Escenas de un piquete bélico en la Panamericana

Por: Joaquín Morales Solá.

Mediodía del miércoles. Ruta Panamericana hacia la Capital, pocos kilómetros después del lugar donde convergen las rutas 8 y 9. Autos, camiones y camionetas se amontonan uno al lado del otro. Algo pasó. ¿Qué pasó? Nadie sabe nada. ¿Un accidente? ¿Un corte de trabajadores en huelga? Sin respuesta. Pasan gendarmes y policías, abriéndose paso con sirenas, pero no responden ninguna pregunta. La marcha de los vehículos, cuando marchan, es la de un hombre lento y cansado.

El hastío es lo que más abunda. El calor empieza a apretar. La temperatura en la ruta llega a los 29 grados. "¿Quiere un poco de agua? Yo siempre cargo agua cuando viajó a la Capital. Nunca sé con qué problema me voy a encontrar", ofrece una señora, que tiene agua y también una vianda para sus inciertos itinerarios por la ciudad y sus alrededores. "Yo comparto el mate", intercede un camionero, que es la envidia de todos porque está en un atalaya desde donde ve más allá que el resto de los mortales. "¿Qué ve desde ahí?", le preguntamos todos. Decepción: "La cola es muy larga y no veo el final. ¿Quieren mate? Ayuda a pasar el tiempo", insiste.

Autos importados conviven con algunos cascajos de hace tres décadas. "Abrí la ventana y prestame un poco de aire acondicionado", le dice con una ironía sin resentimiento el chofer de una máquina desvencijada al de un Audi reluciente. "Mejor cambiemos de auto un rato", le responde el potentado. "La culpa es de estos Kirchner, hermano", empieza a analizar el pobre. "Y también de nosotros, viejo, que debemos ser el pueblo con más paciencia del mundo", le contesta el rico. La sociología amenazaba con matar la politología cuando la marcha desigual dejó al pobre detrás del rico.

Un muchacho, de esos sabelotodos que abundan en cualquier jauría humana, sale de su auto. Tiene en la mano algo que se parece a un teléfono celular, aunque lo usa como radio. Anuncia a voz en cuello: "Tengo la información. Son los veteranos de la guerra de las Malvinas que están cortando la Panamericana", grita, y parece que ese instante de conocimiento le valió todo el tormento. "¿Cómo? ¿Dice que estamos en guerra otra vez?", se desespera un anciano, medio sordo, que sabe que en la Argentina cualquier regreso es posible. "No, abuelo, no se preocupe. Son los veteranos de la vieja guerra, pero no sé qué quieren", lo calma el joven bien informado. "Esa guerra está perdida. Dejemos ahora de perder el tiempo", rezonga el anciano.

"Tengo a mi vieja muy mal en el auto. La llevaba al médico, pero ya perdí el turno. Si tuviera un revólver, los bajaría a esos vagos", se enoja otro. El camionero hace gala de su lugar privilegiado: "Che, a pocos metros hay una ambulancia. No lleva a nadie. Que se la lleven a tu vieja", propone. La información empieza a circular entre los automovilistas. Dos paramédicos se bajan de una ambulancia y corren hacia el auto de la mujer enferma. Una increíble contorsión de autos le permite al vehículo de la enferma colocarse al lado de la ambulancia. La sacan, la ingresan en la ambulancia, las sirenas comienzan sonar y la camioneta con enferma y enfermeros desaparece entre cabriolas de autos. "Espero que la vieja no se muera, que no se muera sola por lo menos", suplica el hijo como recitando un tango.

Otro auto avanza por la banquina. Se enojan los que van por la senda correcta de la ruta. Una señora mayor, elegante y educada, cuyo perfume se puede intuir a la distancia, pide disculpas desde el automóvil infractor. "No queríamos hacer esto, pero de pronto nos fueron llevando hasta este lugar. Le estoy diciendo a mi marido que regresemos al lugar legal. ¡Ay, tener un marido que no sabe manejar!", se queja a modo de coartada. El marido, también elegante, se suma en el acto al pedido de disculpas. "Yo siempre respeto la ley", dice, fuera de la ley.

Nos vamos acercando al piquete. Es el peor momento. Han pasado horas y cada grupo de conductores parece conocerse de toda la vida. Saben los problemas, el trabajo y las angustias de los otros. Se consuelan, se aconsejan y se desean buena suerte. Pero el momento es grave. Está habilitado un solo carril. Los autos se arriman y quedan a dos centímetros uno del otro, por los costados, por delante y por detrás. Empiezan a divisarse los primeros policías y gendarmes. "Los de Kraft sentaron el precedente. Ahora tendremos la Panamericana cortada por cualquier gilada", deduce el sabelotodo.

"Marx tenía razón: lo de Kraft fue una tragedia, pero esto es un farsa", apostilla el del auto desvencijado, con veleidades de intelectual antikirchnerista. No hay kirchneristas en la autopista. Suena raro que los Kirchner se preparen para anunciar una reforma electoral con el propósito de retener el poder: esa autopista bulle de oposición al Gobierno.

Un veterano, con un raído sacón militar, entrega papeles a los automovilistas. Ninguno se lo recibe. La causa de las Malvinas, cualquiera que sea, parece haber retrocedido en la Panamericana. El hijo de la mujer enferma detiene su auto frente al veterano. "Mi vieja está enferma y se la llevó la ambulancia por culpa de ustedes. No sé si está viva. ¿De qué Malvinas me hablás?", lo increpa. "Entendé: es la lucha por las Malvinas", le contesta el veterano. "¿De qué Malvinas estás hablando? ¿De Malvina Pastorino?", le responde el automovilista. "Ustedes son cajetillas que no entienden la lucha popular", intenta persuadirlo el veterano.

Un gendarme enorme se mete en el entrevero. "No le falte el respeto al señor y siga mis instrucciones", ordena con un vozarrón de nicotina. Le hablaba al automovilista y acomodó su cuerpo cubriendo con sus espaldas el cuerpo del piquetero. Nada importaba ya: la libertad estaba a pocos metros, por fin recobrada.

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