Entropía S.A.

Por M.Grinberg.

El paroxismo materialista de Occidente capotó recientemente a partir del colapso de una megaburbuja hipotecaria y/o especuladora que en el centro del Imperio arrastró a bancos presuntamente indestructibles.

El paroxismo materialista de Occidente capotó recientemente a partir del colapso de una megaburbuja hipotecaria y/o especuladora que en el centro del Imperio arrastró a bancos presuntamente indestructibles y a gigantes industriales como la General Motors. Durante el siglo XX, la tendencia financiera basada en la explotación salvaje de los "recursos" naturales –con una consiguiente crisis ambiental planetaria– y de los "recursos" humanos –con una implacable degradación social mundial– no llegó a consolidar una civilización y mucho menos una cultura. Fomentó, apenas, un modelo económico llamado sociedad de la abundancia –o de consumo– y una brecha salvaje entre ricos y pobres. Su naufragio empuja globalmente a millones de personas hacia un desamparo no exento de desolación. ¿Resultado? Como sostenía Hamlet: palabras, palabras.

El titular del Fondo Monetario Internacional acaba de declarar que "seguimos en crisis, aunque vemos el final del túnel". Reconoce el derrumbe de los consumidores estadounidenses y la impotencia para empujar el crecimiento mundial, mientras se duda del impacto estructural de un eventual incremento del consumo en los grandes países emergentes.

Pero por detrás de los tropiezos del consumismo hay un declive mayor: el de la naturaleza humana. Afectada a fondo por algo que la ciencia termodinámica llama entropía, que es la cantidad de energía por unidad de temperatura absoluta que se emplea al transformar la energía de una forma a otra por medio de un proceso. Generalmente, esta energía se disipa en el ambiente en forma de calor, pero este calor no puede aprovecharse porque es una forma de energía desordenada, de desecho. Por consiguiente, todo va de más a menos: decae. Ello rige tanto para las metrópolis como para los imperios, para los empresarios incompetentes como para los gobernantes mediocres.

Yendo al fondo de la cuestión, hay todavía un plano más complejo de desgaste y degradación: parecería que estamos en vías de decadencia humana. De descomposición colectiva. Vaticinada a través de décadas por sabios de todo origen. Por ejemplo, Jiddu Krishnamurti (1895-1986): "Veremos cuán importante es despertar en la mente humana una revolución radical: la crisis es una crisis de la conciencia. Una crisis donde ya no podemos aceptar las antiguas normas, los antiguos moldes, las tradiciones antiguas. Considerando el estado actual del mundo, con toda su miseria, sus conflictos, su brutalidad destructiva, su agresividad y todo lo demás, y que el hombre continúa igual –aún es brutal, violento, agresivo, codicioso, competitivo– y ha construido una sociedad acorde a ello".

Como si predominara lo perverso, lo vulnerable, lo fraudulento, lo genocida, pero no es así: podemos ser potentes, hermosos, extraordinarios. Porque no estamos necesariamente condenados a ser entrópicos. Podríamos ser hacedores constantes de milagros. Ya que la vida es una rebelión suprema contra la entropía. Pero, convertidos en espectadores de la vida y no en sus protagonistas, esperamos que ello suceda espontáneamente. Así no saldremos del pantano.

Es cierto que todos los años se gasta en nuestro planeta más de un billón de dólares en armamentos que detonan infinitas tragedias generacionales y ecológicas. También reaparece el tabú del incesto y no faltaría mucho para que alguien reivindique el canibalismo.

Mientras, el homicidio se ha vuelto tan corriente como la contaminación del aire que respiramos. Pero no es toda la realidad. Aunque el cine y la TV se hayan convertido en un tiroteo constante y la inseguridad civil se haya convertido en plaga ante el auge de la delincuencia, hay miles de hombres y mujeres empecinados en elevarse y no en degradarse. Pero aún no constituyen una masa crítica capaz de impulsar la revolución radical que sugería el filósofo.

Acabo de ver Bastardos sin gloria, de Quentin Tarantino. El público celebra la persistente ceremonia satírica donde los exterminados no son los judíos sino los nazis. ¿Qué ha cambiado? Nada más que la mira del sadismo exterminador. Y bien: así declinan los imperios. Apestando.

Nos toca redescubrir nuestros genuinos poderes como seres sensibles y como ciudadanos generativos. Aunque la TV por cable sea un documental entrópico constante, a fuerza de balaceras y sandeces. Carl Sagan sostuvo que se está desarrollando una nueva conciencia que ve a la Tierra como un organismo único. Pero todo organismo en guerra consigo mismo está condenado. Entonces, la decisión personal es simple: parar de reproducir el sistema o seguir contribuyendo a su continuidad. Edgar Morin afirmó: "No olvides que la realidad es cambiante, no olvides que lo nuevo puede surgir y, de todos modos, va a surgir".

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