Epopeya del Teatro Colón

Por Marcos Aguinis

Me emocionó cruzar a cientos de obreros y orfebres concentrados en la delicada restauración de uno de los más importantes teatros líricos mundo. Pude percibir el amor que fogoneaba su tarea. Estaban concentrados en cada detalle, como duendes a cargo de un prodigio. Interrumpirlos o sabotearlos sonaba a pecado capital.

Las obras siguen planes minuciosos de ingenieros, arquitectos y técnicos, impulsados por la decisión política de concluir una obra que nos devolverá parte del orgullo nacional en materia de cultura. Se quiere realizar la apertura, pese a múltiples dificultades, el 25 de Mayo del año próximo. Y es probable que podamos entonces gritar nuestro júbilo. Quedarán subsuelos para terminar, pero la mayor parte del Teatro Colón volverá a encenderse como un opulento faro.

Recomendaciones y controles de veedores externos y locales, conservacionistas, expertos y jefes de diversas áreas mantienen el ojo alerta sobre la limpieza, fumigado, traslado y estibaje de gran parte del patrimonio que existe en ese lugar, tales como textiles, plataformas, maderas de eslavonia, estucos, maquinaria escénica, sastrería, corredores, mosaicos, mármoles, espejos, vitrales, lámparas y así en adelante.

El edificio ocupa una superficie total de 58.000 m². Su capacidad se acerca a los 2500 espectadores sentados y 4000 con los que caben de pie. Su estilo combina un centelleante neorenacentismo italiano y un barroco francés robustecido, con finas decoraciones en dorado y escarlata. La cúpula, pintada en 1966 con motivos musicales por Raúl Soldi, envuelve una gigantesca araña central de varias toneladas, 7 metros de diámetro y 700 bombitas eléctricas. El escenario tiene 35 metros de profundidad y 34 de ancho. Es una masa monumental que Herodoto hubiera incluido en sus maravillas.

Posee una de las más perfectas acústicas del universo. El Colón, metafóricamente, es un Stradivarius de incalculable valor. En junio del año 2000, un informe elaborado por Leo Beranek y miembros del Instituto Takenaka de Japón (basado en una metódica evaluación de parámetros), concluyó que, entre los 23 mejores teatros de ópera de Europa, Japón y América, el Colón de Buenos Aires se destaca por su acústica para ópera. Pero ahí no concluyen sus méritos: también es excelente para la música sinfónica y de cámara. Supera al Konzerthaus de Berlín, el Concertgebouw de Amsterdam, el Carnegie Hall de New York, la Philharmonie de Berlín, la Salle Pléyel de París, el Gewandhaus de Leipzig y el Royal Festival Hall de Londres. Asombroso.

A la vasta sala central la rodean el gran hall de ingreso, el Salón Dorado, el Salón de los Bustos, el Salón Blanco y el Museo con los trajes utilizados por algunas de las muchas celebridades que hicieron vibrar multitudes. Todo eso se encuentra en proceso de restauración febril. Es una colmena que bulle en la recreación de una infrecuente miel.

Aunque inconcebible, antes una sola sala era utilizada para los ensayos de la Orquesta Estable, la Orquesta Filarmónica, el Ballet, la Orquesta Académica, los montajes y puestas de ópera. Las obras de remodelación en marcha, en cambio, prevén salas de ensayos para los diversos cuerpos artísticos, con las especificidades que cada uno requiere.

Además, el escenario tendrá un nuevo piso de madera, dos plataformas de elevación con tapas mecanizadas, iluminación de emergencia y su vasto disco giratorio será modernizado. Habrá puertas certificadas que corten el fuego en todos los niveles de acceso y exutorios para la evacuación del humo. Ya se ha concluido una reparación integral de la maquinaria escénica superior, incluidos los puentes de embocadura, más un segundo puente de luces. Se trabaja en nuevos cerramientos interiores de los ventanales que dan sobre Cerrito, lo cual permitirán un mayor aislamiento del ruido externo.

