Editorial: Vendedores ambulantes

El sonido de la grabación se escucha de fondo. Es algo habitual en cualquier redacción. Podríamos decir que es la música de fondo del trabajo periodístico. Las frases, los discursos, las respuestas de los protagonistas de las noticias pasan desapercibidas para todos los periodistas que trabajan en sus notas, salvo para aquel que tiene en esa grabación el contenido central de su crónica.
Pero hay momentos en que ese sonido altera la concentración de cualquiera; aún del más enfrascado en su texto. Barbaridades, gritos, exabruptos, puteadas, acusaciones fuertes o grotescas incoherencias hacen que la redacción frene de golpe. Quien trabaja con esas expresiones suele parar la cinta o el audio, retroceder y volver a escucharlo. Una, dos, diez veces.

En muchas ocasiones, esa frase contundente, esa acusación directa, esa exageración o incoherencia salta hasta lo más alto de la crónica y se transforma en el título. En ese caso, el impacto inicial de la noticia está asegurado.

Esto que contamos, tan rutinario para cualquier periodista, ocurrió esta semana en la redacción de este medio. Mientras cada uno de los periodistas trabajaba en su nota, uno de ellos desgrababa y la daba forma a lo sucedido y registrado el miércoles por la noche en el Club Social y Deportivo de Torres.

Cerca de sesenta vecinos autoconvocados se reunieron para repasar hechos de inseguridad que preocupan en la zona y que no encuentran respuestas en las autoridades policiales y políticas.

No está mal -nada mal- que la gente de Torres pelee por sostener aquella tranquilidad que les permitía olvidarse del uso de la cerradura o poder compartir un mate en la vereda de su casa sin pensar en el peligro que corría su propiedad. Sin embargo, hay situaciones que se empecinan en borrar del presente ese bienestar y los vecinos no se resignan a ello.

Son casos que serían tomados con sorna por autoridades políticas o policiales del cualquier punto del conurbano, pero que en Torres tienen otra lógica magnitud.

Esa noche los relatos se sucedían y cada uno expresaba su punto de vista. Hasta que esa grabación que sonaba disimulada como música de fondo en la redacción generó lo que narrábamos al principio: el periodista que redactaba esa nota frenó la cinta y quienes compartían la redacción se dieron vuelta para preguntar si habían escuchado bien. “¿Fue eso lo que dijeron?”; “¿Escuché bien?”. Habíamos escuchado bien.

En Torres, gran parte de los vecinos que se reunieron en el Club Social y Deportivo aseguraban que si había que buscar culpables o, en todo caso, presuntos culpables o cómplices de la inseguridad en el pueblo, los dedos deben apuntar a los vendedores ambulantes.

A partir de la casi certeza de que “ellos tienen algo que ver con los delitos”, “no los conocemos pero registran todos nuestros movimientos” o “pasan los datos a los chorros”, se llegó a proponer que “no se los deje entrar más al pueblo”. La grabación era contundente.

Una de las voces cantantes de la posición extrema era nada menos que la del ex concejal, ex presidente del Concejo Deliberante, ex funcionario, ex bibliotecario y ex delegado vecinalista Héctor Melo. Si en ese momento Melo hubiese tenido cierto poder, no dudaba en firmar una norma que declarara a los vendedores ambulantes “personas no gratas en Torres”. Y los presentes no hubiesen dudado en aplaudirlo por la ejemplar medida.

Ante la inseguridad y la falta de respuestas desde quienes deben darlas, la estigmatización suele transformarse en el camino más rápido, más cercano, más sencillo para buscar culpables. Pero no nos olvidemos que también suele ser el camino más injusto.

Ante la inseguridad y la falta de respuestas desde quienes deben darlas, la estigmatización suele transformarse en el camino más rápido, más cercano, más sencillo para buscar culpables. Pero no nos olvidemos que también suele ser el camino más injusto.

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