Encuestas: nervios, mentiras y errores.

Un dato negativo alteró a Cobos a días de la votación, mientras en su búnker antes habían "desinflado" la ventaja para motivar a la tropa. Tres encuestadores anticiparon el resultado y sólo uno falló.
Faltaban seis días para la elección y Julio Cobos estaba de muy mal humor, nervioso, irascible. Un dato inesperado le había amargado la mañana de ese lunes: una encuesta de confianza que le habían acercado mostraba a sus candidatos 3,9 puntos debajo de los del Partido Justicialista.

El fantasma de 2007, cuando perdió sobre el final una elección que creía ganada, reapareció y alteró al Vicepresidente y los popes de la campaña, que acordaron no difundir el resultado ni entre los más allegados y filtraron que en realidad la ventaja propia se había achicado a entre 5 y 6 puntos. Además, inmediatamente se activó un mecanismo para chequear la información relevada y confirmar o rectificar la mala nueva.

Un equipo armado por la senadora electa Laura Montero debió salir al terreno en el Gran Mendoza para ver qué pasaba. El resultado fue un "exagerado" 22 por ciento, tal como consideraron en ese momento los que vieron el trabajo, pero ayudó para tranquilizar cuando ya estaba en marcha la caravana provincial.

¿Qué pasó?¿Cómo pudo cambiar tanto la intención de voto en cuestión de horas? Una palabra puede variar el resultado, dicen los que saben. Por ejemplo, no era lo mismo interrogar sobre el apoyo al Frente Cívico Federal que hablar de la instaladísima lista 503 o de los candidatos de Cobos.

Los números pueden bajar o subir bruscamente por lo que parece apenas un formalismo. Eso explica también los diferentes resultados que daban sondeos hechos en los mismos lugares y en la misma fecha.

La precisión es fundamental, sobre todo si se tiene en cuenta que deben justificar los entre 15 mil y 30 mil pesos que pueden cobrar por cada sondeo (de acuerdo a la cantidad de casos que tomen y la extensión del cuestionario) y que éstos, a medida que se acerca el día de votar, se hacen semanalmente.

La elección que pasó demostró ser un trabajo más fácil de lo esperado para los encuestadores: tres anticiparon el triunfo cobista y sólo uno habló de un empate técnico que podía favorecer finalmente al peronismo, pero se trata precisamente del que trabaja para el PJ (ver aparte).

Obviamente, siempre el encuestador del partido ganador es el que acierta. El del que termina segundo, en cambio, difícilmente admita públicamente que su cliente no gana y siempre habla de sus puntos fuertes y no de los débiles.

Otra cosa son los números que manejan internamente, a los que no tienen acceso más que los encargados de la campaña y los candidatos, cuya exactitud es la que les garantiza seguir trabajando a quienes miden la adhesión del electorado.

Aunque en esta elección también se dio algo extraño: a la vez que el peronismo "inflaba" sus números para mostrarse más cerca del cobismo, éstos "desinflaban" los suyos para no revelar tanta diferencia. En el comando de campaña se admitía que las encuestas hechas dos y tres semanas antes de los comicios en realidad daban hasta tres puntos más de ventaja que los difundidos.

¿Por qué no decir que se gana por tanto? El primer motivo es el mismo que esgrimieron en el PJ para justificar los números más altos que los reales: hay que motivar a la militancia para que siga trabajando y tanto la confesión de una derrota como de una brecha amplia, desmotivan.

En el caso del Frente, se suma que no se quería generar tanta expectativa, para que el impacto, si la diferencia era amplia, fuera mayor, aunque también hubo algo de precaución atendiendo al imprevisto fracaso de hace dos años.

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