Editorial: Lo único seguro es su complejidad

El tema ocupa cada vez más espacios. En los medios de comunicación, en las propuestas de los partidos políticos, en las conversaciones familiares. En sólo una década, la inseguridad dejó de ser una cuestión de excepción para convertirse en un problema cotidiano que tiene diversas interpretaciones.
Tal fue su crecimiento que pasó a ocupar los primeros lugares en la agenda pública, por encima de problemáticas como el desempleo, la pobreza, la marginación y la injusta distribución de las riquezas.

La creciente inseguridad ciudadana preocupa porque parte de una realidad objetiva que a esta altura dejó de ser una sensación. En otras palabras, y más allá de los intentos del gobierno por minimizar el tema, la inseguridad es un hecho concreto que tiene víctimas y victimarios.

Pero a la realidad objetiva le sigue una subjetiva. Es en el campo de la subjetividad donde comienza otro problema, directamente relacionado con el primero: qué hacer para revertir la situación.

Como en cualquier ámbito, al intento de solución debe antecederlo un análisis de la cuestión a solucionar. Y en este punto, muchos de los políticos que en los últimos años han iniciado una “cruzada contra la inseguridad” redundaron en simplificaciones, que si bien pudieron resultar oportunamente efectivas desde el punto de vista electoral, no aportaron verdaderas soluciones.

Allá por finales de la década pasada, el entonces gobernador bonaerense Carlos Ruckauf manifestaba su deseo de “ver muertos a los delincuentes”. La afirmación puede resultar fuerte, pero debe admitirse que varios años después la concreción de ese discurso es un deseo, cada vez menos oculto, de buena parte de la sociedad.

Considerar que con “mano dura” se soluciona el problema es la simplificación más brutal y peligrosa que políticos y muchos medios de comunicación han dado al tema. Pensar que los delincuentes nacieron delincuentes y que por lo tanto la única alternativa posible es eliminarlos se parece mucho a la “solución final” que proponía Hitler para garantizar la supremacía de la raza aria.

Si bien puede resultar comprensible que una víctima de la inseguridad, o sus familiares, reclame la aplicación de métodos que rozan la legalidad, desde los representantes políticos, y principalmente desde los niveles estatales, la visión debe ser más amplia.

Separar la inseguridad cotidiana de las problemáticas socio-económicas relacionadas con la pobreza y especialmente con la marginación es partir de un presupuesto demasiado simplista, que centra sus esfuerzos únicamente en la represión del delito y transforma a las estrategias en una aspirina con la que se intenta curar una infección.

Trabajar en la prevención del delito resulta, en este marco, una necesidad imperiosa y prioritaria. Cualquier medida de otro tipo sin lo anterior resultará apenas un parche, una nueva simplificación.

A esta altura es necesario pensar las razones que llevan a un chico de 14 años a ejecutar a una persona en un intento de robo. Es ahí donde aparecen términos como educar, incluir, democratizar las reglas de juegos. Para esto es necesario entender la complejidad del tema y saber que la solución no llegará de la noche a la mañana.

Más policías en las calles, leyes más duras y otro tipo de medidas sólo serán efectivas si existe voluntad política de combatir la causa de tanta violencia.

De lo contrario, la inseguridad ocupará cada vez más espacios. En los medios de comunicación, en las propuestas de los partidos políticos, en las conversaciones familiares. En los cementerios.

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