Efectos locales y nacionales

Por: Ricardo Kirschbaum

Kirchner ha convertido la elección de junio en un plebiscito y ha puesto todo lo que tiene. Lo ha embarcado a Scioli y a todos los intendentes en el desafío. El objetivo es muy claro: buscar la victoria sin medir costos. Quizá esta estrategia le sirva para la provincia de Buenos Aires, pero es seguro que no tendrá efecto nacional.

Santa Fe, Córdoba, Capital Federal, Entre Ríos y Mendoza han enviado malas noticias al jefe del PJ. Reutemann se ha independizado y el kirchnerismo puro mide poco. Schiaretti sabe que va a la derrota, pero quiere ser autónomo del poder central y quienes encarnan el credo oficialista en esa provincia no parecen tener chance de aportarle un porcentaje respetable. El kirchnerismo porteño no se ordena ni tiene candidato: sólo Heller reclama la divisa oficial para representarla. Y los entrerrianos y mendocinos tampoco se entusiasman con engrosar el caudal nacional kirchnerista.

Esto demuestra, también, que la articulación de una fuerza propia no ha sido un atributo de Kirchner. Sus esfuerzos fueron espasmódicos, sin pasión ni simpatía.

Ese déficit es aún más notorio por haber tenido que recurrir a Scioli para disputar la parada bonaerense. El gobernador está demostrando una lealtad enorme para los Kirchner, sentimiento que muchas veces no le ha sido retribuido con igual generosidad.

La extrema necesidad política hace que se juegue todo en una rara elección en la que los votantes elegirán a candidatos que ya han dicho que no ejercerán las funciones para las que se están postulando.

El carácter plebiscitario que le imprimió Kirchner deberá tener en cuenta las consecuencias que tiene un mal resultado en una elección de medio término. Recordemos: Alfonsín en 1987; Menem, en 1997; De la Rúa, en 2001. Fueron letales para sus gobiernos.

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