ENFOQUE DEL DOMINGO / Visitas desequilibrantes

La prudencia en los actos públicos y en la relación interpoderes ayuda a la sociedad. La presencia de un vocal de la Corte en la Casa de Gobierno no contribuye en nada. Por Federico van Mameren - Secretario de Redacción.
En “La Bombilla” pocos se animan a dialogar

No han pasado tantos años. El recuerdo está fresco. Es el instinto animal lo que provoca la reacción. Como las fieras cuando huelen sangre.

El kirchnerismo lo había alertado, por eso trató de diferenciarse desde el primer minuto del menemismo. Disimuló todo lo que pudo, tranzó todas las veces que hizo falta, pero nunca quiso que la sangre menemista lo salpicara. Por las dudas. Un importante sector de la sociedad se había hartado de tanta impunidad a plena luz.

En la era menemista, desde el Ejecutivo se manejaron otros poderes con obscenidad y desvergüenza republicana.

En ese desagradable escenario cae el alperovichismo. Es parte de la personalidad del líder al que le gusta que vean cuánto poder tiene y cómo maneja los hilos de sectores que no le competen. El gobernador José Alperovich no sólo sabe cómo serán algunos fallos y algunos movimientos de la Justicia, sino también cómo se redactarán y cómo será la votación de las leyes en la Legislatura. Se trata -nada menos- que de dos poderes que deberían controlarlo y no cumplir sus órdenes.

Siguiendo el razonamiento alperovichista, sería bueno que el vocal de la Corte Suprema Antonio Estofán tuviera un despacho en la Casa de Gobierno.

Es un abuso de poder -y casi una burla a la independencia de poderes- que entre y salga del despacho del gobernador como si fuera su propia casa. “Es mi amigo personal”, suele subrayar Estofán cuando se refiere a Alperovich. Ya la amistad implica una relación interpersonal fuerte, pero si además se apoya en el adjetivo personal lleva implícito un afecto mayor, calificado, y un vínculo más cercano.

A Alperovich, quien a veces aplica un pragmatismo ultramenemista, le causan gracia estas cuestiones, pero a la Justicia la dañan y su amigo Estofán también sufre las consecuencias.

La autoridad del vocal queda disminuida y se convierte casi en un amanuense del gobernador. Estofán puede llegar a ser un futuro presidente de la Corte pero llegará con una toga deshilachada. Se subirá al sillón más alto, desgastado por su vínculo personal antes que por sus acciones.

El artículo123 de la Constitución provincial advierte: “No podrán los funcionarios judiciales intervenir activamente en política, firmar programas, exposiciones, protestas u otros documentos de carácter político, ni ejecutar acto alguno semejante, que comprometa la imparcialidad de sus funciones”. Este artículo compromete a Estofán, por no cuidar las formas o por no poder ponerle frenos a su amigo personal. El viernes volvió a dar su acostumbrada vuelta por el despacho del mandatario provincial.

La voz del pingüino

Para peor -la casualidad lo traicionó- acudió al mismo tiempo en que ingresaba la ex jueza Alicia Freidenberg junto con su abogado, Agustín Ferrari. Precisamente la magistrada espera una sentencia de la Corte para volver a ser magistrada, puesto que fue destituida por la Legislatura en un juicio político que promovieron y votaron muchos legisladores alperovichistas que suelen levantar las manos, como les dice José, aunque piensen, sientan, consideren y defiendan criterios diferentes. La ex magistrada y su abogado (defensor también del gobernador) trataron de explicar que no tenían nada que ver con la acción de amparo que dedujeron para que se restituya a la ex jueza.

Ante la prensa se dijo que eran temas vinculados a lo académico, pero no se llamó a la ministra de Educación sino al fiscal de Estado, Pedro Giúdice. El se sumó a la tertulia. Es, además, quien deberá responder cuando se le pida a la Provincia que se allane a la pretensión de Freidenberg de ser ser repuesta en el cargo.

Si todo fue una casualidad y la intención era absolutamente otra, el abogado y la ex jueza, que podrían haber explicado con detalles sus intenciones sobre el emprendimiento académico, le hicieron un flaco favor a la Justicia. Lo mismo puede decirse del vocal de la Corte -que debe fallar en la causa de Freidenberg-, sentado en el despacho de su amigo, el gobernador.

Si las cuestiones de ese Poder se resuelven así, en una oficina alejada de Tribunales, es muy triste. Y, si de todos modos, no se trata de eso, la “señora de los ojos vendados”, como le llama María Elena Walsh, la Justicia, queda sospechada.

En la década del 90 estas ostentaciones y estas exageraciones hicieron añicos el prestigio de la Justicia que, en aquel entonces, tenía una mayoría automática que era accionada, a control remoto, desde el Ejecutivo.

La palabra del estudiante

El gobernador no se cansa de repetir que él hace siempre lo mejor para Tucumán. El episodio del viernes pasado a las 12.10 lo obligará revisar algunas cuestiones.

En la vida política hay un divorcio muy grande entre lo que se dice públicamente y lo que se piensa o se cree en privado. ¿Cuál será la verdad? ¿La que cuenta un sijosesista, que dice que sí se trató el caso de la ex jueza, o la que relataron los protagonistas?

Esta semana también los abogados, los magistrados y el Ejecutivo perdieron una gran oportunidad -sino jurídica, al menos institucionalmente- de ayudar a la sociedad por una cuestión casi idéntica.

Por pedido de la Corte, el miércoles se sentaron a buscarle una solución al pleito que sostienen el Ejecutivo y los letrados por la selección de los futuros. La audiencia fue pública y fracasó. Tal vez, si no hubiera tenido esta característica, habría habido algún intento de solución y se habrían dicho verdades no formales. El pánico escénico frustra la sinceridad. Las partes se allanaron a cumplir con el ritual y la sociedad sigue sin magistrados.

Este viernes, futuros filósofos de todo el país sugirieron: “Hay que decirles a los ‘emos’ que no todo es tristeza y a los ‘floggers’ que no todo es alegría”. Estudiantes de 24 provincias dieron un ejemplo. Pensaron en sí mismos, miraron hacia afuera y buscaron una explicación y una solución en beneficio de toda la sociedad.

Siguiendo a los jóvenes estudiantes tal vez habría que decirles a los hombres de los tres poderes que primero está el bien común y habría que decirle a los ciudadanos que con escepticismo y sin participación sólo fortalecen a quienes ya tienen poder.

“Por diferentes motivos se abusa o no se respeta la persona. Lo peor es que, si esta no hace nada, da lugar a que otros hagan lo mismo con ella. Por eso, creemos que sólo con respeto hacia el otro llegaremos a edificar la sociedad que nos merecemos”, sentenciaron los jóvenes.

Tal como al final de los 90, durante estos últimos años, el exceso de poder asusta.

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