Energía: manejos intrincados y costosos durante la era Kirchner

Por: Alcadio Oña

Todo el foco quedó puesto en el impuestazo al gas y los aumentos a la luz, aunque ambos son al fin emergentes de la cadena de manejos y desajustes amontonados, estos años, por la política energética del kirchnerismo. Uno, poco visible, gira alrededor de la deuda con Venezuela por la importación de gasoil y fuel oil. Otro es el enorme rojo que acusa Cammesa, la empresa paraestatal que administra el mercado eléctrico. Y un tercero, asentado en informes oficiales, pega directo en las reservas de petróleo y gas.

Según estimaciones de fuente privada, hasta antes de este invierno la deuda acumulada con Venezuela rondaba los 800 millones de dólares. Y por la mora, la Argentina afronta intereses nada despreciables.

La contrapartida de los incumplimientos es que Caracas comenzó a cortar el chorro, y este invierno el faltante debe ser cubierto, al contado, a través de operaciones con brokers del mercado. Paradoja del caso: algunos de ellos son los mismos agentes a quienes Venezuela les adquiere el gasoil y el fuel, que no produce y luego transporta para aquí; igualito a un broker.

Y tan no los produce que, según el último informe completo del INDEC, en 2007 las "importaciones de combustibles y lubricantes" propiamente venezolanos alcanzaron a 165 mil dólares: nada que ver con la millonaria factura acumulada. Lo real es que los hidrocarburos que abastecen las centrales locales salen de cualquier otro lugar del mundo, cosa que aparece, semioculta, en los datos del INDEC.

Desde hace tiempo, los contratos que el kirchnerismo ató con Hugo Chávez dejan una estela de sospechas. Quienes los defienden en el Gobierno alegan el beneficio de la financiación y el año y pico de gracia en los pagos. Pero esa triangulación que hace Venezuela implica cargar con costos extra calculados entre el 7 y el 8 %. Según como se la mire, una movida provechosa o cara.

Se trata de contratos que, por lo demás, nunca fueron hechos públicos. Y los millones de dólares que el país desembolsa son depositados en un fideicomiso mutuo, también poco claro.

Sea por la mora argentina, por el control de cambios en Venezuela o su actual escasez de divisas, el coletazo de todo esto pega de hecho en las empresas argentinas que exportan hacia allí. Muy sotto voce, algunos dicen que Caracas les alarga pagos hasta durante 180 días.

Puede pasar que, por alguna razón, el fideicomiso común esté desfondado. Y la duda viene alimentada porque de esa caja deben salir, justamente, los dólares destinados a saldar obligaciones con los exportadores argentinos.

Los 800 millones de Venezuela integran el colosal pasivo de Cammesa, que ya anda por 8.000 millones de dólares. La mayor parte, deuda del Estado con el propio Estado, más obligaciones con generadores y productores de gas locales: subsidios cruzados y efectos de una cadena de distorsiones en los precios energéticos. Tal vez todo quede en un asiento contable, salvo al menos en un punto: Venezuela quiere cobrar.

Pero no deja de ser un agujero fiscal, que ahora el Gobierno pretende achicar con un saque a la electricidad y un impuestazo al gas. De un solo golpe, tardío y costoso por donde se lo mire.

Nada alentador, pero si se quiere más claro es lo que pasa con las reservas comprobadas de petróleo y gas: aparece registrado en un informe de la Secretaría de Energía.

Del reporte oficial sale una curva donde se ve que, luego del pico de 1998, las reservas petroleras caen casi sin pausa: más del 25 % respecto de ese año. Hoy equivalen a las mismas que existían en 1970.

Parecido a lo que ocurre con las reservas de gas. Entraron en franco declive desde el pico de 2001, y ya están al mismo nivel que en 1978.

Según un trabajo de ex secretarios de Energía que el Gobierno intentó bloquear, entre 2001 y 2008 las reservas de petróleo cayeron 9 % y las de gas se desplomaron 39 %. Por si no está claro, este período le corresponde casi entero a la gestión del kirchnerismo.

Gas y petróleo representan el 90 % de la matriz energética argentina; el resto es básicamente hidroelectricidad y nuclear. Del cuadro completo surgen dos conclusiones igual de inquietantes: una, la manifiesta dependencia de esas fuentes; otra, se están consumiendo reservas cada vez más escasas. Un adelanto del futuro.

Tampoco es cosa desconocida que las existencias bajan por falta de inversiones o, si se prefiere, por ausencia de incentivos. Más aún, parte de las ganancias que algunas petroleras cosechan aquí las invierten en exploración y explotación fuera del país.

El resultado se mide en importaciones cuantiosas de gas boliviano, en el gasoil y el fuel, más caros y menos eficientes, contratado con Venezuela o en los barcos que transforman gas licuado en gas natural. Todo a precios mayores a los que reciben los productores locales.

Así de intrincados son los desajustes que ha amontonado la política energética de la era K. Así de onerosos. Y este es, al fin, el telón de fondo del impuestazo al gas natural y de la patinada con el boletazo a la electricidad.

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