La esfinge y sus metamorfosis

Por Beatriz Sarlo

Las peripecias serán variadas. Néstor Kirchner ha renunciado a la jefatura del Partido Justicialista y comenzarán los trámites sucesorios durante el interregno de Daniel Scioli. Ni siquiera es posible saber si habrá sólo un PJ. Según las coyunturas, el peronismo se transforma y bifurca de un modo asombroso.

Por eso ha sido la gran cuestión política argentina desde 1945, y no ha dejado ese lugar a ninguna otra. Construyó una simbología con la que se identifican millones todavía hoy (en la era de la quiebra de las identidades) y sobrevivió gracias a esa persistencia y a sus inigualables metamorfosis.

Kirchner, en el peor momento de su gobierno, pudo tocar otra vez la roca madre del conurbano bonaerense, allí donde sería erróneo decretar que sólo existe clientelismo, porque también perduran vetas de lealtad política. Sin embargo, no alcanzó, y otros también pisaron esos territorios. ¿Qué harán ahora los jefes peronistas? Ninguno lo quiere hoy a Kirchner, pero de inmediato empezarán a no quererse entre sí, hasta que se reconozca a uno de ellos el lugar de primum inter pares . Carlos Reutemann aspira, el primero, a ese lugar.

En realidad, todos están apuradísimos. Paremos un poco.

En junio de 2007, en la primera vuelta por la elección de jefe de gobierno, la ciudad de Buenos Aires también arrojó resultados tripartitos: Macri-Michetti 45,6 por ciento; Filmus-Heller 23,7 y Telerman-Olivera 20,7. Estos resultados indican que, con porcentajes igualmente repartidos, el Pro acaba de perder 14 puntos. Macri puede festejar, pero poco. Llevó a la figura más conocida de su espacio y ganó con números mediocres. Tiene un problema hacia adelante: ¿a quién va a dejar en Buenos Aires si pretende ser candidato a presidente en 2011? En la ciudad, al parecer, no se juntan votos con cualquiera que sea telegénico. Por el contrario, el segundo puesto de Pino Solanas indica que Buenos Aires tiene un electorado proclive a hacer opciones ideológicas, aunque no necesariamente sean ganadoras.

Julio Cobos también se siente presidenciable y su ambición ha quedado confirmada, porque la Alianza que sostiene Hermes Binner en Santa Fe perdió por dos puntos.

El de Mendoza era un triunfo cantado en una elección que se mostraba fácil (para recordar un poco el pasado: en 2005, la suma de votos de la UCR y el ARI, que iban separados, fue allí más del 42 por ciento). La de Santa Fe era una elección dificilísima. Si se habla de presidenciales, en Santa Fe se enfrentaron dos potenciales candidatos. Son cuestiones de suerte que, en política, es fundamental: Binner debía dar el primer paso en una competencia presidencial bajo condiciones más adversas que Cobos. Perdió por poco; hubiera podido ganar y la discusión tendría otro protagonista.

Todos quisieron convertir las elecciones de Mendoza y Santa Fe en la primera vuelta de una interna de la oposición donde terminarían comparándose resultados en distritos diferentes que comenzaban desde posiciones muy distintas: hace tres meses Cobos tenía las mismas posibilidades de que su candidato ganara; en cambio, Binner debió trabajar esos tres meses al lado de Rubén Giustiniani para alcanzar la diferencia mínima que terminó, sin embargo, favoreciendo a Reutemann. En Buenos Aires, Macri no pudo levantar a su candidata para que no perdiera todos los puntos que la separan hoy de la victoria obtenida por el Pro hace dos años; Binner sostuvo los votos de su candidato a senador y casi gana en un distrito que es tres veces más grande que Mendoza y donde enfrentaba la popularidad de Reutemann.

Cobos y Reutemann, ya anotados en las preliminares de la carrera presidencial, son hombres cuya temperatura ideológica está dentro del mismo rango: moderadísimos, discretos, taciturnos, desconfiados, parsimoniosos. Los dos han gobernado sus provincias y obtuvieron un reconocimiento grande. Lo que ambos ofrecen se ubica del centro a la derecha. Después de la política caliente de Néstor Kirchner, viene una época de hombres fríos. Sobre la pasión, el cálculo; sobre la arbitrariedad, la idea de que hay que mantener cierto respeto. Ni Cobos ni Reutemann pueden desencadenar grandes pasiones políticas. Pero tampoco son hombres de buscar pasiones. Se adecuan a las circunstancias módicas del presente.

Reutemann ahora quiere mostrar la resolución que misteriosamente no tuvo en 2002, cuando Duhalde le ofreció su apoyo. Cobos está en otro intríngulis. Quiere ser candidato a presidente y todavía no ha renunciado a la vicepresidencia del gobierno encabezado por el partido que seguramente deberá enfrentar, como lo acaba de hacer su candidato en Mendoza.

Después de su famoso voto "no positivo", Cobos dijo que él estaba dispuesto a cumplir su mandato hasta 2011. Ahora, el problema se le viene encima: si se atiene a esa resolución (la de cumplir el mandato para el que fue elegido), se moverá en la novedosa dualidad de competir por encabezar la oposición a un gobierno del que forma parte. La política puede dar lugar a figuras retóricas y arabescos dialécticos. Quizás esto les importe mucho a quienes no desean a Cobos como candidato y nada a quienes lo secunden. Los argentinos no son muy formalistas, aunque, de vez en cuando, se lo reprochen.

Es cierto que las encuestas de Poliarquía y de Isonomía anticiparon la victoria de Unión Pro sobre el Frente para la Victoria en la provincia de Buenos Aires. Habría sido interesante que el foco puesto sobre esa disputa binaria hubiera iluminado también el resultado de Margarita Stolbizer. Los 21,50 puntos que alcanzó en la provincia de Buenos Aires indican que no hubo allí una polarización tan nítida sino una tripartición. Tampoco existieron los 14 hipotéticos puntos de diferencia entre Michetti y Solanas en la ciudad porteña, sino menos de la mitad.

Las encuestas son, como lo saben todos los cientistas sociales, instrumentos útiles, pero más valiosos cuando miden el trazo fino. Cualquier observador experimentado podía pensar que Kirchner ganaría o perdería por dos puntos (el error técnico de un cálculo a ojo). Pero se habría necesitado más precisión para anticipar el desempeño del Acuerdo Cívico en la provincia de Buenos Aires o el descenso de Pro en la ciudad.

Estas imprecisiones serían suficientes para no volver a proponer que una interna se decida por encuestas. Además, la "interna por encuestas" implica que una hipotética opinión pública reemplaza el juego de partidos que, advertidos sobre la impopularidad de las internas, en vez de trabajar para interesar a los votantes aceptan que el pasado-presente (es decir la encuesta) sea preferible al futuro (es decir el resultado de una interna después de una campaña). De instrumento de conocimiento hipotético, las encuestas han pasado a ser formas tecnológicas para-institucionales. Junto al marketing de imagen son recursos técnicos que hay que subordinar si realmente se piensa que la voluntad y la imaginación representan cualidades políticas que dejan su marca porque, como lo demostraron los dirigentes innovadores del siglo XX argentino, no se limitan a pasear un espejo ante sus votantes.

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