Un espacio en la memoria popular en el que Alfonsín ya es imbatible

Por: Julio Blanck

Alfonsín es lo que fue. Pero también lo que otros no fueron ni son, sobre todo en los tiempos que le sucedieron, tiempos de exasperación y de rapiña. Eso ayuda a explicar algo de la caudalosa unanimidad de elogios y reconocimientos, que le llovieron en estas horas amargas. Se los dispensaron casi siempre con sinceridad y convicción, aunque no fue difícil detectar a quienes lo hicieron con una dosis apreciable de cinismo y oportunismo.

Alfonsín también fue, y se ha dicho ya de manera abundante, un ejemplo de decencia personal, de honestidad intelectual, de convicción democrática sostenida y ejercida más allá de la conveniencia personal o partidaria. Por eso lo admiran los políticos, a quienes demasiadas veces suelen guiarlos sus apetitos, más que la ideología y los principios que quizás supieron tener antes de asomarse a la tentación y los beneficios del poder.

Ayer, en el cementerio de la Recoleta, Graciela Fernández Meijide abordó la figura de Alfonsín desde dos conceptos: coraje y visión. Y habló de honradez. Un rato antes, en su magnífico y emotivo discurso en el Senado, el radical Ernesto Sanz dijo que no había que buscar el legado de Alfonsín en sus libros y discursos, sino en su conducta.

Fueron trazos muy precisos, que definen el perfil de Alfonsín. Pero para abordar la dimensión popular del caudillo radical, aún más allá del estricto razonamiento político, habrá que remitirse también a las palabras dichas en el sepelio por Enrique Nosiglia, cuando mencionó la esperanza.

Fue esperanza lo que Alfonsín construyó y encarnó para una sociedad que buscaba salir de los estragos de una dictadura terrorista, con una economía aniquilada y una historia política anterior de enfrentamientos, división y violencia, cuya mejor oferta era repetirse a sí misma.

Esa esperanza, que al tiempo de andar se demostró imperfecta, insuficiente y al fin fugaz, fue lo que movilizó hace veinticinco años y algo más a multitudes, y en especial a los jóvenes, que creyeron que otro país, otra forma de convivencia, otra cultura con paz, justicia y libertad eran posibles.

En estos días de su muerte, en la efusión popular, en la multitud sin edades que pasó por la capilla ardiente del Congreso, en el fervor político resurgido y en el respeto generalizado hacia Alfonsín, se demostró que esa llama esperanzada, que hizo arder con fuerza vital a una sociedad que por un rato creyó en sí misma, quizás siga iluminando y calentando algún rincón del alma colectiva.

Por ese lugar en el corazón que muchos se niegan a resignar, y que en estos días trepó hasta las lágrimas, Alfonsín es un fenómeno que va más allá de la política entendida sólo como actividad de los políticos. Lo es, más allá de que él mismo haya sido el resultado químicamente puro del más articulado y rancio aparato partidario de la Argentina. Y es ese fenómeno a pesar de sus humanos errores, de sus audacias incompletas, de lo que pudo hacer y no hizo, de lo que le salió mal, de lo que no supo o no quiso hacer.

Antonio Cafiero, su buen amigo peronista, habló de los sueños de Alfonsín en su cálido y generoso discurso de despedida. De sueños también está hecha la argamasa con la que se edificó, para siempre, la relación entre Alfonsín y un amplio sector, definido más por lo social que por lo político.

En esa dimensión emotiva, que ya es parte del recuerdo, Alfonsín será imbatible. Como ya lo era en algunos hechos incontrastables de su vida pública: la austeridad, la tolerancia, el haber pasado por el poder sin enriquecerse.

Lo demás será discusión, construcción humana, lucha política. Y ya no dependerá de Alfonsín. Que no fue un revolucionario ni un traidor, sino apenas un demócrata convencido y militante.

Comentá la nota