Encuestas a la carta.

Por: Ricardo Kirschbaum.

La algarada que se montó en torno de la credibilidad de las encuestas sobre las elecciones del 28 es una expresión del oscuro y pesado clima de sospechas acerca de las maniobras y manipulación de la votación.

Siempre en los tiempos electorales la creatividad y la picardía para sacar pequeñas ventajas o para afectar al rival han sido pan de todos los días. Ahora, sin embargo, se habla con impudicia del amplio espectro de triquiñuelas, trampas y zancadillas, cuando no de fraude abierto, que se está preparando para el último domingo de junio.

Julio Blanck, en la columna política de hoy, describe con crudeza el fangal de la política en el que oficialistas y opositores, en sus dos variantes, se entierran por igual.

La guerra de encuestas del oficialismo y la oposición, de la oposición con la otra oposición, ha vuelto a poner negro sobre blanco la cuestión de la credibilidad sobre los resultados de las encuestas que se difunden. Hay tantas diferencias entre unas y otras que ya se han convertido en otro simbólico INDEC por la falta de confianza en las cifras que obtienen cada uno de los partidos o candidatos.

En algunos de estos trabajos la manipulación es tan evidente, la intencionalidad tan transparente y burda, que los han afectado hasta hacerles perder el efecto determinante -y de impacto- que habían llegado a tener en determinado momento en la Argentina. Pero los candidatos se manejan con números propios y secretos (provenientes del mismo encuestador) que son en definitiva los que determinan su táctica.

A esta situación muy extendida, que impacta en la seriedad de estos estudios, han contribuido algunos que están siempre más atentos a las necesidades y pedidos del comitente que a los verdaderos resultados de sus investigaciones científicas. Afectan así a los profesionales honestos y probos.

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