¿Engaño o autoengaño?

Por Mariano Grondona

Cuando la Presidenta llamó a conferencia de prensa al día siguiente de las elecciones, abrió en algunos la tímida esperanza de que, después de reconocer francamente su derrota, el Gobierno empezaría a dialogar con sus vencedores. La renuncia casi instantánea de Néstor Kirchner a la presidencia del Partido Justicialista había reforzado esta tenue expectativa como un posible signo de que la pareja gobernante estaba tomando contacto, finalmente, con la realidad.

La expectiva tuvo corta vida porque, al delegar la presidencia del PJ en Daniel Scioli, Kirchner se siguió aferrando a él como lo había hecho durante la campaña electoral que ambos perdieron, con lo cual la posibilidad de que haya un cambio ha quedado reducida, en última instancia, al propio Scioli. En su conferencia de prensa, Cristina Kirchner distorsionó gravemente las cifras electorales, tratando de convertir una derrota en una suerte de "empate" y hasta imaginando que el notable avance de Pino Solanas en la Capital equivalía al triunfo de un aliado del Gobierno, al que sólo le habría pedido supuestamente "profundizar el modelo" que acababa de ser rechazado por tres de cada cuatro argentinos. Después de la derrota del domingo, ¿se han limitado entonces los Kirchner a extender el "método Indec" mediante el cual pretendieron desconocer sistemáticamente la realidad económica, al campo político?

Si alguien ingresa en el escabroso reino de la mentira, esto puede significar dos cosas. Una que, conociendo la realidad, pretende ocultásela a los demás. La otra, que no desconoce la realidad porque "engaña" sino porque "se engaña". No es fácil determinar cuál de estas dos actitudes es peor. El que engaña a otros a sabiendas comete una falta moralmente más grave pero, como aún así conoce la realidad, podría eventualmente volver a ella. El que se engaña a sí mismo, en cambio, comete una falta moralmente más leve porque es sincero, pero es más difícil que reconozca un error en el que sigue creyendo. ¿Qué es peor entonces para una sociedad? ¿El cinismo de los que tratan de engañarla deliberadamente o la desorientación de los que han perdido el contacto con el mundo que los rodea?

La frontera entre estas dos actitudes es menos nítida de lo que podría suponerse. El que engaña a conciencia, en efecto, necesita justificar tanta veces lo que sostiene que termina por beber su propio veneno. Hitler y Goebbels habían engañado una y otra vez al pueblo alemán. También sabemos que, al fin de sus días, Hitler impartía órdenes a regimientos que ya no existían. La verdad es la casa de la palabra, y a quienquiera que se haya alejado de ella por el motivo que fuere, le espera un arduo camino para volver a encontrarla.

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