El enigma argentino y los millones de los Kirchner

Por: Marcelo A. Moreno.

Seguramente por estos días un nombre de dilatada fama internacional ingresa en la larga lista de conspiradores mediáticos que "ponen palos en la rueda" y fomentan el "desánimo", según las palabras presidenciales, a la radiante Argentina que los Kirchner juran estar construyendo aunque, ay, bastante inadvertidamente.

El novelista mexicano Carlos Fuentes escribió un estupendo artículo sobre la muerte de un gran narrador y periodista argentino. Ahí se puede leer: "Tomás Eloy Martínez escribió la historia de un país latinoamericano autoengañado, que se imaginó europeo, racional, civilizado y un día amaneció sin ilusiones, tan latinoamericano como México o Venezuela, tan brutalmente salvaje como sus dictadores militares, tan brutalmente corrupto como sus políticos, tan ciego como todos ante las poblaciones de la miseria que fueron bajando hasta las avenidas porteñas, donde hoy recogen basura a la medianoche para comer."

La prosa -¿de inocultables fines destituyentes?- no termina allí: "La riqueza de la cultura argentina contrasta con la pobreza de su vida política y económica, tal es el enigma de esa gran nación planteada una y otra vez en la obra de Tomás Eloy: ¿Por qué, teniéndolo todo, la Argentina acaba teniendo nada? ¿Por qué la cultura vigorosa e ininterrumpida de la República del Plata no le da vigor y continuidad a su vida política?"

No resulta fácil contestar a las preguntas de Fuentes. Quizá no haya una sola respuesta o una explicación totalizadora para una tendencia que sumerge a la sociedad en su conjunto. Y que ya no parecieran poder resolver ni siquiera dosis inmoderadas de decencia.

El enigma de la decadencia argentina -que se viene acelerando en caída libre en los últimos años- tampoco se entiende solamente en que el kirchnerismo consista en una versión del menemismo salpimentada con retórica populista.

Para dar una idea del precario lugar donde estamos parados, basta con prestar atención al episodio de la compra de 2 millones de dólares por parte del ex presidente, bienes que tiene en común con su esposa. Según Cristina Fernández de Kirchner, la operación -realizada en el marco de una enorme crisis financiera internacional y que les redituó al menos 300.000 pesos- no fue especulativa.

"El drama de Kirchner quizá sea vivir en blanco en una Argentina demasiado acostumbrada a vivir en negro, a vivir en la trampa. Es un problema vivir en blanco en la Argentina", explicó la Presidenta de la Nación.

No son palabras ligeras. Ligereza, en todo caso, es la que evidencia la misma Presidenta al acusar falsamente a un canal de TV de censurarla. Estas son palabras muy graves, doblemente graves en boca de la titular del Poder Ejecutivo.

La Presidenta nos dice que vivir de acuerdo a las normas legales es "un drama" y "un problema". Y nos dice que la Argentina que ella gobierna está "demasiado acostumbrada" a vivir en la ilegalidad.

Nos lo dice como si ella fuera una observadora desapasionada y no alguien que posee los resortes para cambiar un estado de cosas que le debería resultar intolerable.

Razonemos: ¿Cómo se sale de un problema, originado en determinada posición? Cambiando de posición. ¿Cómo se pasa del drama a la comedia? Haciendo lo contrario de lo que se hace.

El mensaje subliminal resulta nítido: si los Kirchner hubieran elegido la ilegalidad, "la trampa", se hubieran ahorrado "el problema" y "el drama". La pregunta que sigue, automática, al razonamiento es: ¿es lo que deberían haber hecho? ¿Aprendieron, aprendimos, la lección?

El verdadero drama es que la Presidenta nos prodigue semejante comunicación por TV a millones de argentinos.

Y más hondo que este drama es esa especie de profunda fatiga moral que nos anestesia tanto que semejantes despropósitos ya ni siquiera logran escandalizarnos.

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