La elección, convertida en chiquero.

Por: Eduardo van der Kooy.

Detrás de la nueva apuesta política de Kirchner se esconde la desesperación. Ni el anticipo de las legislativas ni su candidatura despejaron dudas sobre el triunfo. Ahora obliga a jugar a Daniel Scioli y a los intendentes bonaerenses. Así, certificó su actual estado de debilidad.

Hay un hombre desesperado que está actuando con desesperación. Difícilmente pueda encontrarse otra interpretación a las últimas conductas de Néstor Kirchner. El ex presidente revolea trompadas como el boxeador que empieza a sentirse con piernas de algodón y teme desmoronarse en la lona.

El Kirchner enceguecido es el verdadero Kirchner. No es el hombre que aparece en público exudando confianza y con semblante de triunfador. Tampoco es el que afirma que las cosas en la Argentina marchan muy bien. Ni las cosas están bien ni el ex presidente está seguro de que podrá evitar un naufragio electoral el 28 de junio.

¿Por qué su desesperación? Porque la economía viene galopando en descenso aunque las cifras del INDEC muestren una realidad más apacible. Porque ha terminado convirtiendo a Cristina, su mujer, en una mascarita en vez de la cara visible del Gobierno y de la autoridad. Ha hecho consumir de modo increíble, en poquito más de un año, las esperanzas que había despertado la Presidenta. Los comicios legislativos, así las cosas, pondrán en juego el destino del Gobierno y también su condición de patrón del peronismo.

La escalada del ex presidente comenzó cuando resolvió trasladar de octubre a junio las legislativas. Intuyó que podía constituir un golpe fatal para la oposición. No parece haberlo sido, aun dentro de la debilidad, porque aquel anticipo apuró el acuerdo en el PJ disidente entre Francisco De Narváez y Felipe Solá y no logró desoldar la fusión entre la Coalición Cívica y los radicales.

Esa previsión fallida lo impulsó a lanzarse como candidato a diputado en Buenos Aires. Hubo en la maniobra de bastante omnipotencia y enajenación: Kirchner calculó que su presencia en la arena electoral desbalancearía el tablero. Nada de eso sucedió. Todas las encuestas, también las que circulan por Olivos, revelan a menos de tres meses de las elecciones una suave preeminencia del ex presidente. Peligrosamente suave para el tiempo que resta y con una realidad que tiende a plagarse día tras día de conflictos.

Aquel nuevo paso en falso terminó por convencerlo de que no estaba en condiciones de guardar ni un centavo del escuálido capital político que conserva. Jugó el resto, aunque con Kirchner nunca parece estar dicha la última palabra. Montó a Daniel Scioli en la lista de diputados bonaerenses junto a él y presiona a los intendentes a encabezar en cada uno de sus distritos la nómina de concejales. "O nos salvamos todos juntos o nos hundimos todos juntos", comunicó con cierta remembranza cesarista y con tono de hipotética epopeya que suele envolver en este tiempo sus razonamientos, decisiones y palabras.

¿Por qué razón semejante manotazo? Por el fracaso de sus estrategias anteriores. Pero también por un secreto a voces que corría como reguero en las tierras del conurbano: se sabía de tratativas de varios intendentes con la dupla del peronismo disidente para armar listas de concejales consensuadas. "Después del 28 de junio estaremos de nuevo todos juntos", era el lema clandestino. Se trata de una práctica que los avezados capitanes manejan con la sabiduría de un buen ajedrecista. "Kirchner les puso un revólver en la nuca y los dejó sin doble juego", describió un peón político del kirchnerismo.

Esa fue, sin dudas, una razón de peso. Aunque existieron otras. El esquema electoral del Gobierno se viene desgajando en los principales distritos. Las derrotas podrían resultar allí desastrosas. La última novedad fue la ruptura con Juan Schiaretti en Córdoba. El gobernador llevará como postulante a senador al ex defensor del Pueblo Eduardo Mondino. Un dirigente que jamás agradó a los Kirchner y que tuvo posición tenaz a favor del campo.

Antes de esa novedad figuró el distancimiento de Carlos Reutemann en Santa Fe y su renovada aproximación a Eduardo Buzzi para que lo acompañe encabezando la lista de diputados. El presidente de la FAA aparece entre los dirigentes con mejor intención de voto en la provincia.

En la Capital, Kirchner dispone sólo de la buena voluntad de Carlos Heller, pero el banquero, hoy por hoy, no representa una solución. Solución no hay, pero al menos el ex presidente aspira el 28 de junio a juntar una cifra de dos dígitos entre los porteños. Aníbal Ibarra, el ex intendente, está a priori cerca de esa meta pero no tiene voluntad de defender a los Kirchner. Los Kirchner tampoco tienen ganas de pedírselo.

