Elogio de la intolerancia

Por Martín Caparrós.

Cada vez estoy más sorprendido por el tipo y la cantidad de cosas que aprendimos a soportar, a encajar con un leve movimiento de los hombros

Un hombre joven cuenta por la radio el problema que tuvo al llegar a Buenos Aires desde el Chaco: por un reclamo de taxistas la terminal de micros de Retiro estaba cortada y debió bajarse a quince cuadras, caminar quince cuadras bajo la lluvia cargando su equipaje. Pero el hombre sabe por qué le sucedió:

–Y, estamos en la Argentina…

Fue sólo un comentario –que ya resulta– banal ante un hecho –que ya resulta– banal, pero me impresionó precisamente eso: la naturalidad con que lo dijo. Y, estamos en la Argentina. Un comentario banal que me devuelve esa sensación que cada vez me impacta más: que hemos aprendido que nuestras vidas de argentinos son mucho peores que lo que hubiéramos querido pensado imaginado y, sobre todo: que nos acostumbramos. Cada vez estoy más sorprendido por el tipo y la cantidad de cosas que aprendimos a soportar, a encajar con un leve movimiento de los hombros. Y, entonces, me pregunto mucho dónde están nuestros límites.

–Bueno, hacia el este el Río de la Plata, el Uruguay…

–Usté sí que me entiende, compañero.

Lo pensaba estos días, cuando acabamos de pasar una de las elecciones más tristes que recuerde, con ideas tan pobres que era una suerte que no hubiera muchas, con tal falta de opciones que los que querían castigar al gobierno votaron a un millonario sonreído que ignoraba la diferencia entre estatizar y nacionalizar, con tal desvergüenza que ciertos ganadores festejaron con los bufones a los que debían –dijeron– parte de sus votos, con tal necedad que los perdedores en jefe siguen sin darse cuenta de que perdieron y persisten en su cardumen de equivocaciones: una pena de ejercicio cada vez más vacío de sentido, que por momentos no deseamos sino que soportamos.

Lo pensaba también recordando todos esos problemas endémicos que ya nos parecen naturales: que haya miles de personas que pasen hambre, que haya chicos que no crecen por hambre, que haya chicos y grandes que se mueren por hambre, que haya millones que no pueden trabajar, que haya millones que viven como si tuvieran la culpa de algo, que haya más y más chicos que no saben pensar más salida que los caños: tantas cosas que ya no nos sorprenden, que ni siquiera nos sorprenden, que siguen sonando al fondo como un ruido que fue molesto y, por momentos, se vuelve imperceptible.

Lo pensaba cuando quedó claro que nuestros gobiernos –nacional, pero también los provinciales– nos engañaron como a sapos flacos con las cifras de la gripe y, para no perder votos, dejaron de tomar las medidas que deberían haber tomado. Alguna vez quizás el Indec podrá calcular cuántas personas se enfermaron por esa demora, cuántos se murieron, y la justicia determinar qué pena corresponde a ese delito; mientras tanto, sin números –ya sin creer en los números– alcanzaría con recordar que fue una conducta criminal, intolerable, que todos parecemos tolerar bastante bien.

Y lo pensaba en la víspera de este día extraño en que el país está medio cerrado –y la palabra decisiva es medio: el gobierno nacional decidió que sus empleados debían quedarse en sus casas para aventar el peligro del contagio, pero no tuvo la inteligencia o la convicción o los cojones para obligar a los privados a hacer lo mismo con sus empleados, o sea: decidió proteger a sus trabajadores, no a sus ciudadanos, para no meterse con la libertad de empresa –las ganancias– de los patrones argentinos. Y encima, aquí en Buenos Aires, el gobierno municipal decidió que no era para tanto y que sí hay que trabajar. O la medida es necesaria y debe aplicarse a todos, o a nadie porque es innecesaria. O sea: hay que redistribuirla.

–Lo veo extremista, mi estimado.

–¿Y por casa cómo andamos, señor Alsina Alcorta?

Pero lo pensaba sobre todo cuando me enteré de que aumentaron los precios de los productos que la gripe o el miedo de la gripe ha vuelto indispensables. Ciertos fabricantes, distribuidores, comerciantes que hace quince días creían que cinco pesos por un alcohol en gel eran un precio justo ahora lo cobran diez porque hay más enfermos y más asustados dispuestos a pagar, aplicando la ley de la oferta y la demanda a la desesperación de sus vecinos. Los mismos –y otros– que pedían 35 centavos por ignotos barbijos ahora los venden a dos pesos porque el pánico es así y a nadie le importa que los expertos se desgañiten diciendo que no sirven para nada.

Solemos echar la culpa de todos nuestros males a nuestros gobernantes, al Estado o, con suerte, a los más ricos poderosos. Los que decidieron estos aumentos son unos cientos de honestos integrantes de la famosa clase media argentina –buenos padres y madres de familia, pagadores puntuales de la cuota del cable, evasores módicos de impuestos, dispépticos callados, respetuosos de su dios cada domingo– que, de pronto, vieron la oportunidad y no quisieron perdérsela. Y que, sospecho, se justifican diciendo que así es la vida, que negocios son negocios, que por una vez que se me da no me voy a hacer el exquisito, que cualquiera en mi lugar haría lo mismo, que esto es la selva y si no comés te comen, que si los de arriba son unos hijos de puta por qué yo voy a ser la madre teresa y si néstor y el turco no están presos acá se puede hacer lo que sea o cualquiera de esas frases más o menos hechas con que tratamos de disimular nuestra bajeza –si es que lo consideraron necesario: porque también cabe la posibilidad de que yo sea un optimista al pensar que justificaron algo, de que estén tan carcomidos que su conducta les haya parecido lo normal.

–Es lo más normal, Caparrós, es lo que hacemos todos.

–Tiene razón: ¿a quién se le ocurre confundir normal con deseable?

Y así vamos. No me sorprende que el famoso gobierno no intervenga para poner precios máximos a esos productos, porque para eso primero tendrían que aprender a atarse los cordones sin caerse. Me sorprende más que la famosa sociedad civil no intervenga para poner, por ejemplo, carteles en las puertas de esos negocios diciendo que esos señores que se aprovechan de la desgracia común deberían vivir en el Karakorum y que habría que transferirlos ya mismo por la vía más veloz, o circular sus nombres con la promesa de no comprarles nunca más ni un algodón usado –o algo así.

Pero de eso se trata esta mañana: de la sorpresa ante nuestra capacidad de soportar ciertas cosas que, a veces, para un observador un poco lelo, podrían parecer insoportables. Aunque algunos días –cuando veo cómo aumentó el alcohol, unsuponer– pienso que soportamos porque estamos esperando nuestra oportunidad de hacer, por fin, lo que nos hacen.

(Postdata: ayer leí que algunos radicales formaron un grupo para contraponer a Carta Abierta, y que entre ellos están Félix Luna, Jorge Vanossi, Daniel Sabsay, Marcos Aguinis, Atilio Alterini, Horacio Sanguinetti. Todavía no dijeron más que una palabra y ya hablaron demasiado: dicen que se llaman Aurora. Como son dizque intelectuales, gente que debe manejar palabras, sería bueno que alguien les recordara que, en la Argentina, Aurora es antes que nada el nombre de una canción de exaltación militarista, una que empieza diciendo alta en el cielo un águila guerrera. Si ésa es su idea "del debate y de la república", empezaron con el pie derecho; si no, que lo intenten de nuevo y se llamen, como les corresponde, Noche Triste.)

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