Esfuerzos de Lula para que la OEA pueda destrabar la crisis

Con el rostro contraído, sin esbozar ni una sonrisa ni apelar a su tradicional simpatía, el presidente Lula da Silva utilizó su discurso inaugural en la Asamblea General para apelar a una rápida solución del conflicto que lo involucra directamente: la presencia en la embajada brasileña en Tegucigalpa del presidente depuesto Manuel Zelaya.
A esa altura del día, el régimen de Roberto Micheletti había reforzado el cerco a la representación diplomática y había exigido a Brasil que declare a Zelaya como asilado político o que en su defecto lo entregue.En la ONU, Lula reclamó decisión política para "evitar que proliferen golpes de Estado como el que derrocó al presidente constitucional de Honduras". Y siguió: "Sin esa voluntad no se puede enfrentar o corregir situaciones que conspiran contra la paz". Las tensiones fueron en aumento a lo largo de la jornada hasta el preciso momento en que EE.UU. anunció que Micheletti y sus tropas política y militar habían aceptado una misión de la OEA encabezada por el secretario general José Miguel Insulza para emprender las negociaciones entre las dos partes.

En ese momento, la angustia brasileña empezó a aflojar. Es que durante la jornada, según contaron a Clarín en Brasilia, hubo aprensión frente a un eventual fracaso como sería una estadía demasiado larga de Zelaya en la embajada. Ayer, habían empezado a escucharse voces contrarias a la política de Lula de albergar al presidente hondureño. Varios expertos con experiencia internacional, entre ellos Francisco Rezek, que fue miembro de la Corte Internacional de La Haya, opinaron que "en los hechos, Brasil concedió el asilo a Zelaya desde el momento que lo dejó entrar a la embajada. De no ser así, el gobierno brasileño tendría que pedir que él deje la sede diplomática". Las objeciones internas no configuraban un buen escenario para Lula y su canciller Celso Amorim, que no contaban con un plan alternativo.

La Convención de Viena sobre las relaciones diplomáticas señala que las sedes de cada país en el exterior se rigen por las leyes propias y son inviolables. Ocurre que ese mismo acuerdo impone restricciones: el asilado no puede usar el edificio diplomático como lugar para hacer política. Por otro lado, admitir que Zelaya estaba asilado representaba, en simultáneo, desconocer su carácter de presidente en ejercicio, algo que Brasil no podía permitir. Desde el inicio del conflicto, el gobierno de Lula se ubicó en una posición firme: Zelaya debe volver al poder como condición para que el mundo reconozca las autoridades salidas de las elecciones de noviembre.

De allí la prisa que demostraba Itamaraty por obtener resultados. Tanto que por la mañana hizo una presentación ante el Alto Comisariado de Derechos Humanos de la ONU para que investigara la violación y represión habidas en territorio hondureño contra los partidarios del presidente depuesto. Los brasileños pensaban, por otro lado, que no debían reeditarse fórmulas de negociación que se habían mostrado cuanto menos como ineficaces. Consideraron que una nueva intervención del costarricense Oscar Arias como eventual negociador llevaría a un punto muerto. Finalmente prosperó la propuesta brasileña con el apoyo de los latinoamericanos: que el eje de la negociación quede a cargo de José Miguel Insulza, acompañado por representantes de varios países de la región.

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