Por qué los estados creen tonterías

Por qué los estados creen tonterías
Por Juan Gabriel Tokatlián

STEPHEN VAN EVERA es un reputado profesor de relaciones internacionales del Massachussetts Institute of Technology (MIT) y autor de un interesante ensayo titulado Por qué los estados creen en ideas tontas ( Why States Believe Foolish Ideas: Nonself-Evaluation by States and Societies , 2003).

Van Evera inicia su argumentación remarcando la importancia de que los estados tengan la capacidad de comprender, adaptarse y aprovechar el sistema internacional. Para ello, es esencial tener la aptitud y la voluntad de evaluar el entorno global y el propio. Una buena evaluación "genera innovación y cambio". Sin embargo, la innovación y el cambio producen reacciones y resistencias.

En efecto: Van Evera indica que las organizaciones gubernamentales tienden a reprimir la evaluación interna, ya que, como resultado de ella, se pueden perder empleos, influencia, prebendas, contactos y recursos. De hecho, existen diversas tácticas para hacerlo; desde cooptar a los evaluadores y aleccionarlos hasta ignorarlos, descalificarlos o atacarlos.

Esto sucede porque la evaluación puede afectar la distribución de poder político y social. Pero la no evaluación frena el proceso de aprendizaje de una nación y sirve para mantener mitos (militaristas, narcisistas, chauvinistas, de grandeza o de excepcionalidad). Así, en última instancia y en un caso extremo, se imponen la parálisis, la frivolidad, el fanatismo y/o el oscurantismo.

Podemos hablar del síndrome Van Evera cuando concurren un conjunto de factores y fenómenos diversos que llevan a que la ignorancia resulte más funcional que el discernimiento al momento de identificar las condiciones para llevar a cabo un reacomodamiento significativo en las relaciones exteriores de un país.

Como señala el experto del MIT, las fuerzas de la destrucción de conocimiento son, muchas veces, superiores a las que favorecen la creación de conocimiento. "En consecuencia -dice-, los Estados tienen una tendencia inherente al pensamiento primitivo." Esto refuerza la desinformación, la mistificación y la trivialidad. Uno de los antídotos frente a ese síndrome es estimular, proteger y premiar social, cultural e institucionalmente la evaluación, tanto de propios como de ajenos.

La Argentina debe superar, en materia de política exterior, el síndrome Van Evera, que padece desde hace décadas. Una de las principales tareas del país en este comienzo del siglo XXI, en el marco del Bicentenario y en el contexto de la grave crisis global, es discernir una gran estrategia internacional. Y para esto es crucial una evaluación honda y seria de la inserción externa del país.

En esa dirección, una gran estrategia tiene que precisar las amenazas probables a la seguridad del Estado y a la sociedad, así como los retos al bienestar y a la autonomía. Debe también diseñar los remedios y las respuestas políticas, económicas, militares, tecnológicas, educativas y de otro tipo para hacer frente a esos peligros y desafíos.

Las mutaciones de orden externo y las transformaciones de orden interno que vienen produciendo ya una constelación de encrucijadas obligan a esclarecer la naturaleza y el alcance de esa gran estrategia. En ese sentido, y previo a cualquier evaluación, es importante distinguir elementos clave para una eventual buena estrategia internacional.

En primer lugar, es importante asumir que las relaciones externas y la política interna están inexorablemente entrelazadas.

Ahora bien: las variables externas no son completamente determinantes. La política doméstica y las estructuras internas son imprescindibles para entender las opciones y los límites de la política exterior. Un país puede asumir los estímulos y constreñimientos internacionales de un modo distinto en razón de su poder relativo en el plano exterior y de la fuerza estatal en el terreno doméstico.

En segundo lugar, las instituciones son fundamentales. Ante la envergadura de las transformaciones internacionales, un Estado no tiene otra alternativa que asumirlas. Una fuerte rigidez institucional hace difícil la adaptación y el acoplamiento y, por lo tanto, el cambio interno se tiende a posponer.

La permanencia de un Estado copado y maniatado por intereses particulares y sin una autonomía elemental lo hace inflexible y, en consecuencia, con una profunda aversión a la reforma y la renovación.

En tercer lugar, una gran estrategia debe asimilar el hecho de que hay que combinar política exterior y política de defensa y que se necesita más complementariedad entre el ámbito estatal y el no estatal. Hoy prevalece una situación en la que se evidencia el valor de una interacción sincrónica entre la diplomacia y la defensa y se requiere una mayor concertación doméstica entre agentes del Estado y actores no gubernamentales. Lo interno y lo externo, lo político y lo militar, lo estatal y lo no estatal no pueden verse, analizarse o instrumentarse de manera escindida.

Y en cuarto lugar, la ausencia de una gran estrategia es funesta para los intereses nacionales. El aislamiento político, la desconexión económica con el exterior y el ensimismamiento cultural, la fragmentación entre diplomacia y defensa y la ausencia de concertación entre los sectores estatal y no estatal (por ejemplo, sectores productivos, ONG, científicos, trabajadores, entre otros) son nocivos para un país que aspira a lograr un bienestar material extendido y una influencia externa reconocida.

En esta coyuntura, entonces, se hace imperativa una evaluación del modelo de inserción global de la Argentina. Anticipando los escollos que menciona Van Evera respecto de las maniobras de los gobiernos para no autoevaluarse sistemáticamente, es posible que una opción sea que el Estado convoque a académicos, expertos, intelectuales y especialistas, nacionales y extranjeros, para que elaboren un diagnóstico sobre los dilemas y desafíos externos e internos que enfrenta la Argentina y en torno a las recomendaciones adecuadas que el Estado y la sociedad podrían instrumentar para proteger y avanzar los intereses del país en el largo plazo.

No hay que ir muy lejos para observar mecanismos de este tipo: la cancillería de Colombia acaba de instalar una comisión sobre política exterior con las características mencionadas. La dimensión de la crisis global y el agotamiento de esquemas ortodoxos de vinculación internacional llevaron a Bogotá a establecer un grupo de trabajo compuesto por colombianos y extranjeros que pondere las alternativas de inserción regional y global del país andino. Muchas veces no se trata de mirar al Norte. Con que emulemos algunas buenas iniciativas del Sur nos podría ir algo mejor.

El autor es profesor de Ciencias Políticas.

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