La elección de los renunciantes

Por Jorge Telerman*

La mayoría de los líderes de todos los signos políticos sigue expresando sus deseos de una Argentina seria y normal. Sin embargo, una porción también mayoritaria reitera comportamientos estrafalarios. Edificar instituciones normales, a base de comportamientos anómalos, no parece una idea inteligente.

La dirigencia argentina que hoy protagoniza el escenario público está integrada en general por personas que hemos crecido en medio de anomalías mucho más graves –golpes militares, violaciones a los derechos humanos, guerra a la alianza occidental y casi a Chile, hiperinflaciones, remate del patrimonio nacional, defaults– que fragmentaron y desgarraron a la Argentina, convirtiéndola, más de una vez, en una paria internacional.

Si bien es posible encontrar algunas de esas huellas en nuestra paupérrima cultura política actual, llegamos a esta decimotercera elección legislativa del período democrático más extenso de nuestra opaca historia republicana con la certeza de rechazar cualquier retorno de lo siniestro. Es promisorio, aunque insuficiente.

Aún tenemos que aceptar otras condiciones indispensables para lograr que las mayorías –el pueblo, como se decía antes de esta moda tan insulsa de denominarlo "la gente"– se involucren, comprendan y hagan suyas –para acompañarlas o para exigir que se corrijan– las acciones siempre complejas orientadas a la consolidación de una nación con equidad, desarrollo e innovación.

Las campañas electorales hacen que se tense la cuerda y se exageren las diferencias; pero esta vez, la cuerda ya venía tensada por los discursos blindados que acusan a la oposición de ser la antipatria; y aquella, en espejo, respondiendo que hay que sacarse de encima a este Gobierno a cualquier precio. Lamentablemente, esas cosas se escuchaban –y se escuchan– también en las conversaciones sociales.

No es un defecto de esta campaña electoral, entonces, que no se estén discutiendo las ideas y programas convenientes para la realización de un proyecto nacional; el defecto es que no se expresan ni la vocación de delinear tal proyecto, ni el coraje de plantear los instrumentos indispensables para promoverlo y gestionarlo.

Los contenidos de una hoja de ruta de un proyecto nacional incluyen, seguramente:

u El combate contra la pobreza y la exclusión.

u Un sistema impositivo y de coparticipación progresivos, que permitan que el Estado obtenga sus ingresos de manera mucho más equitativa y con sentido federal.

u Planes demográficos, de desarrollo urbano y obras públicas que modifiquen radicalmente la irracionalidad de que uno de cada tres argentinos vivamos –y una parte apenas sobreviva– en una milésima parte del territorio nacional habitable.

u Limitación de un hiperpresidencialismo que magnifica las crisis, otorga discrecionalidad y debilita la noción de que la oposición es parte del gobierno, por más que no participe del Poder Ejecutivo.

u Mejoramiento drástico de la calidad educativa y aumento exponencial de la inversión en investigación y desarrollo científico-técnico.

Nada de esto, que además no es todo, podría hacerse sin una base de apoyo político y social cuya articulación es responsabilidad del sistema de partidos políticos. Los procesos electorales muestran el tipo de vínculo que la dirigencia política ha logrado anudar con la sociedad. Más aún con nuestra sociedad que hasta anteayer pedía "que se vayan todos" y hoy parece pedir que se queden, pero solos, sin partidos políticos.

Un comportamiento político vergonzante, signado por las individualidades y personalismos y no por la construcción colectiva, no se atreve a plantear esa verdad, porque el marketing dicta que es antipática.

Partidos políticos representativos, que modelan sus identidades con programas que no difieren mucho de lo que harían una vez en el gobierno, que forman y promueven dirigentes y candidatos con mecanismos de democracia interna, volverían a conquistar la confianza de la sociedad e impedirían estos comportamientos astutos, pero no inteligentes, que dominan gran parte de este escenario electoral. Astucias que desagradan, pero que aún aceptamos: candidatos que renuncian a lo que se comprometieron a ejercer –vicejefa, diputado o legislador local–, para ser otra cosa parecida; otros que se presentan a cargos electivos sabiendo que no asumirán, lo que impide, además, que se sepa quiénes son y qué piensan los que sí lo harán. No busquemos matices que no existen: todos esos casos bastardean la tan reclamada calidad institucional.

Ganar elecciones es el deseo legítimo de los políticos, pero si sólo hay astucia, gana el cinismo. La victoria a cualquier precio le sirve sólo, y por poco tiempo, al ganador. Suele ser la corta antesala de la decadencia posterior.

* Ex jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires.

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