La esencia

Por Alfredo Zaiat

Una de las características notables de la economía argentina es la fuga de capitales, que con excepción de breves períodos se ha mantenido constante a lo largo de los últimos treinta años. Las visiones ortodoxas e incluso las que no son tan conservadoras sostienen que las expectativas de los agentes económicos son un factor relevante de ese comportamiento.

Proponen entonces políticas amigables hacia el capital, avalando así el poder de veto de ese sector a ciertas estrategias económicas. Por su parte, posiciones heterodoxas con un abordaje que se extiende a cuestiones del poder y a particularidades de la estructura social destacan que la raíz rentística de la burguesía nacional, entre otras razones, explica en gran parte la tendencia a la huida de la moneda doméstica para abrazarse al dólar. Como se trata de un fenómeno que se prolonga por años no existe una excluyente respuesta y ambas interpretaciones presentan elementos para comprenderlo. Es indudable la intensa fuga de capitales que se viene registrando en los últimos dos años, pero lo interesante de esta dinámica colectiva autodestructiva que presume de la salvación individual es detectar su origen y su efecto macro sobre la economía. Los análisis lineales comparan esos procesos en función de la magnitud de la salida, que es una vía de evaluación cuantitativa, pero que obtura la posibilidad de precisar su impacto o que termina en pronósticos equivocados al no observar sus peculiaridades. Un caso ilustrativo para acercarse al aspecto cualitativo lo ofrece el cotejo con la prolongada agonía y posterior estallido de la convertibilidad, el corralito y megadevaluación. Durante ese período, la extraordinaria fuga de capitales fue financiada con un acelerado endeudamiento y pérdida de reservas monetarias del Banco Central, que en un círculo vicioso debilitaba las bases de ese esquema económico. El también impresionante éxodo de esta fase no tuvo como contrapartida esos canales financieros compensadores de las cuentas, sino que se cubrió con el superávit comercial. Son reacciones diferentes a una misma complicación y, por ese motivo, es distinta la repercusión en la economía como así también su efecto sobre variables clave, como el tipo de cambio.

Establecer los rasgos de la actual fuga y su financiamiento facilita la comprensión del actual estado de la economía y sus desafíos. El economista Mario Damill, investigador del Cedes y de la Iniciativa para la Transparencia Financiera (ITF), estimó que desde mediados de 2007 hasta el primer trimestre de 2009 la salida de capitales sumó 41.500 millones de dólares. Comenzó con el estallido de las hipotecas subprime en Estados Unidos, luego continuó con el conflicto con el sector del campo privilegiado, siguió con la detonación de la crisis global con la quiebra de Lehman Brothers y se prolongó con el fin del negocio de las AFJP hasta la actualidad con la incertidumbre electoral. Ese monto impactante de 41.500 millones de dólares surge de la cuenta "formación de activos externos del sector privado no financiero" del balance cambiario elaborado por el Banco Central, y equivale a cuatro veces el superávit comercial anual. Semejante shock no ha tenido un efecto interno tan perturbador como lo indicaría esa cantidad de recursos que quedaron en divisas extranjeras en la plaza doméstica o en el exterior porque fue equilibrado por un también elevado excedente del comercio exterior y de la cuenta corriente. Ese importante superávit de la balanza comercial se explica por ganancias extraordinarias de las exportaciones cuyo origen es la burbuja especulativa de los commodities, que se intensificó en el 2007 cuando comienza la crisis de las subprime y los fondos especulativos se vuelcan hacia esos activos. Damill calculó que la mitad de ese superávit nació de esa burbuja.

En números redondos, esa fuga tuvo como contrapartida el saldo comercial positivo (30 mil millones de dólares), inversión extranjera directa (6 mil millones de dólares) y créditos internacionales (BID, Banco Mundial, Banco Internacional de Basilea por otros 6 mil millones de dólares). Esas vías de compensación, diferentes a las registradas en la salida de capitales anterior, expone las razones del menor impacto en el frente financiero, en las reservas del BCRA y en el nivel del tipo de cambio. Por ese motivo, ciertos análisis pierden consistencia cuando relacionan la actual fuga de capitales con la inmediata anterior y con el supuesto retraso de la paridad cambiaria. Ha sido notable que la salida de capitales se intensificara con el inicio de la crisis internacional teniendo en cuenta que la economía doméstica mostraba superávit fiscal, resultado positivo en la cuenta corriente del balance de pagos, un tipo de cambio elevado en términos reales, a la vez que contabilizaba un shock favorable por el alza de las materias primas agropecuarias.

La escasa sensibilidad para comprender ese proceso que reúne otras características a las registradas en crisis recientes impulsó al error de pronósticos de economistas especialistas en esa tarea. En ese contexto de salida de capitales y derrumbe de las economías centrales, la mayoría estimó una fuerte caída del excedente comercial para este año que, dada la presente dinámica de fuga, prenunciaba un escenario muy complicado. La debilidad de ese análisis se revela en que para arribar al saldo comercial se debe estimar no sólo la caída de las exportaciones por un menor dinamismo del comercio internacional (la OMC estima una caída de casi el 10 por ciento) y de los precios de los productos que se venden al exterior, sino también calcular la reacción de las importaciones. De acuerdo a los datos del primer cuatrimestre, las exportaciones disminuyeron 22 por ciento respecto del mismo período de 2008, mientras que las importaciones bajaron 38 por ciento. Así, el superávit comercial alcanzó los 5855 millones de dólares (43 por ciento más que igual lapso del año pasado), resultado que refleja que Argentina exporta bienes que el mercado mundial sigue demandando y a precios que se mantienen altos, al tiempo que se presentan síntomas recesivos al disminuir fuertemente el volumen de la importaciones, que también bajaron por menores precios ante la debacle global y por restricciones en el financiamiento del comercio internacional. Esta evolución del balance del intercambio descolocó a economistas de la city, destacándose el radical Mario Brodersohn de la consultora Econométrica que, en noviembre de 2008, publicó Plan B: Hacia un Acuerdo con un "FMI Progresista" para evitar un nuevo default, documento donde sostuvo lo siguiente: "¿Por qué sostenemos que en el 2009 van a faltar dólares? En el 2009 la caída en los precios internacionales de nuestros productos de exportación conduce a que desaparezca en su totalidad el superávit comercial externo de 14.600 millones alcanzado en el 2008. Por lo tanto, sin superávit externo y sin acceso al mercado financiero, el Banco Central pasa a ser la única fuente proveedora de dólares para pagar los vencimientos de deuda en el 2009 y la demanda de dólares de los que prefieren atesorar dólares en lugar de pesos".

El comportamiento del sector externo ha sido bastante diferente a esos escenarios de estrangulamiento de divisas y de desaparición del superávit comercial, pero plantea igualmente un horizonte complejo por la persistencia de la fuga de capitales. De todos modos, esa debilidad no necesariamente tiene que derivar en un desenlace de descontrol económico ni en una salida de ajuste ortodoxo tradicional por el lado del gasto público o por el del tipo de cambio. Algunos economistas sostienen que esa situación se puede superar recuperando "la confianza" de los agentes económicos, lo que implica tener una política amistosa con el capital. Otros proponen reforzar los controles para disminuir la fuga de capitales. Unos y otros presentan argumentos que la historia reciente les son favorables a sus respectivas posiciones, pero existe un factor que es más arduo, que requiere de un análisis que excede la materia de estudio de gran parte de los economistas: la esencia del poder económico. Esta es imitada por un sector de la población con excedentes financieros, lo que termina constituyendo una extendida vocación a la fuga de capitales, estableciendo así límites a los márgenes de autonomía de cualquier política económica.

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