Un error de Macri que fomenta la política del miedo de los Kirchner

Por: Eduardo van der Kooy

Uno de los problemas centrales de la Argentina es, ahora mismo, la desconfianza social y la incertidumbre. Una desconfianza que ha sabido ganarse en el último año y medio el Gobierno de Cristina y Néstor Kirchner. Una incertidumbre que venía creciendo por la crisis económica doméstica e internacional. Y que pegó un salto con la anticipación de las elecciones legislativas.

Los Kirchner atizaron esos dos problemas cuando dieron un carácter de plebiscito a los comicios y desenrrollaron como estrategia de campaña la idea de sembrar el miedo. El matrimonio dijo casi en forma de coro que si en junio perdieran la elección el país podría asomarse a la posibilidad de una explosión.

Cristina y Kirchner venían quedado aislados con ese mensaje apocalíptico, digno de Carlos Menem y de Domingo Cavallo. Digno también de algunos mensajeros atorados de este tiempo. Pero desde ayer, tal vez, ya no estén tan solos: Mauricio Macri pudo colocarse peligrosamente cerca de ellos cuando dio por terminado "el ciclo kirchnerista" y llamó a coordinar una "transición civilizada".

Son dos conceptos diferentes. Más allá del resultado electoral de octubre se afianza la impresión de que ni Cristina ni Kirchner podrán continuar con su proyecto después del 2011. Esa imposibilidad no tiene que ver tanto con Macri, con Elisa Carrió o con el socialista Hermes Binner -por citar algunos dirigentes de la oposición- como con el realineamiento que en forma progresiva se está dando en el peronismo.

Se advierte la fractura en Buenos Aires, sobre la cual se montó Macri para cerrar una alianza todavía precaria con Francisco De Narváez y Felipe Solá. Pero aparece más sólido el eje en el interior construido por parte del PJ de Santa Fe, Córdoba y Entre Ríos alrededor del senador Carlos Reutemann. Esa entente es observada con atención por otros gobernadores, incluso de provincias que todavía dicen adherir al proyecto oficial.

Después está la mención del jefe del Gobierno porteño a la supuesta "transición civilizada". ¿Habría acaso alguna posibilidad de que fuera distinta? ¿Piensa la oposición (o piensa Macri) que su futuro papel parlamentario no se circunscribirá a colocarle límites parlamentarios a una administración que pocas veces los tuvo?

La sombra de una posible ruptura del cronograma institucional asomaría inevitable detrás de aquellas palabras. La misma sombra que se empeñaban en extender los Kirchner hasta ayer. Esa confluencia involuntaria, con seguridad, producto de un apuro o un error no haría más que acentuar los enigmas sobre la Argentina que revolotean por el mundo.

Las definiciones de Macri, al menos en este tema, no tienen anclaje en el pensamiento de sus socios. De Narváez viene machacando con la necesidad de transmitir siempre previsibilidad en los mensajes de campaña. Tampoco los peronistas de interior que se han apartado de Kirchner piensan que la mejor receta sea enviar señales que echen dudas sobre la futura gobernabilidad.

Reutemann estuvo días pasados reunido con un grupos de empresarios -algunos extranjeros- que le transmitieron que el país requeriría de la mayor confianza política posible para ir sorteando las dificultades económicas. El senador no piensa en ningún salto al vacío sino en un proceso ordenado hasta el 2011. Ese clima y no otro encajaría bien en su proyecto presidencial.

Las definiciones de Macri fueron explotadas por Kirchner para colocarse de inmediato en otro lado. El ex presidente y todo el Gobierno buscaron con premura victimizarse.

Kirchner afirmó que asumirá su banca en el afán por quitarle el carácter testimonial a su candidatura. Afirmó además que en ningún caso la Presidenta pensaría en renunciar. Cristina hizo un clásico gambito electoral: faltó a un encuentro con Macri que iba a producirse con motivo de la inauguración de un enorme centro comercial en Capital y optó por exhibirse en un acto de Gobierno. Las réplicas contra Macri corrieron por cuenta del ministro del Interior, Florencio Randazzo.

El funcionario retornó con la tesis de alguna supuesta conspiración en marcha y ligó a Macri con los mismos fantasmas que el poder se encargó de agitar cuando recrudeció el año pasado el conflicto con el campo.

La oposición en campaña parecería ahora con mayores obligaciones que el propio kirchnerismo. Existe, en evidencia, una estrategia que todavía no tiene sintonía y que produce los desfases políticos y las sorpresas que se observaron ayer.

El peronismo disidente y la unión de los radicales con la Coalición Cívica deberían preocuparse por algo más que cosechar los votos para junio. Tendrían que empezar a construir una fiabilidad sólida que sus luchas intestinas impidieron y atraer la confianza de una sociedad que se muestra distante y escéptica.

Un camino para lograr eso sería recurrir a valores que los Kirchner despreciaron, como el diálogo y la moderación. Tal vez una de esas virtudes le faltó a Macri.

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