No lo entienden.

COLON 3 - SAN LORENZO 0: Los jugadores en los que Russo "confía a muerte" no hablan, no escriben ni juegan en su mismo idioma. ¿Así cuánto puede resistir?
Un capítulo innecesario, como esas malas secuelas que se empecinan en estirar una historia agotada. Porque la imagen del Ciclón fue una versión exacerbada, grotesca, de la ya de por sí abatida ofrecida ante Libertad. Porque no hace falta ser un observador profundo para advertir que algo está roto en Boedo. El obstinado Colón volvió a descubrir, esta vez, la tierra arrasada. Con Aguirre ordenando el fondo en la disposición táctica tras la roja a Bottinelli sin mirar al banco donde esta vez sí el entrenador habla desde la línea de cal (de visitante sí salió del banco desde el minuto uno, tras dos partidos de sentada en el Bajo Flores, ¿por indisposición estomacal?), con el latiguillo "tranquilo, tranquilo", sin mucho rebote. Con dos jugadores (Bergessio y su planchazo a Goux, Botti y su pisotón a Ramírez) que, después de la doble macana de Santana, en el pensamiento más generoso, se dejan llevar por el temperamento mal entendido y van deshilachando todavía más al equipo, y otro (González) que no logró su cometido en el último minuto (ligó amarilla) y así y todo descarta la autocrítica y se la agarra con el juez Laverni, porque en una de ésas les "pasó factura" por las críticas después de la primera final ante Tigre en el triangular que definió el Apertura. Con un grupo que no entiende a Russo y obra (o no obra) en consecuencia, por más que el DT, con ingenuidad o fe casi religiosa, insista con el concepto de homogeneidad con los players (ver "Creo...).

Y si ante los guaraníes quedó sobrevolando la sensación de que el Ciclón no alcanzó a aplicar el plus que exige un momento como el actual, no hizo falta llegar al descalabro de la segunda etapa para notarlo en Santa Fe. Porque desde el planteo hubo distancia. Según pudo averiguar Olé, el trazado en el campo proclive al aguante, de por sí, no atrajo demasiado a los jugadores. Y la motivación escasa se tradujo en el césped. En la casi nula compañía que tuvo Gómez en la generación. En el fastidio de un Bergessio rodeado y sin espacios. Si los gestos de desavenencias ya se venían sucediendo en las últimas semanas (con el profe Cinquetti por sus gestos en los juegos, por la distancia del DT con algunos integrantes del plantel...), ayer hubo más. Síntoma de impotencia, el Chaco Torres se llevó del hogar sabalero un corte en la mano derecha porque con ella azotó un vidrio. Hay que recordar que el volante arrastraba un esguince en el tobillo derecho. E ingresó con el encuentro 0-2 y su equipo en ocho patas... Ni el técnico rival, después del pantallazo de 90 minutos, quiso meter la cuchara en el desaguisado cuervo. "Bastante tengo con mi grupo para meterme en otro", dijo Antonio Mohamed.

Ante este panorama sombrío, con siete derrotas en nueve partidos, y cohesión casi nula, ¿cuántos capítulos más puede resistir esta historia? Miguelito ayer insistió con su continuidad, Savino, casi al trote, dijo que todo seguirá igual, pero se lo vio en charla apesadumbrada y extensa con Héctor Viesca, intendente y uno de los que, en la intimidad, hace rato le bajó el pulgar al coach. El contexto hizo que el malestar también se extendiera, paulatinamente, al grupo inversor. La gente ya castigó al entrenador en el segundo tiempo contra Libertad, y en el Cementerio de los Elefantes se la agarró con los jugadores. "Que se vayan todos, que no quede, ni uno solo", fue uno de los hits. Con todo abierto (la chance de pasar de fase en la Copa a dos triunfos, la punta del Clausura a seis puntos), un sacudón con 15 días por delante para laburar, merodea en los que manejan los destinos del club. En consecuencia, no hay que descartar novedades. Porque cuando dos partes no hablan el mismo idioma, no hay diccionario que aguante...

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