ENFOQUE DEL DOMINGO / Se agrandó el chiquito

La convocatoria al diálogo que lanzó el presidente de la Corte da una bocanada de oxígeno institucional. Las obsesiones del gobernador pueden enrarecer el aire. Por Federico van Mameren - Secretario de Redacción.
Antonio Gandur fue menos chiquito que nunca. Su figura se agigantó a mitad de semana. Se sacó de encima las incómodas sombras alperovichistas que le dejó su viaje a Egipto, donde disfrutó del Nilo de la mano de su compañero de banco Antonio Estofán.

Con la toga de presidente de la Corte hizo el último intento para tratar de que el Poder Ejecutivo y el Colegio de Abogados se sienten a dialogar civilizadamente para definir el pleito que mantienen por el sistema de designación de los jueces. Demasiado se han maltratado públicamente. Incapaces de sentarse a charlar el uno frente al otro, en una actitud de pleno derecho, pero paternal a la vez, el presidente de la Corte intentará que hablen.

José Alperovich no está acostumbrado a estos tratos. Diálogo es una palabra que no es fácil hallar en el diccionario de este jefe de gobierno. En el parque de diversiones que suele convertirse la política tucumana, el mandamás siempre elige los autitos chocadores y ahí anda por la pista a los tumbos. Claro que, como si fuera el dueño de una concesionaria -el dueño de la pelota-, el poder le permite elegir el mejor cochecito. Y no le ha ido mal hasta ahora.

Por eso va a haber un antes y un después de esta convocatoria de Gandur.

El gobernador no tiene ganas -al menos públicamente- de bajarse de su autito chocador; por eso mandó a Pedro Giúdice con instrucciones muy precisas: “vaya a escuchar”. Es comprensible que después de un lustro reducido a dar órdenes, el diálogo genere temores. Para peor el fiscal de Estado entrará con la cola entre las piernas al Palacio de Tribunales. Ocurre que, implícitamente, al mismo tiempo en que el presidente de la Corte convocaba al diálogo, la Cámara le reprochaba a Giúdice su conducta. Le recriminó que, en un juicio por el cobro de una indemnización, aparecía como una persona absolutamente insana. Sin embargo, esas deficiencias ya no las tenía a la hora de jurar como fiscal adjunto, primero, y como fiscal, después. En aquel primer momento, cuando Francisco Sassi Colombres lo nombró en la Fiscalía de Estado, Giúdice confesó su sueño de llegar a vestir la toga de magistrado. Le hicieron un guiño de que podría ser. Hoy está disminuido en su ética por estar insano para una cosa y sano para otra. Giúdice, por ley, es responsable nada menos que de la defensa y el contralor legal de la administración, y el martes la Justicia le sugirió que actuó mal. El artículo 109 de la Constitución provincial plantea que “el tratamiento de los ministros desempeñando sus funciones, será el de Señoría”. Para olvidar aquel papelón (él dijo que ya se curó de su insania) y para ser merecedor de la denominación de la Carta Magna esta semana jugará, tal vez, su naipe más importante. Si resuelve bien esta instancia, en la Casa de Gobierno, donde alguna vez proyectaron poner a Roberto Toledo como fiscal, pero después del agresivo ataque al vocal René Goane se enfrió el proyecto, podrían aprovechar para hacer realidad el sueño del fiscal y convertirlo en juez en cuanto se destrabe la litis por la designación de los jueces. Así seguiría siendo “su señoría”.

La Justicia tucumana no da más. Está tan llena de ausencias que sería una falta de respeto a toda la sociedad que las partes no se pusieran a la altura de las circunstancias y conviertan esta vía abierta por Gandur en un ring. Es más, el presidente de la Corte, tal vez, debería cerrar con llave y tirar la llave por la ventana. Sólo en caso de un acuerdo llamar al cerrajero. La sociedad estará agradecida.

Un presidente virtual

Gandur necesitaba este oxígeno político. Su compañero de viaje no es precisamente un amigo dentro de la Corte. Por eso, esta jugada hizo que se ensanchara el pecho porque estaba muy “chiquito” en los últimos días.

