El escrache

Por Mariano Grondona

El verbo "escrachar" existe en el Diccionario de la Lengua Española, aunque con estos significados ligeramente distintos del que usamos habitualmente: "romper, destruir, aplastar" o "fotografiar a una persona". El hecho es que el escrache, como acaba de confirmarlo a su pesar el diputado kirchnerista Agustín Rossi en Laguna Paiva, Santa Fe, ya ha pasado a formar parte de nuestro imaginario colectivo. Si tuviéramos que definirlo, ajustando la versión que ofrece el Dicionario a nuestra realidad cotidiana, diríamos que el escrache es una agresión física que no llega a ser cruenta contra aquellas personas a las cuales sus agresores procuran menoscabar simbólicamente delante de la sociedad.

Vengan de donde vinieren, los escraches suelen recibir una serie casi unánime de condenas. Son escasos los que dicen "apruebo tal o cual escrache" porque en tal caso estarían confesando abiertamente que adhieren a una forma de acción directa reñida con la democracia.

Pero, a fuerza de ser sinceros, también tendríamos que admitir que "antes" de emitir el juicio reprobatorio del escrache que nos pide la doctrina democrática, chisporrotea en nuestro inconsciente un impulso instintivo, al que rápidamente acallamos, de simpatía o antipatía hacia sus autores. Cuando el que comenta un escrache siente antipatía por quienes lo cometieron, su condena es categórica. Pero, cuando siente simpatía por ellos, generalmente sostiene que, aunque los "condena", los "comprende".

¿Sería demasiado aventurado suponer entonces que, frente al escrache de Laguna Paiva, la gente de campo, antes de condenarlo públicamente, ha sentido simpatía por sus autores? Esta conjetura se reforzaría si le agregáramos la hipótesis de que el verdadero blanco de la "agresión simbólica" de Laguna Paiva no fue el diputado Rossi sino el ex presidente Kirchner, que es su mandante.

El Gobierno, por su parte, haría bien en no detener su análisis del acontecimiento en la condena de lo que pasó, porque debería preguntarse además hasta dónde pretende llegar él mismo en sus agresiones contra el campo. Rossi estaba a punto de distribuir como dádiva una parte mínima de lo que el kirchnerismo le está sacando al campo bajo las más diversas formas. Y esto es lo que más indignó a los atacantes, según sus propias declaraciones: que el kirchnerismo finge estar ayudando al campo cuando, en realidad, lo aborrece.

Carlos Reutemann acaba de oponerse a que en las listas de los candidatos justicialistas de Santa Fe figuren aquellos que, como Rossi, votaron en el Congreso contra el campo. Esta es una manera más civilizada de expresarse que la que se escogió en Laguna Paiva pero, bajo otra forma, refleja lo mismo: que el campo y quienes lo apoyan sienten cada vez más que Kirchner ha partido en guerra contra ellos.

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