Estados Unidos: un país shockeado que busca salir de la crisis, la guerra y el desempleo

El legado que deberá tomar el próximo gobierno es un desafío titánico. La gestión de Bush marca uno de los retrocesos históricos más impactantes.Ana Baron.

La herencia que le deja George Bush a su sucesor no puede ser peor.

El "conservadurismo compasivo" que propuso al llegar a la Casa Blanca en enero del 2001, terminó en una de la crisis económicas más serias y dramáticas desde la Gran Depresión, que está aumentando vertiginosamente la división entre pobres y ricos mientras que la clase media va desapareciendo.

Su doctrina sobre los ataques preventivos condujo a dos conflagraciones, la guerra de Irak y la guerra en Afganistán, que pese al tiempo transcurrido todavía no han tenido un desenlace razonable. Ambos escenarios forman parte posiblemente de los mayores desafíos de política exterior que enfrentará el próximo gobierno. Esas guerras se agravarán tanto si EE.UU. permanece como si se marcha del frente. El desastre ya ha sido hecho y al nuevo presidente le tocará gestionar la crisis, y no existen alternativas que no sean pesimistas.

La presidencia de Bush será recordada como el momento en que EE.UU. perdió el lugar de predominio que tenía en la escena internacional y se vio obligado a comenzar a compartir su liderazgo con otras naciones. Bajo Bush, el mundo dejó de ser unipolar.

El nuevo presidente asumirá en una situación internacional muy diferente a la que existía hace ocho años. Sea quien sea quien gane las elecciones, no le será fácil recuperar el territorio perdido.

Los ataques terroristas contra las torres gemelas de Nueva York en setiembre del 2001 tuvieron un efecto no previsto. El grupo de neoconservadores que colgó de ideas fundamentalista y mesiánicas al nuevo presidente, desplazaron a consejeros y diplomáticos del sector conocido como los "realistas". Ese ala que integran desde el ex canciller de Bush padre James Baker hasta últimamente el propio Henry Kissinger combina la coerción con el diálogo. En el gobierno de Bush, justamente desapareció la diplomacia tradicional y se cerraron canales de comunicación con países que hubieran facilitado un mayor equilibrio mundial.

Así, insistiendo con que Estados Unidos no debe tener vergüenza en utilizar su poder militar para imponer sus valores en favor de la democracia y del libre mercado en el mundo, los neoconservadores fueron quienes más presionaron para que Washington invadiera Irak y se procediera a un "cambio de régimen" en una ofensiva que se pretendía extender a todo Oriente Medio.

Más de 500.000 soldados estadounidenses combatieron en Irak, 4.100 murieron y unos 30.000 fueron heridos gravemente.

"La guerra ya costó un total de 661.000 millones de dólares", dijo a Clarín Travis Sharp, director del Centro para el control de armas y la no proliferación. "Y si a eso se le suma el costo de la guerra de Afganistán, son US$ 872.000 millones. Es decir, el equivalente a un año de atención médica para 117 millones de personas; un año de escuela pública para 116 millones de niños; cuatro años de universidad para 35 millones de estudiantes ó 4,6 billones de computadoras para promover el desarrollo en los países más pobres", explica.

Todo esto, sin embargo, no ha ayudado a estabilizar a Oriente Medio, la región que por su crisis crónica mayor inestabilidad emite en todo el planeta, ni tampoco reducir la proliferación nuclear, ni el riesgo de que un arma atómica caiga en manos de un terrorista.

Todo lo contrario. El planeta se ha hecho más peligroso e imprevisible. La acción militar en Irak y la presión sobre los palestinos en Oriente Medio no ha hecho más que aumentar el poder relativo de países como Irán que ahora deberán ser tenidos en cuenta en cualquier estrategia seria para la región. El próximo presidente deberá ver qué hace, además, cuando expire el año próximo el tratado de reducción de armas estratégicas (START), y con Corea del Norte además de Teherán.

Nadie sabe qué perjudicó más el bienestar de la economía de Estados Unidos, si las dos guerras o el total laissez faire que reinó en Wall Street y en el mundo empresarial durante estos últimos 8 años.

El conservadurismo compasivo que propuso Bush al inicio de su primera presidencia fue definido por Michael Gerson, uno de los redactores de sus discursos presidenciales, como la teoría de que el Estado debe alentar los servicios sociales pero no proveerlos.

La idea es que es posible combinar la libertad de los mercados y protección social para los pobres siempre y cuando esta última sea provista por el sector privado.

En la práctica ganó el laissez faire y la codicia de quienes operaron en el mercado. La explosión de la burbuja inmobiliaria dejó al desnudo la manera en que los bancos otorgaron créditos a quienes no los podían pagar, únicamente para ganar más dinero. Y mientras el sistema financiero comenzó a venirse abajo, y la gente se quedó sin sus casas, los ejecutivos de Wall Street siguieron cobrando sueldos de 25.000.000 de dólares al año. Tal fue el grado de anarquía en el esquema de libre mercado sin compasión, que incluso los fanáticos de la libertad de la economía son quienes ahora están pidiendo a gritos que regulen la economía.

El próximo presidente hereda entonces un sistema financiero en crisis y una economía en recesión, con un déficit que era en el primer trimestre de 331.000 millones de dólares y una deuda de 10 billones interna (millones de millones), es decir cada norteamericano debe hoy 32.895 dólares. El desempleo ha comenzado a aumentar mientras que el consumo está disminuyendo dramáticamente.

'Quién quiere ser presidente en esta situación? La ventaja que tendrá el próximo mandatario, sin embargo, es que difícilmente pueda hacer una gestión peor que la de George W. Bush. Por mínimo que sea lo que haga bien, ya será un paso hacia adelante.

Comentá la nota