Estado tuneado

I - La ilegalidad del casino denunciada por el Fiscal de Investigaciones, la condena ejemplificadora al conductor ebrio de un vehículo que causó la muerte de un joven, y la liberación de los sospechosos del robo en el Lowo Ché -pese a que tenían dinero y elementos allí robados-, le dieron en la semana a los pampeanos una idea bastante exacta de lo que se ha hecho y lo que falta hacer para que el Estado y sus funcionarios sintonicen, pongan a punto su relación.
No obstante, fue la denuncia de abuso en la utilización de vehículos del estado la que tal vez simbolizó mejor la conflictiva relación entre la sociedad y el Estado y reavivó el debate sobre el uso indebido que hacen unos pocos de lo que es todos . En realidad, fueron dos las denuncias. Una, le costó el puesto al mismísimo Director de Industria que, además de usar el auto destinado al uso oficial exclusivo para uso particular, lo había "tuneado".

II - El tuning, como todo el mundo sabe o intuye, es una voz inglesa de uso en el ambiente del automovilismo deportivo y refiere al proceso de puesta a punto, afinación pero más a la optimización de las prestaciones de un vehículo. Así como aquí se copian las modas que surgen en los suburbios newyorquinos y surgen tribus de utilería que copian atuendos y poses que vieron en la televisión pero no tienen ni idea de las motivaciones psicosociales que las crearon en algún remoto rincón de una gran ciudad del centro del imperio, y que le dieron origen, también aquí se tunean autos para que parezcan ser modelos, prototipos o potenciados cuando se trata, en la mayoría de los casos de simples autos de turismo, de serie, con unos horrendos faldones, alerones, luces, llantas o escapes que nada le agregan y si, en cambio, le quitan a sus cualidades de fábrica.

III - Lo cierto es que esa costumbre de tunear, que se asume es una moda adolescente, había captado nada menos que al mismísimo director de Industria que, se presume, gastó fondos públicos en costosísimas llanas, cubiertas, portaesquíes, cadenas para nieve, estéreo y parlantes. Así que no solo usaba el auto oficial como si fuera propio, sino que gastaba de las arcas del estado para darse esos gustos. (Tal vez especulando que en algún momento podría usar en su auto propio que es, curiosamente, la misma marca y modelo que el oficial). Fue demasiado. El gobernador le pidió la renuncia y allá se fue a su General Pico natal donde podrá despuntar el vicio de tunear pero de su propio bolsillo, (ahora sin la caja del estado para solventarla).

IV - Entre la denuncia periodística y su salida al gobierno transcurrieron solo unos días. En eso hemos avanzado. La sociedad hoy está plantada frente al estado de una manera que no deja margenes a los gobernantes para las respuestas que se escuchaban años atrás. Hoy es más difícil que puedan salir del paso apelando a confundir lo evidente diciendo: "se está investigando", "el funcionario seguirá en su lugar hasta que la justicia lo condene", "todos son inocentes hasta que se demuestre lo contrario", etc. etc. El gobernador lo sabe y no demoró en sacarse de encima semejante funcionario. (Tomando una de las acepciones de la voz inglesa, podría decirse que echando al "tuneador", el gobernador "tuneó" a su vez su relación con la sociedad, al ponerla a punto, al sintonizarla con la sociedad que reclama esa optimización).

V - Un segundo caso de abuso relacionado con el uso de vehículos tuvo, no obstante, el silencio por respuesta. Se trata de la denuncia de productores del Oeste contra empleados -y tal vez funcionarios- de Vialidad Provincial que ofrecen gasoil barato por los campos. Los productores presumen, y presumen bien, que ese gasoil llega a manos de esos empleados de alguna forma ilegal y que es combustible destinado a los trabajos viales. Dicen tener nombres y legajos de máquinas, camiones y excavadoras de donde se sacaría ese combustible.

Lo extraño es que Vialidad Provincial tuvo el buen tino hace un tiempo de colocarle posicionadores satelitales (GPS) a sus vehículos que pueden ser así monitoreados desde una computadora en la sede central del organismo. De esa forma se controla a cualquier hora del día y en tiempo real, con mucha eficiencia, que los empleados no usen indebidamente las camionetas, que no salgan a cazar liebres, dar vueltas al cuete o ir a lugares donde nada tiene que hacer un móvil del estado. Se controla también la velocidad máxima, y las horas de salida y llegada de las comisiones para que nos se paguen más viáticos que los que marca el tiempo que duró esa comisión.

Con semejante tecnología a su disposición, fácil sería controlar con mucha precisión el gasto de combustible de una máquina de acuerdo a las horas de marcha y su movimiento, captados ambos por el GPS, y desbaratar el endémico robo de gasoil que mancha de corrupción la tarea -generalmente bien reconocida- del organismo vial provincial. Pero esto no se hace. La pregunta es, ¿por qué? (LVS)

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