'Estamos ganando...ellos'

El economista tucumano Daniel Abad realiza una análisis sobre las perspectivas económicas luego de las elecciones legislativas realizadas el domingo 28 de junio en nuestro País.
Esta frase, acuñada en el imaginario popular, sintetiza la confusión imperante en el Gobierno después de la derrota electoral y luego de escuchar el discurso de la señora Presidenta.

Si pretendió disipar la incertidumbre y generar confianza logró todo lo contrario.

No hace falta que se dispare el dólar ni los mercados, éstos ya lo descontaron con la fuga de capitales.

No quedan dudas que la perfomance económica jugó un papel fundamental en la derrota del oficialismo en las recientes elecciones. Quedó demostrado que las expectativas, en muchos casos, son más temibles que los indicadores.

La ciudadanía advirtió que la mentira del Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (INDEC) con el indicador del Indice de Precios al Consumidor (IPC), que mide la inflación, se generalizó a prácticamente todos los índices. De manera que la desconfianza se apoderó de gran parte del sentido del voto y el pueblo hizo tronar el escarmiento.

Pero el problema subsiste. Por esa manía de algunos políticos de no reconocer errores en la creencia que los conducen a una imperdonable muestra de debilidad, las declaraciones presidenciales, al insistir con la mentira del organismo encargado de las estadísticas públicas, profundiza la desconfianza en el manejo de la economía.

Como advertimos en otros artículos, no quedan dudas que Argentina está en recesión. Existen caídas importantes en el consumo de gas industrial; en energía eléctrica; acero; importaciones de insumos, productos intermedios (inversión); consumo de bienes y servicios en el mercado interno que difícilmente las declaraciones por sí solas ayuden a revertir.

El tiempo de madurez de toda inversión es mucho más largo que el corto plazo de los espasmos de los mercados cambiarios y bursátiles. Ahí está el problema. Sin inversión no habrá más producción ni más empleo.

Pero un capítulo de suma importancia, es el relacionado al superávit fiscal. Ya en meses anteriores apareció el tan temido déficit financiero a pesar de haber postergando reembolsos y reintegros a las exportaciones e importaciones y pagos a proveedores. De manera que ya no se puede seguir sosteniendo un crecimiento del gasto a un ritmo y la recaudación a una velocidad muy inferior.

Obra pública y subsidios alumbran como las víctimas si se quiere volver a los guarismos de superávit del tres por ciento del producto. Todavía se está a tiempo de adoptar algunas decisiones en materia económica que reviertan la tendencia.

La inflación; la salida de capitales; el INDEC; pobreza e indigencia (más de 12 millones de pobres y 5 millones de indigentes), imperdonables para un gobierno que presume en los discursos de la justicia social y el creciente fantasma del desempleo, deberían ser las prioridades inmediatas y urgentes aprovechando el respiro que está dando el alza de algunos commodities, el real brasileño sobrevaluado y la devaluación de nuestro peso.

No se generan expectativas favorables con discursos, son momentos de tomar el toro por las astas

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