"Efecto Faggionatto": lo inventó Kirchner, pero le salió al revés

Por: Julio Blanck

Después de autoinvestirse como candidato y de adelantar las elecciones; después de sumar a Daniel Scioli, al vicegobernador Balestrini y a medio centenar de intendentes porque vio que no le daba el cuero; después de disfrazarse de pobre angelito porque el discurso desorbitado le espantaba voluntades, ahora acaba de consumar la construcción de Francisco De Narváez como el contendiente capaz de poner en duda su victoria.

En otras páginas de este diario ya fue señalado que la condición de gran desafiante que Kirchner le proveyó generosamente a De Narváez -que por ahora aquilata su gruesa fortuna y su delgada experiencia política como valores diferenciales- no es más que un signo de la decadencia kirchnerista, y una comprobación inequívoca de que el propio Kirchner ve amenazado su poder.

El negocio electoral de Kirchner, al empezar la campaña, era fomentar y sostener la partición del frente opositor. Lograr que los casi dos tercios de bonaerenses que están dispuestos a votarle en contra dividieran su preferencia entre la lista de De Narváez y Felipe Solá, y la de Margarita Stolbizer y Ricardo Alfonsín. Así, su condición de primera minoría podría ser preservada en el único de los grandes distritos del país que le sería favorable.

La conmoción por la muerte de Raúl Alfonsín y el reverdecer de la identidad radical; sumados al mes de grosera y paralizante pelea doméstica entre el macrismo y el peronismo disidente, fortalecieron esa línea táctica. La movilización del aparato peronista desde la base municipal, potenciada por la incombustible buena imagen de Scioli, cerraban con moño el paquete favorable a Kirchner.

Pero los que hace dos semanas creyeron que la elección estaba terminada no contaban con Kirchner.

Fue él, con la inestimable contribución de sus operadores en la Justicia, quien terminó de romper el tríptico bonaerense para azuzar una polarización que era el escenario buscado por De Narváez.

¿Qué sucedió inmediatamente antes de esto? Que la campaña de De Narváez despertó de su larga siesta y para eso Mauricio Macri le prestó un doble servicio. En público, empezó a acompañarlo en el Gran Buenos Aires para hacer pesar su popularidad como el presidente de Boca que supo ser. En privado, se ocupó de contener a Solá y de ayudarlo a mantenerse, con autonomía, dentro del acuerdo tripartito.

Por otra parte, cuando el "efecto Alfonsín" empezó a diluirse de modo progresivo, las desavenencias entre el popular vicepresidente Julio Cobos y el acuerdo de la Coalición Cívica y la UCR, centradas en las listas de la provincia de Buenos Aires, privaron a Stolbizer del elemento que podía darle a su campaña la potencia que estaba perdiendo.

Así, cuando los números de las encuestas mostraron que la batalla bonaerense todavía daba margen para sorpresas, y quizás tratando de borrar el efecto que podría tener la propagación de ese dato en el debate preelectoral, Kirchner pareció descentrarse. Se montó sobre la escandalosa citación judicial a De Narváez, conocida el domingo, para dedicarse durante 48 horas a poner al candidato tatuado en el centro del escenario, machacando con su reclamo para que se presente ante Federico Faggionatto Márquez. El juez acumula 36 pedidos de juicio político en su contra. Su destino, como todo lo que sucede en el Consejo de la Magistratura, depende de la voluntad kirchnerista.

De Narváez, sin privilegios, debe tener su situación judicial en regla como cualquiera. Y sería bueno que muestre verdadera vocación por despejar cuanta duda le ande revoloteando. Pero la burda citación, a tres semanas de las elecciones, ordenada por un juez que anda bastante flojo de papeles, fue el mejor regalo que Kirchner pudo haberle hecho.

La percepción de los políticos va más rápido que las encuestas. Antes que los números empezaran a reflejar la ecuación costo/beneficio del pretendido "efecto Faggionatto", Kirchner bajó bruscamente el perfil en este tema. Fue una decisión suya, como todas. Pero su razonamiento fue alimentado por cuestionamientos internos, más o menos enfáticos.

Se conoce que el ministro Julio De Vido y el multioperador Juan Carlos Mazzón le arrimaron sus objeciones. Otro tanto hizo el jefe de Gabinete y también candidato, Sergio Massa, en una reunión en Olivos, junto a los publicistas de la campaña y dos secretarios de Estado. Esto, sin contar el desmarque de Scioli, siempre prudente pero inequívoco.

El brusco giro táctico de Kirchner, tratando de sacar a De Narváez del foco de atención, puede resultar insuficiente cuando ya se entró en el tramo final de la carrera y, urgidos por la proximidad de la elección, los gestos tienen mucho de irreversible.

Y encima apareció Cobos.

El vicepresidente, un maestro en el arte de sorprender ingratamente a quienes confían en él, recibió a De Narváez y en un mismo acto desairó a Kirchner y a sus socios de la Coalición Cívica y la UCR. Fue un encuentro en el Senado, repleto de sonrisas.

Elisa Carrió, competidora feroz de Cobos por la candidatura presidencial de 2011, dijo de esta reunión, con notable agudeza: "Se encendieron las luces y los personajes quedaron iluminados". Sin sorpresas: cada uno es quien es.

Cobos puede haberse cobrado así el maltrato que les prodigaron a sus amigos bonaerenses a la hora de cerrar las candidaturas. O quizá sólo haya actuado pensando en su proyecto personal, que ha demostrado ser una de sus más firmes convicciones.

Lo que queda consagrado ahora, entre las actitudes de los políticos y los números de los sondeos que se procesaron a todo trapo en los últimos tres días, es la confirmación del escenario de polarización entre Kirchner y De Narváez, sustentado por el estancamiento y la tendencia a la baja de Stolbizer.

Todas las encuestas conocidas, menos una, dan ganador a Kirchner, por poco margen y con una intención de voto consolidada pero muy difícil de aumentar. Mientras tanto, De Narváez empezó a moverse lentamente hacia arriba. La definición todavía está abierta. Kirchner lo hizo.

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