En cuanto al foso de la orquesta, tendrá otro piso de madera y su mecanismo ahora permitirá una nivelación con la línea del escenario para conformar un plano único que facilite el deslizamiento de los pianos. Los pianos, a su vez, dispondrán de locales para su guardado y afinación, contiguos al escenario, pero sin obstaculizar las vías de escape. Como parte de este sistema de seguridad, se han recuperado las salidas laterales al foso que, también, brindan un mayor ancho útil. Apunté estos detalles que a muchos quizás aburran, pero dan una idea de la magnitud y esmero que caracterizan a este emprendimiento que nos devuelve el orgullo de una Argentina admirable.

Para evitar futuras roturas, se han previsto bandejas portacables que permitan mantener ordenado cualquier tendido posterior. La iluminación contará con lámparas halógenas de mayor vida útil. Incluso para la araña central se restablecerá un mecanismo de descenso que facilite su mantenimiento.

La sala principal lucirá el colorido de origen. Prevalece el sano criterio de la preservación patrimonial. He observado con cuánto placer los trabajadores, orfebres y expertos se concentran en recuperar pátinas, dorados a la hoja, grupos escultóricos, bronces, pisos de teselas e inyecciones "medicinales" para recuperar estucados. Todos los asientos, así como los pasamanos de los numerosos niveles, serán tapizados con terciopelo de lana. Los entelados de muros y cortinados incorporarán una nueva cualidad: serán ignífugos, lo cual permitirá disminuir el nivel de riesgo en esta sala sobresaliente del mundo. El telón de terciopelo, que reemplazó en la década del treinta al telón original, es restaurado como una joya y se lo usará en ocasiones especiales, para preservarlo; habrá otro, similar e ignífugo, para la mayor parte de las funciones.

En materia de servicios adicionales para el público, se rehabilitan las confiterías existentes y se recupera otra original, sobre el segundo pido, del lado que da a la calle Tucumán. El histórico Pasaje de los Carruajes que cruza interiormente el edificio conectando Tucumán y Toscanini, concentrará servicios al público como sanitarios, oficina de visitas guiadas, boletería, tienda de souvenirs y una cafetería que, más adelante, podrá sacar sus mesas a la plaza sobre calle Viamonte.

La historia de esta alhaja nacional cursó vertiginosas peripecias, como casi todo lo bueno que tenemos. El primer Teatro Colón fue abierto el 25 de abril de 1857 donde hoy está el Banco de la Nación Argentina, sobre la Plaza de Mayo. El nuevo Teatro Colón, en cambio, nació de un proyecto arquitectónico de Francisco Tamburini, inspirado nada menos que en la Opera de París, pero que debía instalarse frente a la actual Plaza Lavalle. El arquitecto Meano lo perfeccionó en 1892 y entonces creció el anhelo de un emprendimiento más fabuloso aún, acorde con el crecimiento de la Argentina, cuyo futuro apuntaba muy alto. Veinte años después se pudo lucir el actual y espléndido edificio.

El Colón es una organización artística compleja. Posee dos orquestas sinfónicas, un coro polifónico, un ballet, un instituto superior de arte con sus diversas carreras artísticas, una academia orquestal, y un centro de experimentación e innovación. Es también una gran fábrica de producción cultural, porque sus talleres fabrican casi todos los elementos indispensables para las puestas escénicas de la ópera, el ballet y los conciertos. Los talleres históricos seguirán en el edificio del teatro y sólo se trasladarán los que deban hacerlo por estrictas disposiciones de seguridad.

La actual administración ha decidido mantener en sus lugares a los empleados de planta permanente. Quiere evitar conflictos innecesarios y concentrar la mirada en el futuro. Por eso las vacantes que se generen por jubilaciones y los nuevos cargos de áreas funcionales recién creadas por la nueva estructura serán cubiertos mediante concursos públicos, abiertos y exigentes. Se dispuso, además, que los empleados de las áreas disueltas no pierdan su fuente de trabajo y sean transferidos a otras áreas del gobierno de la ciudad. Esto no garantiza, por supuesto, que surjan quienes prefieran el sabotaje por razones mezquinas.

El Teatro Colón cumplió 100 años en 2008. Es interesante señalar que, mientras el número de empleados fue siempre en aumento, en las últimas décadas se fue reduciendo cada vez más su producción. Para decirlo con claridad, en 100 años la producción del Teatro se redujo casi a la mitad mientras que el número de empleados se multiplicó a más del 400%. Un conocido mal nacional. Pero, por lo menos en este caso, en vías de reversión.

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