ENFOQUE DEL DOMINGO / Una adolescencia de 25 años

La democracia argentina ha festejado cinco lustros de vida ininterrumpida. Los protagonistas empiezan a cambiar y los valores también, pero el diálogo no llega. Por Federico van Mameren - Secretario de Redacción.

Hace 25 años los argentinos daban un paso fundamental. Una gran cantidad de dirigentes ponían sobre sus hombros la responsabilidad de hacer realidad ilusiones y de concretar proyectos.

Un cuarto de siglo después hombres y mujeres de este país pueden decir Misión Cumplida. Han sabido cuidar un tesoro que muchas generaciones anteriores habían tirado a la basura, como si la democracia, sus valores, sus libertades y su esencia fueran cosas que se encuentran a la vuelta de la esquina. Esos dirigentes y esos ciudadanos y ciudadanas han tenido la potencia de defender en cada instante de su vida todo lo necesario para que el futuro sea una nueva ilusión y no una oscura e inexorable meta a la que hay que llegar sin que importe para qué.

Nuevo ritmo

Muchos de los que tomaron las riendas en aquel entonces hoy ya no están; algunos se retiraron porque sus fuerzas octogenarias o nonagenarias no alcanzan y otros peinan canas, arrastran cansancio y sus voces no son respetadas.

Ya son otras las generaciones que tomaron las riendas a una velocidad diferente, con una tecnología que no los vio nacer, pero que sí los acunó -o por lo menos los educó- y con un pragmatismo que cuesta comprender.

Los valores son muy distintos de los de hace cinco lustros. Muchos de los que hoy conducen y piensan las instituciones de la provincia y del país votaron por primera vez en 1983 y no tienen la piel curtida por los vaivenes de la política. Y, al menos en Tucumán, los expertos, los que padecieron golpes, dictaduras y violencias ya han empezado a retirarse. Son pocos los políticos veteranos. Hoy los jóvenes están escribiendo la historia.

Obnubilados

En aquel entonces los políticos se desesperaban por mostrar la importancia de la democracia, del valor del voto, y de los derechos que carga un ser humano desde el momento en que abre los ojos. Hoy esos valores parecen haber quedado pegados a la piel. Y, al presentarse como una cuestión intrínseca de la rutina, no se los cuida. Tal vez, ese sea el error en el que han caído los dirigentes de hoy.

El voto, la palabra, el honor, la ética, el respeto y el diálogo pierden brillo cuando la ambición, la mirada estrecha y las metas cortas no lo dejan al ciudadano caminar tranquilo por las calles, ni cruzar la esquina y ni siquiera hacer previsible la agenda de mañana.

Se ha atravesado la pubertad, pero aún no se logró superar la adolescencia. Falta madurez, a pesar de que hay diputados que quieran bajar la edad de la mayoría de edad, estos 25 años desnudan adolescencia.

Desorientados

Esa metáfora liviana tal vez ayude a comprender por qué en la Legislatura provincial la profundidad de los debates brilla por su ausencia. Es posible que sirva para explicar la razón por la cual se ha decidido reducir el tiempo de exposición de los legisladores en manifestaciones generales. Quizás ayude a interpretar por qué la Cámara tiene más el rol de una escribanía de Gobierno que la potencia de un cuerpo que está dispuesto a debatir los problemas de la sociedad.

El trato que ha decidido darles el vicegobernador a los 49 legisladores es más parecido a un padre que premia y castiga según el comportamiento de sus vástagos que el de un hombre de la democracia que respeta la voluntad del pueblo y la voz de los elegidos.

Los legisladores parecen más preocupados por complacer a quien maneja la caja de la Legislatura que a quien los votó. Por eso cuando se dice que en la Legislatura se reparten hasta 50.000 pesos por representante del pueblo (entre dietas, subsidios y otros emolumentos) y que en los últimos días se dieron unos 20.000 más según el comportamiento que tuvo cada miembro -oficialista o hiperjosesista, claro-, no sorprende y hasta ni siquiera llama la atención. Los números públicos son lo menos público en muchos estamentos.

Cuando los ministros quedan diluidos en la palabra del gobernador o sus ideas y voces dependen del pulgar o de la atención que les dé el mandamás está claro que el gobierno no alcanza la madurez de alguien que ya ha cargado, por lo menos, 25 años de experiencia.

Las peleas absurdas incluyen a un Poder Judicial que se descascara y se llena de ausencias.

Una Justicia que tiene los pies en Tribunales y la mirada en la Casa de Gobierno es débil y dependiente.

Hasta el interlocutor válido de la Corte no puede sincerarse. “Somos amigos personales desde mucho tiempo antes de la función pública. Pero, desde que llegué a la Justicia, nunca me pidió nada”, dijo Antonio Estofán sobre el gobernador José Alperovich, a pocos días de haber regresado de Egipto. Seguramente no le pidió nada más -ni menos- que tenerlo al tanto de lo que pasa en la Justicia. Toda una afectación de la relación sana interpoderes y de la independencia fundamental.

La Legislatura no dialoga. Los ministros no tienen reuniones de gabinete y les cuesta profundamente advertirle errores al jefe. Son sijosesistas antes que ministros o secretarios de Estado.

Algunos magistrados están más preocupados por el qué dirán que por sus propias sentencias, y ni que hablar de su presencia en los tribunales. El problema de la Justicia no se convierte en una cuestión de Estado donde cada uno ponga los intereses propios en la puerta e ingresen en una habitación a resolver lo que es el problema de una ciudadanía. Ni los miembros de la Corte, ni los del Colegio de Abogados, ni los de las universidades, ni, obviamente, los del Poder Ejecutivo están a la altura de las circunstancias para reunirse, hablar con adultez y darles una solución a los tucumanos. El problema duraría horas o días, pero nunca meses como ahora.

Humildad vs. rencor

El jueves pasado fue 30 de octubre. Se cumplieron 25 años de la nueva primera vez que los argentinos volvieron a ejercer el derecho del voto. Ese día los radicales quisieron aprovechar la fecha para beneficio propio, para disfrutar y revivir viejos éxitos.

Fueron los únicos que al fin y al cabo revivieron la histórica fecha. En Buenos Aires los jóvenes convocaron a quienes ya ni siquiera se identifican con el partido. Invitaron a Elisa Carrió, a Ricardo López Murphy y al “doble traidor” -según quien lo cite- de Julio Cobos. No importó que ya no estuvieran en el radicalismo. Tenía relevancia el homenaje a un ex presidente y la humildad de mirar sin rencores para atrás. En Tucumán, la Unión Cívica Radical hizo algo parecido, pero en el encuentro se solazaron con criticar a los que se fueron.

La adolescencia suele hacer caer a los individuos en vicios irreversibles. Pero cuando se habla de dirigentes y de responsabilidades, esas caídas no pueden son inadmisibles.

“Es imprescindible, entonces, que nos demos cuenta de que debemos trabajar unidos. Es necesario el diálogo”, fue el mensaje de Raúl Alfonsín el jueves pasado.

Habló la voz de la experiencia. Otro valor en desuso.

Comentá la nota