Estofán se había convertido en el interlocutor fuerte de la Corte. Obviamente, es a él a quien lo habla el gobernador y es el propio Estofán el que discutió el presupuesto y consiguió más dinero para la Justicia. Sin dudas, eso debe haber generado celos en el presidente de la Corte, que cedió obligadamente ante Estofán, quien aprovecha su amistad con el gobernador. Los lazos amistosos tienen una fuerza especial en Tribunales. Precisamente, eso ha sido lo que influyó sobre Gandur, quien quedó molesto con el Ejecutivo después de que su amigo, el rector de la Unsta, Juan Carlos Veiga, quedó fuera del gobierno, en la primera parte de la gestión alperovichista.

Ni Alperovich ni Gandur son ingenuos. Saben muy bien que están en juego muchas cosas, más que la definición de un sistema de selección de jueces.

A fines del año que viene no sólo habrá elecciones legislativas, también estará pendiente la designación de un nuevo presidente de la Corte. Gandur va a tener que elegir si se jubila como vocal o si tiene chances de hacerlo como presidente de la Corte. Si no lo logra, no sería una locura pensar que Estofán (el “Toño” de los “sijosesistas”) encuentre fidelidades para sentarse en el sillón más alto del Tribunal Supremo.

En el Ejecutivo se guardan una carta en la manga. Es la ley de subrogancias. “Saldrá antes de fin de año”, anunció el gobernador como si manejara los tiempos, los hilos y las voluntades de la Cámara que devino en escribanía de gobierno oficialista. Si Alperovich todo lo puede, por qué no adelanta la hora política y les da auxilio a los tucumanos, y hace que la ley salga cuanto antes. Pareciera que la decisión es: “veamos qué pasa, el diálogo pedido por la Justicia”.

La re-re

El gobernador, en tanto, si deja de chocar y abandona su estilo agresivo para dar paso al diálogo será porque de algún modo sigue despierto su sueño de la re-re. Alperovich deberá confiar en la Justicia. Por eso, tal vez, sea dócil ante el diálogo y ya lo fue con el presupuesto que, por falta de autarquía financiera para el Poder Judicial, reclamó Antonio... Estofán, claro, no Gandur.

Cada vez se hace más difícil que los ciudadanos acepten una elección para reformar la Constitución al solo efecto de que él sea reelecto. También la experiencia del matrimonio K ha puesto en duda la sucesión entre parejas. Los argentinos es posible que vean un doble comando y lloren.

“El hombre que Alperovich inventó” parece que no figura en las encuestas. Por eso se empezó a frotar las manos Domingo Amaya. Pero el intendente aún no demostró que es un hombre independiente. Y si lo hace, tendrá que recurrir a los espíritus chamanes -cuyos símbolos alguna vez decoraron su despacho- para que lo ayuden si Alperovich decide desatar su ira contra él.

El gobernador está en una encrucijada porque no supo armar una estructura alperovichista. El es todo y sin él, nada.

Manzur “indigestado”

En la Legislatura, Juan Manzur cumplirá con su hacedor para que se apruebe el presupuesto y esta semana podría llamar a sesión. Más de un legislador no tendría problemas de levantar la mano sin saber de qué se trata y cuáles son los designios de este trascendental proyecto. Pero la verdadera obsesión del vice es otra.

Manzur quería cerrar este año con un broche de oro: el digesto provincial. Soñaba con una gran reunión en el teatro San Martín. Hasta se habían mandado a hacer las invitaciones a todos los vicegobernadores del país y al vicepresidente del Senado, José Pampuro, ya que Julio Cobos fue descartado por razones obvias.

Pero las falsas promesas de algunos legisladores lo pueden hacer pasar un papelón. Va en la segunda postergación y todavía no puede tener la certeza de cuándo estará listo este reordenamiento de las leyes tucumanas. Sólo sabe que el 28 de noviembre no se hará y que, en todo caso, tendrá una primera etapa el 15 de diciembre. A la hora del otorgamiento de premios y castigos, el titular de la Cámara ya les puso una cruz roja a José Cúneo Vergés y a Carlos Canevaro.

La Justicia, el Ejecutivo y la Legislatura están viendo la llegada de fin de año y empezaron a calibrar la brújula. En este 2008 cargado de desencuentros y peleas cuesta mucho pronosticar que lleguen a buen puerto. Sin embargo, esa es su obligación.

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