Escaner para intendentes

Distrito por distrito, cómo se portó cada intendente del Conurbano y qué le depara el futuro.

Como si se tratara de las historias circulares que vivían algunos de los personajes más famosos de Jorge Luis Borges, los intendentes peronistas del Conurbano completaron ayer un ciclo que arrancó allá por el verano del 2003. Cuando recibieron de boca de Eduardo Duhalde (por entonces el hombre fuerte del territorio) la "sugerencia" de "pasear al Flaco Kirchner" para hacerlo subir en las encuestas desde los escuálidos cinco puntos de intención de voto que entonces tenía el santacruceño. Esta madrugada, cuando rozando las dos de la mañana, y después de varias horas de desconcierto, reproches y juramentos de venganza eterna, Kirchner bajó desde piso el 18 del Hotel Intercontinental para enfrentar a la prensa con el rostro descompuesto, no hubo un sólo barón peronista del Conurbano que no se sintiera un poco responsable del fin de fiesta de la era kirchnerista. Unos porque no quisieron, otros porque no pudieron y otros porque no supieron cómo, todos - por acción u omisión- se sabían co-responsables de la frustración electoral más impactante en la larga carrera política del ex presidente.

Y otra vez la circularidad de la historia se hizo presente. Todos, los testigos presenciales y los otros, los que llegaron al club de los Barones años después y el relato les llegó por tradición oral, deberían repasar la anécdota de Hugo Curto mirando fijo a un Duhalde casi suplicante y diciendole "pero vos nos estás pidiendo que saquemos a pasear a un perro muerto" ante la sonrisa cómplice del resto de sus colegas. El domingo a la noche, uno de los golpes más duros se lo volvió a propinar el "fhigtter" de Tres de Febrero. Cuando a las nueve y media de la noche se supo que Curto-Tigresa Acuña ganaba la local por 18 puntos y al mismo tiempo De Narváez le sacaba casi 4 a Kirchner, toda el establishment político supo que esa señal marcaba el principio del fin. Si el corte de boleta - en el kirchnerismo la frase se resume en una sola palabra: traición- había anidado en Tres de Febrero, el proceso de descomposición era irreversible.

Qué se podía esperar de un antikirchnerista agazapado como Humberto Zúccaro y que encima tenía que hacer equilibrio en la heterogénea sociedad de Pilar, con los vecinos ricos más ricos de los countries soñando con una revancha como esta y que vieron en De Narváez a la gran "esperanza blanca". Zuccaro, frontal y directo, dejó trascender a través de sus operadores mediáticos que él, el intendente, había ganado por cerca del 50% de los votos (al final en la local sacó el 46,8 contra 32 del Pro). ¿Y Néstor? era la pregunta obligada. La respuesta también obligada llegó desde la computadora de la cámara electoral: en Pilar, Kirchner llegó atrás, por ochenta centésimos, pero atrás de De Narváez.

Pero a Zúccaro nadie le podía colgar el sambenito de traidor. Después de todo él lo había hecho público hace un par de meses en una entrevista con 24con. Su antipatía por el estilo confrontativo de los Kirchner le había sacado todas las ganas de seguir jugando al juego de "me callo porque te necesito". Por esas horas sin tiempo que tienen todas las elecciones, cuando los candidatos prolijitos saben cuál será el final y éste no coincide con sus intereses, Sergio Massa se vio sudando la gota gorda en el 18 del Intercontinental, con una caldera a la que el maquinista (léase Néstor Kirchner) le echaba paladas de hulla y la encendía más y más a cada minuto. y para colmo desde Tigre los números le llegaban cada vez más torcidos. Néstor, su jefe, el que sólo paraba de despotricar para tomar más fuerzas y seguir, apenitas le ganaba a De Narváez, no ya en las mesas del coqueto centro sino en las de Torcuato, mientras su mujer Malena trepaba el cincuenta por ciento y se despegaba por varios campos de los Pro vecinalistas.

Fernando Espinoza, el joven intendente de La Matanza, tuvo la fortuna de que su "padrino" Alberto Balestrini fuera uno de los pocos que orbitan alrededor de Kirchner y pueden ser escuchados. Caso contrario, anoche mismo debería haber comparecido ante la Santa Inquisición kirchnerista, para explicar porque colador se le escurrieron casi un millón de votos entre la última elección y la de ayer. ¿Es posible pasar de 36 puntos de ventaja a escasos 10, sin que suene el escarmiento? Seguramente Balestrini habrá apelado al humor social y razón no le falta. Si hay un distrito donde un intendente hizo obras por años postergadas, ese es La Matanza. Si hay un intendente que caminó la calle y gestionó créditos para hospitales, cloacas y asfalto, ese es Espinoza. Pero ayer a la tarde cuando fue a votar al barrio de toda su vida, en Villa Luzuriaga, los de la cola de votación casi le hacen un piquete con reclamos de todo tipo. Eso no es más que humor social, mutante e imprevisible. Casi como si Gabriela Michetti tuviera que explicar cómo hizo Pino para amargarle el semestre y ponerle la mochila de la peor elección macrista en años.

Para el final quedan los "leales" como Mussi (al final no tuvo premio mayor y no va al Ministerio de Salud por Ocaña) en Berazategui, Gray en Esteban Echeverría, Giustozzi en Almirante Brown, Cacho Alvarez en Avellaneda (ganó una parada recontra difícil y le aportó a Kirchner seis puntos de ventaja), Rossi en Lomas de Zamora, un calladito Guzmán en Escobar que resistió el trasvase pattista y ganó por una buena diferencia a nivel provincia, o el Vasco Othacehe en Merlo que a fuerza de garra y mano dura evitó la fuga y dispersión.

Fuera de todo ranking, estuvieron dos sorpresas "agradables" para Néstor: la del Barba Gutiérrez, que le sacó quince puntos al Pro en un distrito al que los peronistas le temen por tener un centro "gorila" y Jesús Cariglino, el hombre de las mil apuestas, que al final y contra todos los pronósticos que le veían jugando fuerte por De Narváez, sacó chapa de peronista de ley. De los que no traicionan, aunque antes avisen.

Igual nada sirve de consuelo para ese hombre que pasó de de ilustre desconocido a líder indiscutido del Conurbano y que ayer parece haber iniciado el tránsito de "pato rengo", la única figura de la política que él nunca había protagonizado.

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