Ya estaba sucia, y ahora...

Por Carlos Pagni

La vida pública argentina se ha convertido en el reino de la incertidumbre. No sólo porque, como sugiere la encuesta de la consultora Poliarquía que La Nacion publicó ayer, Néstor Kirchner podría perder las elecciones en la provincia de Buenos Aires. Ese estudio, el único independiente publicado hasta ahora, le dio precisión y credibilidad a una hipótesis que también, de manera involuntaria, alimenta el oficialismo: con sus métodos de campaña, el Gobierno da a entender que en su comando impera la desesperación.

Nunca antes, desde 1983, una competencia electoral estuvo tan plagada de abusos de poder, prácticas desleales y conductas que cuelgan del borde externo de la ley. La cobertura periodística debe dedicar casi tanto espacio, si no más, a describir trampas y malentendidos que a caracterizar a los candidatos y sus propuestas. La campaña sucia amenaza con convertirse en el tema principal de la campaña.

Sería saludable que el juez federal de Campana, Federico Faggionatto Márquez, divulgue cuanto antes la información que, según él sugiere, podría vincular a Francisco de Narváez con el tráfico de efedrina. Desde que se convirtió en eventual vencedor de Kirchner, De Narváez parece ser el único protagonista de esa causa. Las candidaturas testimoniales permiten al Poder Ejecutivo participar en la disputa por el Poder Legislativo. Faggionatto debería demostrar que el Poder Judicial no se ha sumado también a la campaña.

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No se puede, sin embargo, decir que el torneo se ha enturbiado sólo por la sospechosa simultaneidad del avance de De Narváez en las encuestas con su paulatino involucramiento en esa investigación. El nacimiento de la campaña sucia se produjo el día en que Cristina Kirchner modificó la fecha de las elecciones de las que participaría su marido sin consultar a la oposición. Las candidaturas testimoniales agregaron otro brochazo de alquitrán. Daniel Scioli recorre los canales de televisión diciendo que "sólo cuando llegue el momento" definirá si va a asumir el cargo para el cual se postula. Es como si alguien pidiera un crédito en un banco y dijera que no se comprometerá a devolver el dinero hasta que no llegue la primera cuota. A fin de cuentas, pedir un voto es pedir un crédito.

Lo demás es una comidilla tan poco profesional que tal vez no merezca ni ser llamada campaña sucia. Esa simulación al cuadrado por la cual alguien se hace pasar por un Narváez que, a la vez, simula ser De Narváez habla más de debilidad que de viveza. Igual que los argumentos del Acuerdo Cívico y Social cuando anticipan una gran manipulación de las encuestas sin basarse en ninguna encuesta.

Más allá de los estudios de opinión y del derrotismo que cobijan ciertos métodos, los profesionales de la política también padecen una inédita incertidumbre. La semana pasada se reunió en Buenos Aires un grupo de gobernadores peronistas para analizar cursos de acción ante un eventual traspié de Kirchner. Esos mandatarios se mostraron a ciegas sobre el resultado de la provincia de Buenos Aires. Pero coincidieron en que, aun cuando el oficialismo gane, será por tan poco margen que habrá que ofrecerle, desde el interior y desde el Congreso, un dispositivo de apoyo que garantice la gobernabilidad. La mayoría de esos caudillos ve su supervivencia más atada a la victoria santafecina de Carlos Reutemann que a la del esposo de la Presidenta en Buenos Aires. Son cada vez más los dirigentes que aspiran a sacudirse el yugo del conurbano.

Kirchner no se siente protagonista de una marcha triunfal, pero tampoco concibe perder. "Un gobierno que no tiene plan A carece de plan B", bromeó un lúcido dirigente sindical. Por supuesto, no falta en el PJ alguien que haga conjeturas sobre una eventual salida anticipada, con elecciones convocadas para marzo. Pero esas especulaciones se basan en el conocimiento del pasado, no del futuro. Los Kirchner pagan ahora el precio de haber coqueteado con el alejamiento adelantado la madrugada en que Julio Cobos pronunció su voto no positivo. Según un relato muy confiable, el esposo de la Presidenta repetía aquella mañana: "Nosotros no estamos acá por el gobierno, sino por el poder; por eso nos vamos". Aquel día fue necesaria una llamada de Alberto Fernández a Carlos "Chacho" Alvarez, y de éste a Marco Aurelio García, el asesor internacional de Lula da Silva, para que el presidente de Brasil hablara con Cristina Kirchner y le explicara las nefastas consecuencias regionales que tendría una renuncia. Antes se había buscado la intercesión de la presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo, Estela de Carlotto.

Nada permite hoy afirmar que la historia se repetiría si Kirchner perdiera el 28. Pero es cierto que él confía en triunfar más para resistir que para liderar. Por eso observa los movimientos electorales de estos días a través del prisma de la interna peronista. Es decir: el esposo de la Presidenta está pensando en potenciar los votos que obtenga en la provincia de Buenos Aires, en especial en el conurbano, en el control de su partido.

Es la razón por la cual la Casa Rosada sigue respaldando la candidatura de Agustín Rossi en Santa Fe. "¿Así que la esperanza blanca se está cayendo?", bromea Kirchner cuando le comentan que los números de Reutemann no son tan nítidos como en las primeras encuestas. El propio candidato a senador reconoció la semana pasada, almorzando con un amigo, que cuando salió Binner al ruedo él empezó a tener problemas.

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Varias investigaciones indican que Giustiniani está a apenas 6 puntos de Reutemann. Giustiniani tiene una ventaja: el intendente de Santa Fe, Mario Barletta, es un radical de buen predicamento que podría hacer una diferencia difícil de descontar por Reutemann. En esa ciudad antes ganaba el PJ.

Kirchner aspira a acotar a Reutemann -involuntario favor a Mauricio Macri, afectado también por un avance del santafecino-, mientras evalúa su capital bonaerense. Aun cuando gane el 28, debería pensar en un heredero. Scioli confía en que llegará la hora de cobrar tanta docilidad invertida. Imagina que desde el Tesoro nacional le organizarán una red federal para anexar a la base bonaerense de su candidatura.

Pero Scioli debe desafiar a la historia: Kirchner nunca trabajó para otro. Ni siquiera para su esposa, como se ha venido demostrando. Eso inspira el principal temor de los gobernadores y líderes regionales del PJ: que el santacruceño confunda un triunfo ajustado en la provincia con la posibilidad de insistir en su sueño presidencial. Es el mejor escenario para el Acuerdo Cívico y Social: que la figura del PJ con mayor rechazo de la opinión pública insista en ser candidato en 2011.

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