Entre los planes personales y la institucionalidad

Aun derrotado, Néstor Kirchner permanece en el centro de la escena política argentina. El ángulo es diferente del de hace apenas un mes, pero el patagónico es la figura sobre la cual gira la rueda. Ya no hay un "sí Néstor" temeroso y complaciente, tampoco un entierro en vida, por más que varios intenten arrojar tierra sobre su cabeza.
Los amigos pretenden reflotarlo. Los enemigos esperan el golpe final. El peronismo lo entronizó y lo cuestiona, le dio alas y le quiere cortar el vuelo, porque dejó a la bandada herida por la perdigonada bonaerense; los dirigentes de mayor lealtad ya no arriesgan más su poder en defensa de un modelo cuestionado -por lo menos, desde las formas-, y hasta deben resignarse a nuevos desplantes. La escena política encuadra tanto apetencias personales como profundas preocupaciones y miedos, a la vez que requiere de las mayores responsabilidades de todos los actores, sean o no oficialistas.

Kirchner pretende reinventarse reflotando la transversalidad, de a poco vuelve al ruedo con llamados a los mismos intendentes que pareció apuntar cuando habló de ser víctima "de la vieja política". Son quienes aparecen como los primeros garantes de la gobernabilidad. Mantiene la llave de la caja, por lo tanto, su poder coercitivo cayó menos que el político. Desde esa perspectiva, "darlo por muerto es un error gravísimo", afirma ante La Tecla un jefe comunal del Conurbano profundo.

Preocupado por la gobernabilidad de su esposa, el sostenimiento del poder y la recuperación del terreno perdido, Néstor Kirchner se tomó el mes, primero para digerir la derrota, y luego para afinar la estrategia. El relanzamiento de la transversalidad funciona más como un bálsamo contra la inactividad que como un hecho concreto. Ilusiona a los sectores progresistas, pero todos advierten las dificultades de encarar de nuevo el proyecto con el poder desvanecido.

El manejo de la caja sigue siendo para el patagónico la carta principal, y lejos de ceder fichas parece decidido a redoblar la apuesta. Acaba de enterarse descarnadamente de esta cuestión Daniel Scioli, uno de los más leales entre los leales. Jamás esperó el Gobernador encontrar tamaña respuesta en su reciente reunión con la Presidenta y los ministros Aníbal Fernández y Florencio Randazzo cuando solicitó más fondos para una provincia acuciada por el déficit. A la carpeta llevada por Scioli, y preparada por su ministro de Economía, Alejandro Arlía, en la Rosada respondieron con otro informe, con los números detallados de los varios miles de millones que por distintas circunstancias se giraron a Buenos Aires.

Otros gobernadores, incluso con marcado distanciamiento de la Rosada, padecen el mismo mal de las cuentas en rojo, y eso los lleva a una cautela que les hace mor-der los labios. Los privilegiados del autofinanciamiento (por ejemplo, Mario Das Neves, de Chubut) embanderan las críticas mordaces. Unos y otros esperan el deterioro K. Igual, casi ninguno especula con la posibilidad de un adelantamiento de los tiempos. Tampoco el vicepresidente, Julio Cobos.

El campo -como sector clave y desencadenante de la actualidad política- y algunas áreas de la industria se muestran hartos de los Kirchner. Oficialmente se les atribuye un espíritu destituyente; ellos aducen ser las víctimas de una política confrontativa y obstinada que, con tal de no reconocer derrotas, es capaz de hacer descarrilar el tren. Dicen que quieren seguridad institucional, pero esperan saborear en algún momento el placer de ver al enemigo rendido.

Entre los que esperan como nadie la debacle K está el ex presidente Eduardo Duhalde. Sabe que el momento llegará, y apuesta a quedarse, en el revoleo, como

el máximo referente del peronismo en el país. Pero es paciente y le teme a un caos como el de 2001, que culmine por arrastrar la poca credibilidad pública en la política. Para él, los Kirchner deben arribar a 2011 desgastados, pero no derrocados. En ese sentido, recomienda distancia-miento a los oficialistas con los que habla, y mesura a los referentes del peronismo opositor. Más aún, ve con mejores ojos a algunos con línea directa a la Rosada que a otros a los cuales apoyó y ya no lo llaman.

¿Qué dicen los vencedores de la Provin-cia enrolados en Unión-Pro?

Francisco de Narváez no cree que exista la posibilidad de un adelantamiento de las elecciones, según le comentó a La Tecla. En su entorno advierten que el patagónico va a trabajar en la conservación del 30 por ciento de los votos que obtuvo y buscará sumar un 10 más, con lo cual se ubicaría nuevamente como referente imposible de eludir para el peronismo. "Entregarse no se va a entregar, por eso mantiene a Moreno, lo banca a Moyano", dicen en el círculo cercano al Colorado.

El discurso de De Narváez es "que se vaya Kirchner y gobierne Cristina". Sabe que el pedido tiene infinidad de adeptos pero es utópica su concreción. El ex presidente puede aparentar no estar, jamás dejar de ser el centro de las decisiones.

Solá tampoco cree que haya elecciones anticipadas. Su preocupación pasa por otro lado, y se desprende del mismísimo discurso del ex gobernador. "La gobernabilidad es una responsabilidad del Gobierno", dice. Especula que el Gobierno se victimizará si salen leyes no esperadas en Balcarce 50, y que eso sirva al oficialismo para acusar a la oposición de poner palos en la rueda y tener ánimo destituyente. Insiste en el camino del diálogo convocado por quienes llevan adelante el país. Conoce a los Kirchner, sufrió como pocos los desplantes de Néstor, y sabe de las dificultades de encontrar en el matrimonio gobernante un cambio rotundo de las formas. Por eso también invita a no darles excusas.

El poder de Kirchner está licuado, cuestionado y apuntado, pero no terminado, ni mucho menos. Su reacción siempre será indescifrable para la tradición de hacer política en la Argentina. De lo que haga dependerá gran parte del futuro cercano

y lejano, de los propios y de los ajenos.

La nota completa en esta edición de revista La Tecla.

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