EE.UU. - América latina: el arte de la desconfianza

Por: Marcelo Cantelmi.

Frente al debate por las bases militares en Colombia y el súbito enfriamiento de la relación de la región con Washington, recorrer la historia suele ser aleccionador.

¿Cómo era EE.UU. en la década del treinta, el espejo borroso de la Gran Depresión en el cual suele mirar el presidente Barack Obama? Vale la pena averiguarlo. Frente al debate por las bases militares en Colombia y el súbito enfriamiento de la relación de la región con el nuevo huésped de la Casa Blanca, recorrer la historia puede ser un ejercicio con resultados sorprendentes.

En diciembre se cumplirán 76 años de la Conferencia Panamericana citada en Montevideo en 1933. En marzo de ese año había asumido Franklin Delano Roosevelt, el demócrata que instauró el New Deal para enfrentar la devastadora crisis del '30, legada por sus predecesores republicanos. El desastre, financiero primero y económico después, había recortado la potencialidad norteamericana. Ese dato, otro espejo para estos tiempos, es central: una conocida regla del realismo educa que lo que modela las intenciones son las posibilidades. Si no hay cómo, y esa condición esencialmente es económica, se avanza más lento, no se avanza o se retrocede.

Aquel EE.UU. confrontaba una pobreza creciente, con una clase obrera sin amparo que observaba con curiosidad el fenómeno joven de la Unión Soviética. De ahí las políticas insistentes de Roosevelt por pleno empleo, discusión salarial y cobertura social. Pero era, además, un país en un mundo convulsionado que se acercaba a pagar con otra conflagración el mal trato en que culminó la Primera Guerra. La furia alemana estaba creciendo, y los japoneses ya habían invadido Manchuria, camino a la segunda gran guerra.

En ese escenario del todo complejo, Washington miraba con desinterés a Latinoamérica. La región, a su vez, recelaba de las duras políticas intervencionistas de la Casa Blanca. Es que si alguna buena intención pudo tener la doctrina de James Monroe de 1823 destinada a frenar la intromisión europea en el hemisferio, otro Roosevelt, Teodoro, la convirtió en 1904 en un derecho a intervenir a cualquier nivel y en cualquier país de la región donde se considerara que peligraban los intereses estadounidenses. En aquellos años el ruido por estas injerencias era atronador. A comienzos del siglo EE.UU. había anexado territorio mexicano, ocupado Cuba, Puerto Rico, Panamá, Filipinas, Guam y Hawai. De ahí que la cumbre de Montevideo venía con mucha mala carga.

Hacia allá Franklin Delano Roosevelt envió a su canciller Cordell Hull. Es fascinante el relato de esos momentos. La orden inicial, leemos en The Nation, que recibió el ministro fue no avanzar más allá de expresiones de amistad y alguna que otra promesa de construir caminos. Es decir, ignorar la principal demanda de los latinoamericanos contra la intervención, herramienta que Roosevelt quería preservar. Hull fue poco a poco convencido por uno de sus principales asesores, Ernest Gruening, quien le iluminó la necesidad de parir un nuevo comienzo de los vínculos con el sur americano, convencido de la renta política que dejaría ese paso. En Montevideo, finalmente, el canciller pronunció las palabras mágicas y dio por terminado el llamado "derecho de conquista" que, dijo, contradecía al New Deal. The New York Times tituló: "El destino manifiesto (la superioridad de EE.UU., según la mirada conservadora) da paso a una política de trato igualitario con todas las naciones". Ese texto tiene casi 76 años. Pero su espíritu ha sobrevolado el tiempo para reaparecer en discursos de Obama, en El Cairo o en Trinidad y Tobago, demoliendo el clima duramente antinorteamericano que alentó el controvertido George Bush. Un espejo, otra vez, de este presente con aquel pasado.

Pero esta política del uso militar norteamericano de al menos siete bases de las FF.AA. colombianas (también el fallido trámite respecto al golpe en Honduras, observemos) están causando el efecto opuesto, esmerilando la madurez que prometía este renovado vínculo. Y sucede cuando EE.UU., como antes con Roosevelt, tiene sus capacidades limitadas debido a una crisis que se ha comparado con la del '30, lo que hace doblemente innecesario como costoso este incendio.

En la cumbre de ayer en Bariloche, justamente, regresó en los discursos la desconfianza y se volvió a hablar de las mentiras como las que se usaron para armar la guerra en Irak, un mensaje que antes se destinaba solo a Bush. Y se aludió allí a las sospechas en todo lo que involucre a un EE.UU. que no habría cambiado sus políticas. Por cierto, las líneas permanentes de EE.UU. no varían fácilmente, pero de lo que se trata esto es meramente de un retroceso. Latinoamérica hoy, como en las épocas del inicio del primer mandato de FDR, no figura en la agenda de Washington. El historiador Paul Kennedy, en las horas en que Obama asumía, pronosticó con acierto que no estaría en esas listas de prioridades ni la región, ni Europa, ni África, ni la modernización de organismos vetustos como la ONU. Sólo la crisis económica global y la geopolítica de seguridad (Afganistán-Pakistán y Oriente Medio) merecerían atención. El problema con esa noción, son estas bases y la argumentación que intenta justificarlas.

En una época en que la realidad parece una gran simulación o que es natural simular dentro de ella, vicio extendido entre muchos líderes latinoamericanos, Washington y Bogotá niegan que el movimiento militar en esos sitios implique el despliegue de fuerzas extranjeras en Colombia. No hay tales bases, dicen Obama y Alvaro Uribe. No es creíble. Tampoco logran diluir las sospechas sobre el verdadero destino de ese esfuerzo militar que, afirman, se limita a combatir a narcos y terroristas. Y es que, ya con el triunfo garantizado, los estrategas regionales demócratas habían postulado que ahora se iría fuerte para castigar el consumo en EE.UU. por el fracaso de las guerras contra los narcos al sur del Río Bravo.

Las anacrónicas bases fueron aceptadas por el Unasur, con condiciones. Pero la conclusión es negativa. Esta novedad le sirve a Uribe para fondear su reelección y hacia allí fueron ayer todos sus discursos. Y resucita para la escuadra bolivariana un gran enemigo útil que le servirá para eludir el desgaste por un modelo que se agota ostensiblemente en Venezuela. Para EE. UU. es un triunfo inútil, cuyo daño posiblemente Roosevelt hubiera advertido, como sucedió en 1933.

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