La OEA, en la encrucijada

Por Juan Gabriel Tokatlian

La fórmula que conduzca a una salida concreta a la situación creada por el golpe de Estado en Honduras es trascendental. El mecanismo que finalmente se implemente tendrá una repercusión significativa en el sistema interamericano: o la Organización de Estados Americanos (OEA) se fortalece, o se puede producir una fractura de consecuencias imprevisibles.

La organización ha tenido un largo historial de equívocos. La suspensión de Cuba en los años 60; el silencio frente a los golpes y los gobiernos autoritarios en los 80; la defunción del Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca a raíz de la guerra de Malvinas, entre otros, mostraron, una y otra vez, que la OEA estaba signada por la lógica de la Guerra Fría y operaba como tributaria de la política anticomunista de Estados Unidos.

Las tibias reformas institucionales de la década del 90 nunca fueron aplicadas; la falta de reflejos ante el fallido derrocamiento de Hugo Chávez, en 2002; la corta gestión (un mes) del secretario costarricense Miguel Angel Rodríguez (quien debió renunciar en octubre de 2004 por cargos de corrupción), entre varios hechos, parecieron condenarla al declive, pasados ya la Guerra Fría y el 11 de septiembre de 2001.

De hecho, parecía tratarse de una organización refractaria a los profundos cambios globales y hemisféricos de los últimos tres lustros. Sólo la Carta Democrática de 2001 aparecía como un signo de actualización para una entidad que oscilaba entre la condescendencia y la irrelevancia. El prolongado declive de la OEA pareció llegar a su fin, sin embargo, cuando el chileno José Miguel Insulza fue elegido secretario general.

La elección de Insulza en 2005 resultó, en sí mismo, un acontecimiento interesante: fue, de hecho, el primer candidato regional. El candidato de Washington ?el canciller de México, Luis Ernesto Derbez? fue derrotado. Sin embargo, esos triunfos pueden no durar. Un ejemplo ilustrativo es de Boutros Boutros-Ghali, secretario general de las Naciones Unidas entre 1992-96. Los miembros permanentes del Consejo de Seguridad ?en particular, Francia? lograron imponer su elección; algo que no complació a Estados Unidos. Durante cuatro años, la burocracia en Washington (durante Bush padre y Clinton, por igual) hizo todo lo posible por frustrar el desempeño de Boutros-Ghali. Finalmente, Estados Unidos vetó su reelección e impuso a su candidato preferido en 1996: Kofi Annan

Un dato clave para entender la encrucijada en la que se encuentra la OEA es comprendiendo el papel de Venezuela. Después del fallido golpe de 2002, Hugo Chávez retornó al gobierno con un programa radicalizado de cambios institucionales. Su propósito fue refundar el sistema sociopolítico en Venezuela y crear el socialismo del siglo XXI. Y como expresión de su ethos revolucionario más allá de las fronteras nacionales, organizó la Alternativa Bolivariana para las Américas (ALBA); un ámbito de integración que ya no puede ser visto como un fenómeno marginal. Sus miembros actuales son Venezuela, Cuba, Nicaragua, Bolivia, Ecuador, Dominica, San Vicente y Granadinas, Antigua y Barbuda, y Honduras. Paradójicamente, la acción diferenciada, pero concurrente, del ALBA y de Brasil más la Argentina, junto a los propios reacomodos en Estados Unidos, confluyeron para que el Area de Libre Comercio de las Américas (ALCA) no se concretara el 1° de enero de 2005, tal como estaba previsto. Sin embargo, Chávez admitió que el ALBA fue el principal causante del fracaso del ALCA.

