El escenario de la gran batalla.

En la provincia que gobierna Daniel Scioli se concentra el 38% del electorado de todo el país. Ahí Kirchner pone en juego a todo su Gobierno.
Esta tarde, a partir de las 18, todos los ojos se posarán sobre los resultados de la provincia de Buenos Aires. Acaso por concentrar el 38% del electorado nacional, Néstor Kirchner decidió apostar allí, no sólo su futuro político, sino el de todo el Gobierno.

Después del conflicto con las patronales del campo, el ex presidente resolvió dar la "madre de todas las batallas" en el estratégico Gran Buenos Aires, aunque, con la movida, haya sepultado cualquier esperanza de renovación de la política, con el que entusiasmó a la ciudadanía en 2003.

Mientras resignaba la posibilidad de lograr resultados al menos aceptables en el resto de los grandes conglomerados urbanos como Córdoba, Santa Fe o Mendoza, su alianza con los barones del conurbano intentará impedir que alguna fuerza haga pie en el principal distrito electoral del país.

El temor no es en vano. La derrota de Raúl Alfonsín en esa provincia en 87, precedió la salida anticipada del gobierno unos meses más tarde. Lo mismo le pasó a Carlos Menem, cuando la Alianza, de la mano de Graciela Fernández Meijide, aplastó a la candidata oficial, diez años después, en 97.

Esta vez el fantasma se llama Francisco de Narváez, quien después de una millonaria campaña de dos años de duración, y una oportuna alianza con el jefe de gobierno porteño, Mauricio Macri, y el PJ disidente, a través de Felipe Solá, está haciendo sufrir a los Kirchner.

Más atrás, miran desde lejos, el Acuerdo Cívico y Social, con Margarita Stolbizer y Ricardo Alfonsín a la cabeza, y Martín Sabbatella, con su frente de centroizquierda.

Las encuestas muestran una paridad técnica casi sin precedentes en la provincia: la mitad dice que gana Néstor por 3 o 4 puntos y la otra mitad, le otorga la misma diferencia a De Narváez.

En el oficialismo alargan la diferencia a 6 u 8 puntos, según el interlocutor. Dicen que quienes hacen sondeos, confían en los teléfonos, que no existen en lo más bajo de la pirámide social. "Allá abajo, los votos son todos nuestros", se jactan.

Para la oposición, la tendencia es inocultable. "Sólo les queda apelar al fraude", rezan invariablemente en el búnker PRO de Las Cañitas.

Justamente ésa es la palabra más repetida en los últimos días. El número de mesas (31.428) significa que para controlar medianamente la compulsa se necesita un fiscal por mesa, más uno, al menos por escuela, esto es entre 36 y 40 mil personas.

Algo que parece fácil para el oficialismo y, casi titánico, para la oposición. Los caóticos comicios de 2007, con sus largas colas y el faltante de boletas, aún están en la memoria de todos.

En el Gobierno, a través del ministro del Interior, Florencio Randazzo, y del director electoral, Alejandro Di Tulio, no sólo tratan de aventar las dudas con datos sobre la inviolabilidad de la voluntad popular, sino que creen que hay una campaña montada por algunos sectores que no hace otra cosa que preparar el terreno de la opinión pública, a través del Grupo Clarín y La Nación principalmente, para montar una gigantesca protesta, con cacerolazo incluido, en el caso de que en la provincia no triunfe la oposición.

Dicen, por ejemplo, que a la movida con eje en el PRO, se le sumará la Coalición Cívica, el rabino Bergman y hasta el cardenal primado de la Argentina, Jorge Bergoglio.

Quien espera capitalizar el triunfo del oficialismo, el actual gobernador y candidato testimonial, Daniel Scioli, lo dijo con todas las letras. "Ellos están llenos de contradicciones y ahora empiezan a hablar de fraude porque no pueden contener la voluntad popular", exclamó Scioli, quien pidió "un voto positivo" el próximo domingo, cuando dijo que será el momento de "ir por más".

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