La educación de Barack Obama.

Por Mario Diament.

Barack Obama cumplió sus primeros 15 días de gobierno como quien completa un curso intensivo en realismo político.

Le bastaron dos semanas para entender que no es lo mismo jinetear un potro que un paquidermo y que el célebre adagio -"es preciso cambiar para que nada cambie"-, de El Gatopardo , la novela de Lampedusa, es la manera en que Washington ha interpretado el lema central de su campaña.

Una vez que los fuegos artificiales de la ceremonia inaugural se consumieron, una vez que el primer presidente negro se instaló en la Casa Blanca y la emoción del momento histórico se disipó, Washington volvió a ser Washington y la política, política.

Resultaba instructivo escuchar a los senadores republicanos criticando el gigantesco paquete de estímulo económico de Obama con los mismos argumentos con que en los últimos ocho años apoyaron las medidas que ahora hacen necesario un paquete de estímulo económico.

Instructivo, porque confirma, una vez más, que una de las condiciones necesarias para aspirar a una larga carrera en la política es la habilidad de borrar las huellas, como hacían los vaqueros en las películas del Oeste.

Aunque muchos de estos senadores repudien las teorías de Darwin sobre el origen de las especies, son, en el fondo de sus almitas, darwinistas convencidos de que el poder consiste primordialmente en la supervivencia.

De modo que la reacción republicana a la rápida sucesión de medidas que Obama puso en marcha para desmantelar el calamitoso legado de George W. Bush era, como la tradición lo indica, meterle un palo entre las ruedas.

Y esto es lo que sucedió cuando el paquete de estímulo económico llegó al Congreso.

Ni un solo republicano votó a favor en la Cámara de Representantes, mientras que en el Senado la consigna era forzar cambios y demorar la aprobación.

En otras palabras, por vía del antiguo arte de la pulseada, los republicanos se dispusieron a averiguar quién es Barack Obama, cuál es su temperamento y cuánta es su fuerza.

La respuesta de Obama no se hizo esperar. Cuando el jueves por la noche se hizo evidente que el Senado retaceaba su aprobación, el presidente aprovechó una reunión demócrata en Williamsburg, Virginia, para pronunciar el discurso más partidista y aguerrido desde que asumiera el gobierno.

Echando por la borda dos semanas de gestos y gentilezas para forjar una política de consenso, Obama se quitó los guantes, dejó de lado el texto escrito de su discurso y dijo las cosas que los demócratas y la mayoría del país ansiaba escuchar.

"No me vengan con los mismos argumentos cansadores y gastadas ideas que ayudaron a crear esta crisis", espetó.

"No vamos a aliviar la situación volviendo a las mismas políticas que, durante los últimos ocho años, duplicaron la deuda nacional y arrojaron a la economía en un torbellino", añadió.

Y remató con esta imagen reveladora: "No importa si uno maneja un híbrido o un 4x4, si uno se dirige hacia el abismo tiene que cambiar de dirección".

Al abandonar su postura del gran negociador, la imagen de frío y razonable conciliador que lo había caracterizado en los últimos meses de la campaña, Obama no sólo envió un mensaje a sus opositores sino también a los líderes extranjeros con los que deberá medirse muy pronto y quienes también harán el ejercicio de averiguar quién es y hasta dónde aguanta.

Y el mensaje es muy claro: éste es un hombre que, a diferencia de su predecesor, no tiene reparo en admitir sus equivocaciones, pero no está dispuesto a sacrificar sus convicciones.

Disyuntiva

La jugada de Obama entraña sus peligros, pero es sagaz. Porque al dejar de lado la promesa de consensuar y plantear el debate como un enfrentamiento, ha puesto a los republicanos frente a una disyuntiva.

Pueden rechazar el paquete de estímulo precisamente cuando las cifras de desocupación superan los pronósticos (598.000 empleos menos en el mes de enero) y hacerse cargo de las consecuencias, o agachar la cabeza y alinearse.

Ayer, al anunciar la formación de un equipo externo de asesores económicos, Obama volvió a calificar de "inexcusable e irresponsable" la demora en aprobar su proyecto y recordó que hay 3,6 millones de norteamericanos que se despiertan todas las mañanas preguntándose cómo harán para pagar sus cuentas, mantener sus viviendas y dar de comer a sus hijos.

Si Obama logra la aprobación del Senado, la victoria será suya; si el Senado no aprueba, serán los republicanos los que deberán hacerse cargo de las consecuencias.

Y las consecuencias pueden ser tan catastróficas, que sin duda llevarán a más de un senador a preguntarse dónde exactamente radica la supervivencia.

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