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Feliz y ansioso, el Burrito vuelve a jugar en River y a usar la 10. Por eso no oculta su entusiasmo. "Hace mucho que sueño con que llegue este momento, este día".
"¡Vamos, Ariel! ¡Rompela, eh!", se escucha casi como un ruego. Ariel es, obviamente, Ortega. El mismo que, mientras camina acompañado por Marcelo Gallardo hacia el micro que los llevará de regreso al hotel, tras el entrenamiento matutino, responde con una sonrisa al pedido de un hincha para que la descosa. Una sonrisa que el ídolo también deja ver un rato más tarde, luego de una hora en el gimnasio y de los primeros trabajos físicos en el Sherwood Park de Edmonton, cuando recibe la noticia que estaba esperando. Más precisamente cuando Gorosito reúne a sus 30 hombres y les da los nombres de los 11 que esta noche enfrentarán al Everton inglés. "Ortega", dice Pipo y el Burrito disfruta al saber que hoy se terminó la espera. "Hace mucho que sueño con este momento, con que llegue este día", le confiesa a Olé, al pasar, en el lobby del hotel Westin Harbour después del almuerzo. "Ahora no quiero hablar demasiado. Esperen que primero juegue y después charlamos tranquilos", promete el 10.

¿El 10? Sí, el 10. Es el número que quiere, por eso ya lo chicaneó a Gallardo para que se lo dé, y el que llevará hoy. No es definitivo, pero como los utileros ya trajeron las camisetas numeradas del 1 al 18, el Burrito será el dueño del número más distintivo e, incluso, es probable que se calce la cinta de capitán. "Estoy muy contento y también ansioso, ojalá que nos salga todo bien", se despide el ídolo antes de subir al ascensor para dormir la siesta y seguir soñando con su regreso que está cada vez más cerca. Desde aquella vuelta olímpica ante Olimpo -la última vez que se puso la banda roja-, pasó la ausencia en la caravana del campeón, su cruce con Simeone, la fumata con el Cholo de la pipa de la paz que duró muy poco y el exilio en Mendoza. Un año de ausencia para un regreso anticipado, vacaciones forzosas y el inicio de los entrenamientos antes que todos sus compañeros, solito, en las frías mañanas del Monumental.

Pero en Canadá salió el sol para el jujeño. Nada de gorros de lana ni buzos y pantalones largos. El verano del otro lado del mundo regala un clima ideal para prepararse y brillar con luz natural. Ese rostro inconfundible muestra el esfuerzo físico que hace para no retrasarse ni un metro. "Es un privilegiado. Tiene mucha facilidad para realizar los ejercicios y no le cuestan", explica el PF Buscaglia, uno de los testigos de la rápida evolución que tuvo el cuerpo del ídolo. Tanto que, aunque Gorosito y sus colaboradores en principio especulaban con tirarlo a la cancha recién el 4 de agosto, junto con Gallardo (ver El Muñe...), frente al Montreal Impact, decidieron hacerlo jugar ya. Es más, si bien se sabe que Pipo se conforma con que aguante entre 60 y 70 minutos, no descarta que juegue los 90. Y si es por las ganas que Ortega demuestra en cada entrenamiento, es capaz de seguir 30 más si hubiera alargue. "Está muy enchufado", apunta el Profe.

El Burrito piensa en la pelota, más que nunca. Pero también se mete cada día mas en el grupo. Entonces, se lo puede ver charlando mano a mano con el Muñeco, mezclado entre las cabezas rapadas de los más pibes o junto a Augusto Fernández, su mejor amigo en el plantel además de compañero de habitación. Ahora esa ascendencia intentará demostrarla también en la cancha. A más de 11 mil kilómetros del Monumental, Ortega volverá a vestirse con la ropa que lo hace sentir superpoderoso. Esta vez no habrá miles de hinchas para ovacionarlo ni estarán sus tres hijos en las tribunas del Commonwealth Stadium para ver a su papá feliz. Varias veces Sol, Tomás y Manuela habrán sido testigos de su desvelo, imaginándolo con la banda cruzándole el pecho y pensando cuándo volvería a ponerse la camiseta de River. Ese día, por fin llegó. Por eso la sonrisa de Ortega. Por eso su embale. Por eso su felicidad. Por eso está en el aire.

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