Edward Lear, el señor sinsentido

Por Eduardo Berti.

La palabra “nonsense” quiere decir en inglés, literalmente, “sinsentido” (cosa absurda, ilógica, irracional, según se encarga de explicar el diccionario), pero también suele aplicarse de forma peyorativa, “that’s nonsense”, como equivalente de “eso es una ridiculez” o “eso es una tontería”.

Las grandes figuras del nonsense inglés (o, siendo más estrictos, de la poesía absurda inglesa) fueron el archiconocido Lewis Carroll y el escritor y dibujante Edward Lear (1812-1888), autor de numerosos “limericks”, o “versos livianos”, por ejemplo:

There was a Young Lady

whose chin,

Resembled the point of a pin;

So she had it made sharp,

And purchased a harp,

And played several tunes with her chin.

Lo que en mi torpe traducción queda reducido a:

Había una dama cuyo mentón

Era largo como un bastón

Y un arpa decidió comprar

Y así tocó mil canciones con su mentón.

Como el lector habrá advertido, el limerick es un poema humorístico que responde a reglas formales (cinco versos, rima A-A-B-B-A) y que suele retratar a un personaje de determinado lugar que presenta una característica especial. Hay múltiples versiones sobre el origen de los limericks: que provienen de una vieja obra de Shakespeare, que fueron acuñados por un núcleo de poetas irlandeses (existe allí una ciudad llamada Limerick), que derivan de ciertos versos infantiles, etcétera. En cualquier caso, lo cierto es que Edward Lear no inventó el limerick (ni empleó esa palabra en sus obras), pero sí que lo hizo famoso a partir de su Book of Nonsense (1846), libro que a su vez lo hizo famoso a él.

Nacido en 1812 en un suburbio de Londres, criado por una hermana veinte años mayor, Lear empezó a dibujar hacia 1827 para ganarse “el pan y el queso”. En 1831 lo emplearon en la Zoological Society. Allí se encargó de hacer ilustraciones de aves, primero, y luego de monos, gatos y otros animales. También fue un gran amante de los viajes. Antes de cumplir los 30, pasó un tiempo en Roma, Sicilia y diversas ciudades italianas. Más tarde anduvo por Malta, Grecia, Albania, Egipto, Suiza o Siria, todo esto en tiempos en que no abundaban las compañías aéreas de low cost y el menor viaje era una odisea.

En la Navidad de 1882, Henry Strachey visitó a Lear en San Remo y descubrió que éste tenía dos mansiones idénticas, donde vivía bajo el cuidado de tres hermanos, tres jóvenes albaneses hijos de su antiguo sirviente Giorgio. En cuanto a las mansiones, la primera estaba emplazada muy cerca del mar, pero al poco tiempo habían edificado un hotel “insoportable” justo enfrente y el mar quedó medio tapado; Lear decidió por lo tanto construir una segunda mansión al borde de la orilla, donde nadie pudiera interponerse. Y la mandó a hacer idéntica a la primera, caso contrario –le explicó a Strachey– su gato Foss no habría aceptado la situación y se hubiese sentido perdido.

Volcar a otro idioma los limericks (sean o no de Lear) es una trampa para traductores. A simple vista puede parecer fácil, pero muy pronto se revelan los problemas: las exigencias de métrica y rima, los juegos de palabras y también (como indica César Aira en un libro consagrado a Lear) el hecho de que cada poema viene de la mano de un dibujo puntual, que se encarga de denunciar toda o casi toda licencia que se toma el traductor. Para Aira, más aún, traducir un limerick representa la paradoja de dotar de sentido a un texto cuya razón de ser era la negación del sentido.

Cuentan que Lear, ya cerca de su muerte, subió un día a una diligencia y oyó que los otros viajeros, al parecer un grupo de amigos, debatían acerca del autor del por entonces ya célebre Book of Nonsense. Uno de los pasajeros convenció al resto de que Lear era un seudónimo artístico: un anagrama de Earl, ya que el verdadero autor era un noble (un conde) que había preferido el anonimato. A punto estuvo Lear de desenmascararse y de poner las cosas en claro. No lo hizo por pudor o, muy probablemente, porque su amor por el “sinsentido” era más fuerte que cualquier deseo de acabar con una calumnia.

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