Mendoza asoma perdida por el acuerdo con todos los sectores que selló el radicalismo. Ese acuerdo fue posible gracias a la estela de popularidad que sigue despidiendo Julio Cobos. Ahora mismo el kirchnerismo empieza a temer por Entre Ríos: ¿irá el PJ encolumnado con el gobernador Sergio Uribarri o se dispersará si Jorge Busti hace la suya? Esos dos hombres se quieren casi nada.

¿Jugarán los gobernadores peronistas como fueron forzados a jugar los intendentes de Buenos Aires? La conjetura se alzó como una ola, pero no es más aún que una conjetura. El Gobierno no muestra dificultades electorales serias en el interior hondo como las muestra en el resto del país. Quizá haya algún mandatario que se sume a la treta pero por necesidad política propia antes que por favorecer los planes de Kirchner. Sería el caso de José Gioja, de San Juan, quien no tiene reelección en el 2011. Podría ir en junio como candidato, dejar dos años a un suplente y volver cuando se le acabe el turno en la Gobernación. Pero ya desechó esa salida de mal gusto.

Esas parecen todavía menudencias para Kirchner porque lo que lo obsesiona es Buenos Aires, el gran campo de la batalla que vendrá. Un ministro suyo sentenciaba el Viernes Santo mientras tomaba mate entre palmeras y cipreses: "Ahora sí, la elección en la Provincia está cerrada". Otro, en la soledad de su departamento, desgranaba con más precaución: "La jugada electoral es formidable. Pero no sabemos cómo le caerá a la gente".

Scioli deberá preservar como nunca ese proverbial equilibrio político que le permitió atravesar sin mácula las épocas de Carlos Menem, Eduardo Duhalde y Kirchner. Estuvo entonces en sillones de poder menos comprometidos que ahora: la gobernación de Buenos Aires es siempre un polvorín. Los gobernadores suelen salir de esas tierras, en el mejor de los casos, sin un destino superior. Duhalde llegó a la Presidencia por una enorme crisis y un vacío.

Ese destino superior podría empezar a seducir a Scioli. El ex presidente ha debido recurrir a él, luego de fallar con otros experimentos, para intentar enfrentar con éxito la elección en Buenos Aires. Hay en ese gesto una abundante sensación de dependencia y debilidad.

La duda que persiste es si la figura de Scioli que, como todo el Gobierno, ha tenido un desgaste en el último año y medio, neutralizará la caída vertical de los Kirchner en la provincia. O si el malhumor con el matrimonio termina por eclipsar la fortaleza electoral que trasunta el mandatario.

Si como cree aquel ministro matero la fórmula de Kirchner con Scioli termina por arrinconar a la oposición, sucederían dos cosas quizá previsibles. El ex presidente podría sentirse convalidado como elector en el PJ para el 2011. Pero nunca como candidato, si en las restantes provincias importantes pierde como se estima que perderá. El gobernador tendrá liberado, a su vez, un buen tramo del camino hacia la candidatura presidencial porque llevará en sus espaldas el aval de Buenos Aires. Claro que siempre hay que reparar en la lógica de Kirchner y la habitual imprevisibilidad argentina: el propio ex presidente podría boicotear a Scioli a partir del día después para sacarlo de la competencia. La Provincia acumula infinidad de problemas y necesita el soporte financiero de la Nación.

Es cierto que una conducta de ese tipo asemejaría un despropósito. Pero el país es siempre un suelo fértil. ¿No es un despropósito que un gobernador deba ir en una lista de diputados? ¿No lo es que ese gobernador y centenares de intendentes sean postulantes falsos, que nunca asumirán sus bancas, utilizados sólo para dirimir una pelea de poder? ¿No lo es también, acaso, que una elección legislativa sea llevada a un terreno de todo o nada, la verdadera negación de cualquier democracia? ¿No lo es además que, según se den los resultados, pueda dejarse al país patas arriba el 29 de junio?

Las discusiones legales serán vanas porque ya lo fueron tantas veces en que en la Argentina se presentaron situaciones parecidas. Pero quedará flotando, sin dudas, la impresión de una defraudación ética y moral. Una defraudación similar en la que, a veces, incurre la oposición. La candidatura de la vicejefa porteña, Gabriela Michetti, ahora en revisión por el efecto Scioli, es apenas un ejemplo.

La campaña progresa, salvaje y desproporcionada, mientras al país lo invade una epidemia disparada por mosquitos. Es clara la soledad en esa lucha de Graciela Ocaña. La ministra ya habría decidido que no será candidata a diputada por Buenos Aires. También se asistió a una pelea entre dos intendentes, Gustavo Posse, de San Isidro y Osvaldo Amieiro, de San Fernando sobre los modos de combatir el delito. Los modos no podrían ser jamás la edificación de un muro entre dos barrios.

Dos trazos más de la Argentina empobrecida, que la política -entendida como ahora- convierte demasiadas veces en chiquero.

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