EE.UU.: el "rojo profundo" que amenaza a Obama

Por: Marcelo Cantelmi

El gigantesco déficit fiscal de la economía norteamericana condiciona la reforma sanitaria. Pero lo que también está en cuestión es el reparto de las cargas, la estructura tributaria.

Nunca es buena idea jugar con los números, pero a veces una grotesca comparación ayuda a observar el tamaño de la fotografía. Imagine que en el efímero instante que demora en pestañear se diluyen 57.870 dólares. Y otra vez y una más. Eso es lo que cada segundo aumenta el déficit fiscal norteamericano; si prefiere 3.472.222 cada minuto, casi 5.000 millones de dólares que a diario hinchan una bola de nieve de tamaño extraordinario, sin precedentes en la historia moderna norteamericana.

Barack Obama tiene esa espada sobre su cabeza; que no puso él ahí, es cierto, sino que le legó el gobierno republicano aunque ya muchos prefieren olvidar que hubo tal herencia. Hablamos de un país que gastará la próxima década, cada año, 1,84 billones de dólares (millones de millones) en el peor de los casos o 1,20 billones en el mejor. Y que deberá caminar con el peso de una deuda de 11,5 billones, casi 80% de su PBI, que suele remover el sueño de sus acreedores, especialmente los chinos.

Son estas las cifras de una crisis que en el llano se expresa con la escalada de la desocupación (7,6% en enero a 9,5% en junio) y sus consecuencias sociales. El economista Nouriel Roubini, célebre porque anticipó esta crisis global, que desde los altares técnicos se insiste que está ya en su punto de culminación, acaba de reconocer que el desempleo seguirá trepando a 10,5% en octubre y a 11% el año entrante para quedarse por largo tiempo debajo de esos niveles pero no muy lejos de ellos.

Si se observa el pronóstico de largo plazo de la Oficina de Presupuesto del Congreso, queda claro que en el 2020, aunque haya pleno empleo, los números rojos seguirán en alza. Es decir que para balancear el gasto se requeriría un aumento de 44% de los impuestos y eso teniendo en cuenta un gasto de defensa que cayó de 9% del producto en los 60 al 3% en el 2000, según señala pesimista y abrumado Robert Samuelson en The Washington Post.

Obama está obligado a intentar modificar este desafío antes de que se torne inmanejable. Debe restaurar una estructura de acumulación quemada por la anarquía creativa que soportó el país y el mundo la última década de fundamentalismo neoliberal. No es sencillo. Tiene que hacerlo negociando con la oposición, al costo de secundarizar temas cruciales (¿Honduras? ¿Irán?) y lidiando con la persistencia en proteger esas formas de apropiación del capital que los responsables del presente caos esgrimen sin abrir los ojos a los daños que también los afectan. Es paradójico que esos grupos, que alimentaron la vía más espartana y nacionalista de EE.UU., no adviertan ahora que están parados en las causas de la pérdida de liderazgo de la potencia.

En cualquier caso, esta confrontación y aquellos números están en el corazón de la batalla que ha venido librando Obama para intentar que se apruebe una reforma sanitaria que observa que puede servirle a mediano plazo como una herramienta para apaciguar los rojos fiscales en los cuales el desafío de la salud ocupa y ocupará un lugar prevalente.

Veamos esto de un modo simple. En EE. UU. poco más de 46 millones sobre los 300 millones de habitantes, no tienen seguro de salud. Es decir, deben resolver sus problemas sanitarios con dinero cash que obtienen malamente de la venta urgente de sus viviendas. O endeudándose de un modo explosivo. El resto está atrapado en seguros de salud que no tienen cláusulas para eliminar o al menos limitar los abusos. Sólo gente en la pobreza o ancianos (síndrome en crecimiento debido al envejecimiento de la población) tienen una mínima protección por parte del Estado vía los programas Medicaid y Medicare. Pero desde las épocas de George Bush, se amplió la participación de empresas privadas en esos planes que agregan al Estado gruesos sobrecostos. Es una sangría anual de 2,5 billones de dólares, el sistema de salud más caro del mundo y quizá uno de los más ineficientes.

Obama pretende que esos 46 millones de desamparados ingresen al esquema sanitario. El costo adicional sería de 1,5 billones de dólares. Para sus críticos republicanos, y también demócratas, eso aumentará el rojo profundo que muestran todas las cuentas fiscales. El incremento o ampliación de los seguros, sostienen, impactará en las pequeñas y medianas empresas que se verán obligadas a eliminar trabajadores. El presidente no se resigna y afirma que esa plata puede salir de la racionalización de los costos de la medicina, eliminando los abusos en los hospitales y, en última instancia, aumentando los impuestos a quienes tengan los mayores ingresos del país.

Ese punto, que revertiría una política clave de Bush, alimenta el escándalo republicano algunos de cuyos gladiadores no dudan en calificar de socialista -aclaremos, usado como adjetivo negativo y no sólo caracterización (equivocada)-, lo que hace Obama. Es difícil comprender que el país que está celebrando haber llegado hace 40 años a la Luna, tenga semejante estructura sanitaria y que se discuta si conviene mejorarla.

El bloque demócrata en el Congreso difundió testimonios de gente que quedó atrapada en pesadillas por el error de enfermarse. Una mujer, con cáncer y con seguro médico, comentó que recibió costos adicionales de hasta 6.000 dólares por una sola inyección y facturas de 4 páginas por hasta 35.000 dólares en extras. Apenas logró evitar perder su casa cuyas cuotas se retrasaron por la enfermedad y los nuevos gastos, cuestiones que su banco consideró irrelevantes para admitir un tratamiento diferencial.

Es cierto que estas reformas sanitarias se han intentado antes. Pero conviene ir con cautela a la hora de comparar esta iniciativa con la que buscó y tampoco logró en 1993 Bill Clinton. Aunque son pocos los años que median y el tema sigue siendo cómo aliviar una mercantilización ilimitada de la salud, los universos son diferentes. Una dimensión es enfrentar este tema con leve desempleo y una situación económica estable. Y otra en la actual encrucijada. Obama tiene frente a sus narices un enojo social y desencanto que explica la caída de su popularidad de 72% a 54% en apenas seis meses y el aumento de las dudas respecto a si este líder podrá serenar tantas calamidades.

Como F. D. Roosevelt, con quien gusta compararse, tiene que canalizar esa rabia social creciente y negociar y apretar callos para obtener recursos. Es también una reconstrucción. Quizá también como Roosevelt, advierta que lo logrará solo al costo de ser juzgado menos por sus virtudes que por los enemigos que haya hecho en este desfiladero.

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