Las elecciones se cambian, pero la situación económica sigue igual

Por: Alcadio Oña

Sólo las urgencias fiscales o la imaginación pueden explicar algo que, la semana pasada, Julio De Vido le pidió al centenar de embajadores y representantes comerciales reunido en Buenos Aires. Algo extraño al oído de unos cuantos: que hicieran esfuerzos para lograr, en cada lugar, que argentinos con plata en el exterior entren al blanqueo de capitales.

Necesidad de plata es lo que asocia al ministro de Planificación con una medida de la AFIP, que comanda el operativo y dirige Ricardo Echegaray, otro pingüino de la primera hora. Es obvio que si la caja fiscal se resiente más de lo que ya está, también se resienten los fondos para inversiones públicas y eventualmente para algunas obras pensadas en clave electoral. En la desmejora futura de la caja ancla otra de las razones del adelantamiento de los comicios.

Diplomáticos asentados en capitales del llamado Primer Mundo también notaron que, durante ese encuentro, no se respiró suficiente conciencia sobre la profundidad de la crisis internacional. Ni previsiones efectivas acerca de que su impacto en la Argentina será mayor al actual y más notorio hacia el segundo semestre.

Es obvio que ninguno sabía que se iban a anticipar las elecciones, para sacarlas, justamente, de la zona de mayor riesgo de recesión. Lo que en cambio no varía es la situación de la economía.

Abrir mercados, entrar dónde se pueda y con lo que se pueda, fue otra de las consignas que sonaron en el ambiente. Pero eso que desde hace tiempo debió ser motivo de muchas reuniones así, ahora aparece tardío y confrontado con un mundo que se cierra, en recesión y donde las batallas comerciales ya están a la orden del día.

A pesar de sus estrategias permanentes, de las misiones comerciales permanentes y de la costumbre de articular políticas internas y externas, Brasil da pruebas de ese mundo infinitamente más hostil. En enero se le desmoronaron 26,3 % las exportaciones y 25,1 % en febrero. Añadida la presión de las importaciones, el superávit comercial anualizado de los últimos cuatro meses se comprimió a 16.584 millones de dólares, contra 45.855 millones de los buenos tiempos de 2007.

Los últimos datos del INDEC arrojan, para la Argentina, caídas del 24 % en las exportaciones de diciembre y del 36 % en enero. Algunas estimaciones privadas cifran en un rango de entre 13.000 y 20.000 millones de dólares la pérdida de ventas al exterior de este año: demasiado amplio, según se ve; aun así, nada que permita presumir por un nuevo récord.

En este cuadro golpeará, por de pronto en las cantidades, un bajón en la cosecha 2008-2009 que rondaría el 26 %. Incorporando el efecto precios, también en contra respecto del año pasado, el resultado daría caída del 39 % en el valor de las exportaciones de granos de acuerdo con el estudio LCG que preside el ex ministro Martín Losteau. Puesto en sus números, US$ 9.300 millones menos.

Maíz, trigo, soja y girasol representan un tercio de las ventas totales al exterior. Como se advierte, mucha dependencia de un puñado de productos; encima, agravada por la sequía. El clima es desde luego un factor impredecible, pero pesa también, y mucho, la ausencia de una política de mediano plazo para el campo: en realidad, de una política.

A menos que se lo considere una política, está claro que no resulta provechoso para el interés general mantener un conflicto interminable con el sector donde el país tiene las mayores ventajas competitivas con el mundo. Hay culpas en la dirigencia rural, intereses de por medio y hasta empleo político de la disputa. Sin embargo, la impericia del Gobierno le compete por entero en una batalla que ya lleva más de un año.

El escenario internacional también repercutirá en la colocación de bienes industriales. Por el efecto combinado de baja en la demanda y competencia feroz, más un tipo de cambio real que no se asemeja al de otros años, el repliegue sería del 18 %, según LCG. Unos 4.000 millones que se agregan al retroceso que habrá en las ventas externas de combustibles.

Todo eso significa menor ingreso nacional, menos oferta de divisas y en varios sentidos, menos trabajo. También merma en los recursos del Gobierno Nacional y en la capacidad de fuego del Banco Central ante contingencias cambiarias.

Hay quienes calculan que sólo por las retenciones al campo el Tesoro Nacional perdería unos 2.900 millones de dólares. Que se añadirán a los coletazos fiscales de la retracción económica.

Así se entiende, nuevamente, el afán de De Vido por sacarle todo el jugo posible al blanqueo. En medio de la penuria fue, junto a una moratoria impositiva generosa, otra carta sacada de apuro. Nada que garantice resultados, ni que excluya la posibilidad de tener que apretar por otro lado. Si no es ahora, después del 28 de junio. Porque si hay algo que el adelantamiento de las elecciones no corre es la realidad y los efectos de la realidad: siempre presentes en el campo del Gobierno.

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