de burdel, sino imponiendo respeto y saber, pero se conoce que estoy nocaut, ya que el árbitro termina inexorable su cuentra: ocho, nueve...out!

Ha ganado Don Francesco: ver "Polémica definición de un pedagogo" en La Nación del lunes 29 de diciembre de 2008.

En fin. En la vida, como en el pugilismo, se gana y se pierde. Esta vez nos ha tocado perder a los educadores, los educandos y los bien-educados, que somos sólo una despreciable minoría.

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