Entre el consumo y el espíritu

Por: Osvaldo Pepe

Llegan los rituales de las Fiestas y los compromisos y encuentros celebratorios se vuelven puro vértigo, como si lo que terminara fuese el mundo mismo y no apenas un año más. Claro que no se está yendo un año cualquiera.

Este 2008 será recordado en todo el mundo, y por mucho tiempo, como lo fue aquel mitológico derrumbe financiero de 1929, que debió esperar casi un siglo para encontrar una analogía de cierta propiedad como la presente. Aunque también hay una amplia oferta para segmentos de fuerte poder adquisitivo, la inmensa mayoría acudirá a las mesas familiares, esos aluvionales cónclaves siempre iguales, siempre diferentes, prólogos del ritual de los regalitos, que este año se han transformado, casi, casi, y exagerando, en una decisión política.

Más que nunca, son parte de un objetivo estratégico de Gobierno y empresas para sostener el consumo. Si en cada diciembre los regalitos son un anzuelo estacional, ahora, además, son una necesidad de la economía, otra forma más de atenuar acá el impacto de la crisis mundial. Todos los caminos conducen al consumo. Fin de la polémica "tablita", planes para comprar lo que sea y como sea. Autos 0 km, préstamos personales, electrodomésticos, ofertas varias para evitar que la economía se detenga.

En buena hora, siempre que se reserve un espacio para que el show del intercambio material no opaque el sentido de la vida. Porque allí reside también el signo de una civilización. Se puede sobrevivir a la caída de los mercados, pero no se vuelve de la decadencia del espíritu. No podemos transformarnos en una manada consumista sin brújula que nos impida la trascendencia personal, la memoria histórica o la mano solidaria a quienes no tienen ni para el pan dulce y la sidra, símbolos lejanos de las Fiestas para todos.

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