Ella lo (des) hizo

Por Osvaldo Pepe

Debe ser indigerible para Cristina delegar la posibilidad de heredar la Presidencia en una figura que aborrece.

La Dama de Hierro criolla es la responsable. Ella actuó como una Margaret Thatcher sobre la figura de Scioli: con la suma del poder, el aparato partidario sometido y un bombardeo sistemático, oral y gestual, sobre el gobernador bonaerense. Lo desdibujó hasta vaciarlo de sus módicas virtudes. El jueves, en sus cuatro discursos, llamó a votar por la continuidad, esa vaguedad llamada “modelo”, pero con una precisión letal: no nombró al candidato ni una vez. Mensajes cifrados en el mundo K. Ninguneo explícito, operaciones inclementes a cargo de mandaderos sigilosos, en cartas abiertas o sobres cerrados. Todos al mismo buzón y sin derecho a réplica. Directo al corazón de una candidatura sitiada por la aristocracia de viejos y jóvenes K. 

Desde siempre, la Presidenta, que en sólo 38 días dejará el poder, destrató a Scioli como si fuese un súbdito o un vasallo sin derecho a la refutación política, mucho menos a la enmienda ideológica. Nunca lo consideró tropa propia, menos como un “compañero peronista.” Así, la candidatura de Scioli refleja la bipolaridad política de la estructura del poder oficialista, una puja ideológica y hasta de identidades y sentimientos separa al universo K de las mejores esencias del peronismo. 

Ella lo sufrió tanto como Scioli a ella: debe ser indigerible para Cristina delegar la posibilidad de heredar el trono (más que la Presidencia) en una figura aborrecida, ya sea por cuestiones de ideología, estilo, personalidad y hasta preferencias culturales. 

Ella y el ex presidente Kirchner construyeron paso a paso lo que es hoy Daniel Scioli. O lo que siempre fue: un candidato no querido, un hijo bastardo “del modelo”, un peronista hibridado al ropaje de los distintos “ismos” del movimiento creado por Perón y malversado por tantos sucesores, inclusive la propia Presidenta. Ella nunca recordó bien “al General”, aunque el jueves, como en un ruego a la memoria emocional de los votantes, lo invocó una y otra vez, como si en verdad se sintiese peronista. 

En esa línea, Cristina y su antecesor y marido sólo vieron en Scioli una urna con muchos votos a su servicio. Y él se dejó ver así, con la mansedumbre propia de los que susurran la fantasía de una venganza nunca concretada, sea por error de cálculo o por una subterránea ambición largoplacista, postergada hasta la eternidad. Y que ahora, en el momento crepuscular de su campaña, cuando el fervor popular mayoritario parece esquivo, sigue con el amague del “despegue”, con la ficción de la “ruptura”, al menos discursiva. Es cruel el peronismo cuando discute el poder y la herencia. Es tan cierto que Ella lo (des) hizo, como que Scioli se lo dejó hacer.

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