Espionaje fuera de control

Por Fernando Laborda

La escalada de ataques verbales entre el jefe de Gabinete, Aníbal Fernández, y las autoridades porteñas no sólo desnuda una lucha política sin cuartel y una pugna por nichos de poder policial, sino que revela también una flagrante falta de capacidad o de voluntad para desmontar una red de espionaje fuera de control.

El estado de desgracia en que ha caído el gobierno de Mauricio Macri por las acusaciones de espionaje que pesan sobre los dos hombres que puso en su momento al frente de la policía local regocija al kirchnerismo.

Néstor Kirchner siempre ha soñado con enfrentar a Macri en un hipotético ballottage en 2011. En el imaginario kirchnerista, el jefe de gobierno de la ciudad sería el símbolo perfecto de "la derecha" asociada a viejas prácticas del autoritarismo. Claro que no sería nada improbable que Macri termine desertando de la carrera presidencial dentro de un tiempo y que el ex jefe del Estado se estrelle contra la realidad que le marcan las encuestas.

La campaña de desgaste de Macri desde la Casa Rosada apunta a desacreditar la idea de que ciertos líderes de la oposición pueden ser abanderados de la moderación, y a extender la percepción de que otros tienen los mismos vicios que se le endilgan al gobierno nacional. Si todo el mundo es corrupto, nadie es corrupto.

Aníbal Fernández, como disciplinado operador de Kirchner, dijo que Richard Nixon renunció por mucho menos y que Macri debería imitar su ejemplo. En rigor, el ex mandatario norteamericano dimitió dos años después de que se desatara el escándalo de Watergate, cuando su juicio político era inevitable.

Pero si se siguiera la lógica del jefe de Gabinete, también él y la máxima autoridad de la Nación deberían renunciar si de denuncias de espionaje se trata. Las pinchaduras telefónicas y otras prácticas ilegales de espionaje se han convertido en la era kirchnerista en una aberrante rutina. Entre quienes denunciaron haberlas sufrido figuran el ex jefe de Gabinete, Alberto Fernández; la ex ministra Graciela Ocaña, miembros de la Corte, empresarios y periodistas. Nada se ha hecho desde el gobierno nacional, que se sepa, para desmontar esa red de espías.

Entretanto, Macri no podrá mirar para otro lado y recurrir a la simple estrategia de la victimización. Fue el responsable de confiarle la conducción de la naciente policía local a un grupo de personas aparentemente acostumbradas a hacer tareas de inteligencia en forma privada y que, al llegar a la función pública, habrían continuado haciendo esos trabajos en forma particular con recursos del Estado.

Las autoridades porteñas deberán brindar explicaciones mucho más pormenorizadas y, al mismo tiempo, definir rápidamente qué se quiere hacer con la policía local y cómo, para que no quede todo en mero voluntarismo.

Con el aumento de la furia entre el gobierno nacional y el porteño, la ilusión de la policía propia empieza a hacerse añicos. Más que nunca, se necesitan dos para bailar el tango, pero mientras los dos bailarines no estén dispuestos siquiera a mirarse el objetivo parece imposible.

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