La epidemia crece en México y desafía su débil sistema de salud

La cifra de enfermos trepó ya a 358 y hay otros 2.498 probables. Los muertos confirmados son 16, pero hay otras 176 víctimas fatales sospechosas. La gente espera horas para que la atiendan y el sistema no da abasto. Hay miedo y tensión.
El frío de la una y media de la madrugada inquietaba bajo la carpa gigante desplegada en el patio delantero del Hospital Naval de la Ciudad de México. El edificio de líneas rectas, modernas, asépticas contrastaba con la oscuridad bajo el toldo blanco. Se recortaba contra las sillas de diferentes estilos y con las mantas y abrigos con los que unas doscientas personas trataban de protegerse de la baja temperatura. El silencio de la resignada sala de espera improvisada se rompía cada tanto con un concierto de toses que inquietaba aún más que el frío. Era imposible no pensar que alguna de esas toses denunciaba la presencia del A/H1N1, el virus de la influenza que tiene al mundo al borde de una pandemia.

El hospital mexicano de última generación hasta hace una semana sólo atendía a militares, pero desde que se decretó el alerta por la epidemia comenzó a recibir a pacientes que llegaban después de ser rechazados por el sistema de salud mexicano.

Entonces, un médico militar comenzó a recibir a los pacientes rechazados. Así les empezaron a dar números y armaron la carpa. A los enfermos los ubican en las filas de adelante, a sus familiares, atrás. El jueves por la madrugada, cuando Clarín estuvo bajo la carpa, el promedio de espera era de 3 horas. Cada tanto la monotonía de las toses se rompía cuando una madre con su hijo envuelto en una manta entraba corriendo y era atendida sin esperar. A unos metros del toldo, los médicos y enfermeras usan impecables trajes blancos aislantes que no se ven en ningún otro hospital de México. También se observa otra sala de espera, pero en ella los pacientes ya tienen batas puestas. En promedio, ahí adentro, el jueves debían esperar otras dos horas para que les tomen la temperatura y ver si tenían la gripe porcina que estaba de nuevo a punto de mutar. Pero esta vez de nombre.

A las pocas horas, la Organización Mundial de la Salud decidió rebautizarla como influenza humana y confirmar que ya eran 358 los enfermos y 16 los muertos mexicanos. El organismo confirmó también que la enfermedad ya se había expandido en 15 países. Pero que México sigue siendo su epicentro. Las cifras son elocuentes:

* El número de muertos por la peste es de 15. Pero se sospecha que otras 176 víctimas perdieron la vida por el virus.

* El número de contagiados trepó a 358. Y hay 2.498 probables, todos según cifras del gobierno.

La tensión y el miedo es tal que en el estado de Guerrero atacaron con piedras a varios autos con patente capitalina. Desde Acapulco, Covadonga Gómez, directora de la Asociación de Hoteles, les pidió a los "chilangos" -como llaman a los habitantes del DF- que no viajen hasta el puerto sobre el Pacífico.

Así, la fuerza del este problema parece dejar en claro que el sistema de salud mexicano está enfermo. Y que el virus no lo enfermó, sólo lo dejó expuesto. En carne viva. Mario Luis Fuentes, investigador y director del Centro de Estudios e Investigación en Desarrollo y Asistencia Social, denuncia lo que los mexicanos padecen al acudir a un servicio de salud.

"Si la prestación ya tenía retos mayúsculos con la pobreza y las enfermedades crónicas, esta epidemia lo lleva a su prueba de fuego", le explicó a Clarín. Los datos oficiales describen a un sistema de salud con 20.767 unidades médicas -muchas de las cuales tienen más de 30 años, agrega Fuentes-, con 2.462 laboratorios clínicos y 2.1 médicos y 1.1 camas hospitalarias por cada mil habitantes. Cifras que para la OMS no alcanzan para los casi 107 millones de habitantes.

"México -agrega la doctora Nashieli Ramírez, directora de la ong Ririki- desarrolló su servicio de salud ligado al trabajo en los años 40. Pero con un gran sector de su gente en la informalidad, este sistema cubre a 40% de la población. Seis de cada diez quedan afuera".

La especialista explica que en la década de los 90 se comenzó a idear un sistema para incorporar a esa gente y que fue el "Seguro Popular", implementado por el ex presidente Vicente Fox en 2000.

"Su lógica en teoría es buena -explica Ramírez a Clarín-. Una persona sin cobertura se afilia al seguro social y paga una parte de la cuota mensual, el resto lo pone el Estado. El nuevo afiliado puede ir a cualquier centro de asistencia público o privado".

Pero el problema, denuncia la especialista, es lo que se ve estos días. "Si bien se incorporó gente y en eso el Estado invirtió, no se preocupó por mejorar y dar más estructura y servicios de salud". La mayoría de los médicos están en las ciudades y las terapias intensivas están todas concentradas en el DF. Ahora con la epidemia las cirugías se postergan para reservar sus camas para los enfermos de gripe porcina que llegan graves.

"Lo que muestra esto es lo que se abandonó: el Estado proveedor y que garantiza el acceso a la salud", agrega Ramírez. Ahora en la emergencia se ven las faltas. Faltaron laboratorios para detectar al virus y también para trabajar en la posible vacuna.

Hace 30 años, el Gobierno Federal desmanteló dos institutos especializados. Según publicó el diario El Universal desde 1999 la OMS alertó para crear laboratorios para desarrollar tratamientos de inmunización, con el objetivo de garantizar la disponibilidad de vacunas. En 1977, México producía el 99% de las vacunas requeridas y hoy sólo hace 12.

Este -dice Fuentes- es otro aspecto grave. Hay que invertir en tecnología e investigación científica, no comprarla. El Gobierno Federal gasta en la compra de vacunas en el exterior.

Ayer el rector de la Universidad Nacional de México (UNAM) señalaba este aspecto como enseñanza de esta crisis. "El problema por la falta de laboratorios es una clara prueba de que la inversión en investigación científica es importante y que México necesita hacerla".

Según Fuentes, de las estadísticas oficiales se desprende que en los últimos 6 años hubo una disminución en la cobertura de vacunación. "Lo que se ve claramente es que los casos de influenza aumentaron en los primeros meses de este año. Ahora se deberá investigar si el sistema falló en detectarlo tempranamente".

Tanto Fuentes como Ramírez coinciden en que una etapa del protocolo indicada para la epidemia se cumplió. Hubo información y con la suspensión de clases y actividades se trató de romper la cadena de contagio. Pero ambos denuncian que puertas adentro los hospitales se organizaron como pudieron. Varios médicos consultados por Clarín -y que pidieron reserva de sus nombres- denunciaron falta de materiales e improvisación para tratar una epidemia extremadamente contagiosa.

Pero más allá de estos datos, hay uno que es tan claro como el agua. Como medida principal para evitar la propagación del virus se insta a la gente a través de la radio y la televisión a lavarse las manos seguido. Pero el agua es un bien casi suntuario en México. El 38.5% de los 38 millones de menores de 18 años vive en una casa que adentro no tiene agua para lavarse las manos, ni para bañarse. Sencillamente, viven en casas que no tienen agua corriente.

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