Ahora bien, en los últimos cuatro años las tensiones hemisféricas no decrecieron y las condiciones de polarización interna en los países de América latina y el Caribe se agravaron. La llegada al gobierno de Barack Obama representó la expectativa de un giro moderado en las relaciones interamericanas. La reciente V Cumbre de las Américas de Trinidad y Tobago mostró un cambio en el discurso, pero el documento final del cónclave no tuvo consenso ?en gran medida, debido a la posición de los gobiernos del ALBA? y jamás se proclamó. Tiempo después, la reunión anual de la OEA en Honduras tuvo como eje la cuestión de Cuba. La resolución final puso de manifiesto un compromiso táctico entre la región y Washington: se levantó la suspensión original, pero el reingreso de La Habana dependerá de acciones que emprenda el gobierno de la isla. En todo caso, ni los más militantes del ALBA ni Estados Unidos quedaron satisfechos. La labor prudente y discreta del ABC (Argentina, Brasil y Chile) más México facilitó que la reunión no resultara un fiasco.

Llegamos así al 28 de junio, cuando se produjo el golpe de Estado contra Manuel Zelaya en Honduras. La OEA fue rápida y categórica en su repudio a la acción ilegítima de los militares hondureños. El secretario Insulza asumió una diplomacia activa y de alto perfil para que se restituyese al presidente depuesto. La secretaria de Estado, Hilary Clinton, a pesar de su vacilación inicial, acompañó la postura de la región. El Pentágono mantuvo un silencio que resultó elocuente, teniendo en cuenta que en Honduras funciona una base área (Soto Cano), a cargo del Comando Sur. Obama, por su parte, calificó de "golpe" lo sucedido y pidió que Zelaya fuese restituido en el cargo. Pero muy rápidamente Clinton desactivó el eventual papel del secretario de la OEA y neutralizó otras opciones disponibles al proponer la mediación del presidente de Costa Rica, Oscar Arias.

Pocos parecen, entonces, satisfechos con el papel de la OEA. Los países del Cono Sur se han replegado en exceso, en especial, Brasil; los del ALBA apuntan sus críticas ya no sólo al presidente de facto, Roberto Micheletti, sino a la administración estadounidense, por no ser más asertiva en la adopción de medidas categóricas contra los golpistas; los de Centroamérica están atónitos y temerosos (en particular, en Guatemala y El Salvador) por el precedente que sentó, por un lado, el golpe y, por el otro, por la variopinta posición de Estados Unidos; los sectores de derecha en el continente se muestran irritados con el despliegue de Insulza y Washington siente que la organización sobrerreaccionó y no encontró una vía eficaz para resolver la situación.

Con este panorama, un prolongado impasse en el caso hondureño o la inviabilidad de la restitución del presidente Zelaya pueden conducir a exacerbar las tensiones hemisféricas. Una de ellas podría derivarse del hecho de que uno o varios países del ALBA decidan elevar sistemáticamente su crítica de la organización y amenazar, tácita o explícitamente, con su abandono de la OEA. Si esto ocurriese, la organización sufriría una fractura difícil de revertir. Seguramente, Washington no festejará ese hecho, pero tampoco hará mucho por revitalizar la entidad.

Si el golpe de Estado queda impune se estaría en la antesala de un eventual cisma en las relaciones interamericanas. La concurrencia de objetivos estratégicos antagónicos entre varios miembros de la organización; la incapacidad política de mediar y negociar intereses divergentes entre las principales cancillerías del continente y una secuencia de manejos burocráticos inadecuados, en particular de Washington, pueden culminar en una crisis institucional de la OEA.

En el mismo momento en que el sistema internacional ve la parálisis de ciertas entidades como la ONU y la OMC, la readecuación de espacios regionales como el caso de la ampliación de la Unión Europea y la creación de la Organización de Cooperación de Shanghai (China, Rusia, Kazajstán, Kirguiztán, Tadjikistán y Uzbekistán) y el surgimiento de nuevos ámbitos de influencia como IBSA (India, Brasil y Sudáfrica), el BRIC (Brasil, Rusia, India y China), entre otras, nuestro hemisferio no encuentra un modo de articular intereses, valores y objetivos. Ni el panamericanismo ni la Doctrina Monroe tienen vigencia, pero tampoco la tiene un modo de convivencia que permita que el bienestar colectivo y el pluralismo efectivo se puedan arraigar. En este contexto, el eventual fracaso de la OEA sólo corroboraría el tamaño de la encrucijada continental.

El autor es profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad Di Tella

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