Un enorme desafío de organización.

Conmoción en Trinidad y Tobago por Obama.
No fue antes. Pero llegó Barack Obama y estalló la alegría en esta pequeña isla donde, con más de la mitad de la población negra, el nuevo presidente de los Estados Unidos es Gardel.

Verdaderas olas de fervor antillano se levantaron como consecuencia de la llegada del líder demócrata. Y no hay quien se le ocurre reprocharle nada por la verdadera pesadilla en que se ha convertido la vida cotidiana, puesta patas para arriba por culpa de las tremendas exigencias de seguridad que impone estar, aunque sea por sólo 36 horas, en la misma tierra donde él pisa

Lo que no le perdonan tanto es que no haya venido Michelle con él. "Ha decidido quedarse en la Casa Blanca, cuidando a las pequeñas Malia y Sasha durante las vacaciones de Pascua", fue la explicación que recibieron las autoridades por la ausencia de la primera dama norteamericana.

La noticia se supo el miércoles. Y fue una auténtica decepción local. "¿Es que nosotros somos menos? ¿Por qué no ha venido aquí Michelle, y sí ha viajado a Europa?", se preguntaban decepcionadas varias mujeres que, junto a una valla de seguridad, esperaban ver pasar a Michelle, cuya popularidad sigue en alza.

El enorme esfuerzo de la isla por albergar a 34 presidentes y miles de asistentes llegados desde el exterior ha convertido en una pesadilla a la vida habitualmente apacible en esta ciudad de sólo 50.000 habitantes.

Avanzar es penoso: los puestos de seguridad han crecido como hongos en la ciudad. El desplazamiento de un lado a otro es poco menos que una carrera de obstáculos, en la que se forman largos cuellos de botella de la gente que espera para el odioso requisito del escaneo.

Luego se avanza rápido pero, por pocos metros: en cuestión de minutos se llega al nuevo puesto de control. Y otra vez a sacarse cinturones, los objetos de metal, a abrir el estuche de la PC, a vaciar la mochila. Y a volver a esperar, mientras suena la música Calipso y nadie parece inquietarse mucho: la paciencia reina bajo el sol.

Todo se desborda. Las cosas no alcanzan y lo que falta, se suple con ingenio. Como los hoteles no dan abasto, dos buques enormes sirven de alojamiento en el puerto. Son barcos que habitualmente hacen cruceros de placer, pero cuya rutina se ha hecho mucho más formal, con buena parte de sus distracciones canceladas. No sea cosa de que la cumbre desbarranque por el sitio menos pensado.

Cada uno de los cruceros tiene capacidad para 3500 pasajeros y están divididos por la condición de quienes allí se alojan. Con diseño espectacular, el Caribbean Princess aloja a miembros de las delegaciones nacionales, y sirve de sede para reuniones paralelas a la cumbre. De perfil más modestito -pero no por eso un chinchorro- el Carnival Victory alberga a la prensa internacional y a miembros de los equipos de seguridad.

Quejas

El presupuesto parece habérsele ido de las manos al gobierno. "Esto siempre cuesta un poquito más de lo que se calcula", dijo el ministro de Comercio, Mariano Brown.

Pero después de tanta euforia, los habitantes de esta isla caribeña temen por su futuro apenas el show apague las luces, como ocurrirá pasado mañana. "Ni siquiera han pensado en nosotros", protestaba la gente de un mísero poblado local llamado Lavenille, que ni siquiera tiene zanjas.

Allí no pueden creer que millones de dólares se destinen a una cumbre que les resulta ajena. "Hablan de pobreza, pero no la solucionan", dijo un residente local, Horace Raymond.

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